El paradigma neoliberal ha fracasado. La crisis brutal en los mercados financieros internacionales y, sobre todo, la respuesta orquestada por los principales gobiernos nacionales, han enterrado definitivamente las viejas recetas de la escuela de Chicago. Bush interviene bancos, Europa los nacionaliza, el laborismo de la tercera vía capitanea la vuelta a la socialdemocracia, los líderes empresariales piden “paréntesis al libre mercado”, y todos claman por más regulación, más control, más gobierno… Es la hora de la política.

Ahora bien. A los muertos hay que enterrarlos, porque corremos el riesgo de que resuciten. Y las ideas caducadas deben ser sustituidas por nuevas y mejores ideas. Ideas que respondan a las necesidades del hoy y a las mejores esperanzas para el mañana. Ideas que despejen incertidumbres y que alumbren nuevos caminos conforme a los valores de la mayoría. Que no son valores de avaricia y de egoísmo, sino valores de progreso, de paz, de solidaridad y de justicia.

Una de esas ideas tiene que ver con la nueva dimensión en la que hay que afrontar los problemas y resolverlos. Los problemas, las necesidades, los grandes desafíos son hoy de carácter global. Lo hemos comprobado en las finanzas y en la economía. Igual ocurre con la lucha contra el cambio climático, el terrorismo internacional, las migraciones, el reto energético, el abastecimiento de agua, la pobreza y el analfabetismo, la defensa de los derechos humanos, la desigualdad entre mujeres y hombres…

Necesitamos análisis globales para estos problemas, y regulaciones internacionales, y organismos de dimensión planetaria para aplicarlas. Es decir, necesitamos un poder legislativo global, y un poder ejecutivo global, y un poder judicial dirimente a nivel global también. Necesitamos un Gobierno del mundo.

Es la hora de la política, sí. Podemos hacer política con minúsculas para parchear los problemas y esperar a la próxima crisis global. O podemos hacer política con mayúsculas. Y una vez más, ¿dónde está la Internacional Socialista?