Los ahorros decididos para un necesario, ineludible, equilibrio presupuestario, no se trata de subsanar el problema de la enorme deuda, van a impactar sobre las rentas de pensionistas, funcionarios, gente modesta. Aunque esto sea de manera muy moderada, ya que la inflación está peligrosamente controlada, resulta un tanto provocador en un país, donde, como en todos los demás países europeos, las desigualdades aumentan y como decía el dichoso Carlos Marx: “los pobres son cada día más pobres y los ricos cada día más ricos”. Y también añadía que la clase media se iba a proletarizar. Pero el Gobierno debe equilibrar sus presupuestos para no depender, para la financiación de estas mismas pensiones o nominas de funcionarios, de los préstamos extranjeros. Por eso, afirma que se trata de salvar la independencia de la nación.

Lo lógico, para un Gobierno de izquierdas, es aumentar sus recetas buscando en los bolsillos de los ricos lo que ahora está exigiendo de los pobres. Y ¿quién puede considerar anormal que así sea, cuando la cifra de los millonarios y el volumen de sus respectivas fortunas aumenta de manera increíble? Hay iniciativas espectaculares, pero poco eficaces y que además provocan exilio fiscal, como por ejemplo la tasa del 75 % para los ingresos que pasen de un millón de euros anuales o la subida del IRPF hasta porcentajes que irritan. Pero pueden imaginarse otras iniciativas más eficaces, razonadas. Los impuestos indirectos son mucho más provechosos que los directos. Se aplican en base al consumo y lo lógico es que quien más consume, más pague. Y con la misma justicia es normal que quién consume por lujo, derroche, recreo, pague más que quien lo hace por pura necesidad de vida normal. La subida del IVA para productos de consumo de lujo, no sería un abuso, sería ni más ni menos que la mínima aportación a la solidaridad nacional de quienes gozan de unas rentas importantísimas y en constante progresión.

Recurrir a la subida del IVA para aumentar los ingresos estatales es lo que hacen regularmente todos los países que lo necesitan. Pero curiosamente, nunca se ha tocado al tema de un IVA para el consumo de lujo, cuando este demuestra una progresión no sólo económicamente impresionante, sino muchas veces moralmente indecente. Y además, cuando tal medida sería considerada como un acto de lógica justicia, aunque su aportación no bastase para resolver los problemas.

El aumento de precio que representaría para esos productos de lujo pasaría inadvertido para consumidores millonarios que derrochan dinero a diario. Cuando sin reparo se facturan comidas en restaurantes de lujo a más de 200 euros, se beben botellas de vino que valen 500 euros, se alquilan habitaciones de hotel que superan estas cifras, se compran relojes, coches, barcos, casas, aviones privados por precios cada vez más elevados; cuando en las ventas a subasta de arte los precios alcanzan regularmente nuevos récords, ¿quién puede estimar injusto que el IVA aplicada a estas operaciones alcance un 30% o más aún? Existió hace años, en Francia, un IVA del 33%. ¡Que se suprimió!

Además está verificado que quienes, así, en toda Europa, exhiben su riqueza y sus derroches son quienes consiguen -con la evasión fiscal- eximirse de la más mínima solidaridad con su nación. Pueden evadirse fiscalmente, pero al menos, cuando regresan para disfrutar de la calidad de la estancia en Europa, de los placeres que ofrecen su cultura, su arte, el refinamiento de una vieja sociedad, que contribuyan al mantenimiento de quienes viven, trabajan, sufren y envejecen en estos países.

Evidentemente tal medida, si algún Gobierno tuviese el valor de adoptarla, lo que dudo, provocaría la eterna protesta: ¡se nos irán los ricos a consumir en otros países! Fue la protesta de los grandes hoteles de lujo cuando el Gobierno francés tuvo la audacia de imponer una tasa del ¡2 %! a las habitaciones de precio superior a ¡los 200 euros! ¡Y el Gobierno cedió ante los dueños de los palacios! La realidad demuestra que la subida de los precios del lujo instaurada regularmente por la industria de ésta categoría es regular, aumenta sus beneficios, y no motiva ninguna protesta o retraimiento de sus consumidores. Al contrario, muchos hoteles y lugares de oció tratan de establecer una selección de su clientela por los precios elevados.

Fue una medida de idéntica inspiración la que motivó la instauración de una tasa de estancia diaria, turística, en Francia, como en Suiza, o en Italia. No sólo los turistas la acataron, contrariamente a lo que impusieron en España los touroperadores anglosajones, sino que mantuvieron sus visitas a esos países, expertos en turismo internacional de alta calidad y de alta renta y con ello ayudaron a crear empleos locales.

La respuesta clásica de los ricos: la evasión hacia tierras más comprehensivas hacia ellos no se daría, ya que el mundo del lujo tiene fronteras y metas muy diferentes de las de la globalización. El único riesgo de evasión, demostrado, se sitúa en las ventas de arte a subasta. En ese mundo donde corren los millones, como los céntimos en los bolsillos de los niños, la subida del IVA lleva al traslado de ventas a países con tasas menores. Pero no faltan mercancías de lujo que resulten en absoluto indeslocalizables.

Materialmente el tema radica, en principio, en la necesidad de una directiva europea, decidida por unanimidad, que establezca esta nueva imposición. Digo, en principio, porque también existe mala voluntad de los gobernantes. Si es exacto que se necesita de una directiva europea, no debería existir obstáculo para lanzar la iniciativa a nivel europeo. Desgraciadamente el programa del Partido Socialista Europeo no lo considera. Pero siempre hay tiempo para rectificar. Por otra parte, nada impide a un Gobierno crear un impuesto diferente, reservado al consumo de lujo. Hay margen más que suficiente para que ello no ahogue ésta fuente de ingresos. Y, desde luego, yo apuesto que sería menos dañina para el crecimiento que los recortes que se aplican a millones de ciudadanos, que viven con lo justo, y ven a diario en su televisión como otros derrochan en unas horas lo que ellos no podrán ganar en toda su vida, y además, casi siempre, lo hacen sin pagar impuestos.