A pesar del batacazo innegable del pasado 22 de mayo, al menos dos datos avalan las posibilidades del PSOE para mantenerse en el Gobierno de España tras los próximos comicios. En primer lugar, los análisis electorales y sociológicos más rigurosos han limitado el trasvase de voto socialista hacia el PP en menos de un 10%. Es decir, la gran mayoría de los tradicionales votantes socialistas que no apoyaron al PSOE el 22-M optaron por la abstención, el voto blanco-nulo u otras formaciones progresistas. Se trata, por tanto, de un voto potencialmente reversible. El partido del Gobierno mantiene, pues, un potencial apoyo subyacente de entre el 33% y más del 40%. El segundo dato está referido a la escasa valoración que sigue despertando Mariano Rajoy y su equipo como alternativa, incluso entre sus propios votantes, y a pesar de los resultados regionales y locales.

Tales posibilidades quedarán en nada si el PSOE se limita a mantener las políticas y los discursos vigentes, sin atender al evidente grito de protesta que la ciudadanía. No se trata de escuchar, darse formalmente por enterado y seguir haciendo lo mismo. Es preciso demostrar que se ha entendido la lección y que se está dispuesto a cambiar. El desarrollo del Comité Federal del día 28 de mayo fue un buen punto de partida, pero las expectativas generadas tienen que traducirse rápidamente en hechos para no perder credibilidad ante las bases socialistas y ante los ciudadanos que aún esperan la respuesta del PSOE al 22-M.

Los cambios anunciados tienen que ver fundamentalmente con tres factores. Primero el candidato. La elección de un nuevo referente social de futuro era clave, y el PSOE ha acertado tanto en la persona, Alfredo Pérez Rubalcaba, como en el procedimiento. El nuevo candidato cuenta con los atributos precisos para ganar la confianza ciudadana en un contexto de grandes incertidumbres, por su experiencia dilatada, por su inteligencia contrastada y por la amplia valoración social que disfruta.

Haber hecho confluir las voluntades de la mayoría de dirigentes del PSOE en torno al mejor candidato, de manera transparente y cumpliendo los procedimientos democráticos, ha sido a mi juicio una buena idea. Mucho mejor que la alternativa de sumergirnos ahora en una orgía de contradicciones entre rubalcabistas, chaconistas, patxistas y varistas, entretenidos en lo nuestro mientras los ciudadanos esperan soluciones para lo suyo. No obstante, también resultaba interesante la propuesta inicial de los socialistas vascos para dotar al nuevo proyecto cuanto antes de los instrumentos orgánicos más eficaces y coherentes. En todo caso, Rubalcaba deberá culminar este proceso democrático demostrando que es el candidato de todos los socialistas, de los dirigentes y de los dirigidos.

El segundo factor debe referirse a los contenidos del nuevo proyecto. No basta con una cara nueva en el cartel. El cambio será creíble si conlleva nuevas políticas, a partir de lo hecho hasta ahora. Rubalcaba planteó como grandes referencias el objetivo del empleo, la renovación del Estado de Bienestar y la protección de derechos y libertades de ciudadanía. Es un buen esquema, que hay que rellenar con argumentos y medidas concretas.

No se trata de “girar” en un sentido o en otro, porque la mayor parte de los giros anunciados acaban en el giro de 360 grados para acabar en el mismo sitio. Se trata de consolidar y explicar bien las políticas que no deben cambiar, porque los márgenes son estrechos. Se trata de modificar aquellas políticas que admiten una revisión en el sentido del progreso porque, aún siendo estrechos, los márgenes existen. Y, sobre todo, se trata de dar una respuesta positiva a quienes vienen reclamando una socialización alternativa para los costes de la crisis, una diferenciación más clara entre las salidas progresistas y las salidas conservadoras, y un compromiso firme para que la política haga prevalecer de manera evidente los derechos de las personas sobre la codicia de los mercados.

El tercer factor es el de las formas. Porque el movimiento 15-M puede tener un desenlace más o menos feliz, pero no puede negarse que ha supuesto el síntoma de una desafección bastante general hacia la política y los políticos al uso, especialmente entre los más jóvenes. La respuesta no puede ser el reproche por haber facilitado coartadas a los abstencionistas o por haber abierto camino al triunfo de la derecha. La respuesta debe ser un esfuerzo por abrir las formas de hacer política a una participación distinta, permanente, más dinámica y más satisfactoria que la ofrecida de manera inmutable por las agrupaciones socialistas, por ejemplo, desde los tiempos de Pablo Iglesias. Las demandas de participación política del siglo XXI exigen de unos partidos políticos actualizados en sus estructuras y en su funcionamiento. El nuevo proyecto del PSOE también ha de ofrecer esta nueva mirada.

No será fácil. Los costes de la acción de Gobierno durante el último año y los resultados del 22 de mayo han dejado al PSOE herido y exhausto. Ahora solo cabe aprender de la caída y levantarse para afrontar el siguiente desafío. El esfuerzo merece la pena, porque son muchos los que dependen de su éxito.