¿Qué ha pasado en veinte años para ir languideciendo poco a poco el interés por Europa, la satisfacción y complicidad en su construcción, el alejamiento de los ciudadanos con las instituciones europeas? La desafección con el proyecto viene desde que la apuesta por una moneda única, el euro, supuso un giro en el modelo de construcción europea, primando las cuestiones económicas frente a las sociales, al tiempo que se dejó caer a la política y a las exigencias democráticas, permitiendo que el capital especulativo bailara alegremente gracias a la permisividad de las instituciones europeas.

Posteriormente, la situación se agravó al modificar los valores que sostuvieron el proyecto europeo y su apuesta por un Estado de Bienestar y progreso, renaciendo las ideas más conservadoras que alimentaron el desaguisado que vivimos hoy.

La Unión Europea ha vivido momentos de gloria como la unificación alemana y momentos oscuros como la guerra de los Balcanes. Democráticamente, los últimos años de Europa han sido más bien lamentables: el “reinado” de Berlusconi, el aprovechamiento y corrupción que han vapuleado a instituciones democráticas (como ocurre en España), o la creación de una falsa e interesada riqueza basada en burbujas inmobiliarias (como en Irlanda o en nuestro propio país), o la ceguera frente a lo que ha ocurrido con el sistema financiero y económico europeo.

Los últimos veinte años han cocinado la desesperante situación que vivimos hoy.

¿Y hoy merece el premio la Unión Europea?

¿Significa un reconocimiento a los hechos pasados en su reciente historia o un aliento a las medidas que ahora mismo está tomando, creando sufrimiento y desolación a millones de ciudadanos europeos griegos, portugueses, italianos o españoles?

Ojalá este premio hubiera llegado en el momento del cruce de caminos donde Europa se equivocó y escogió desandar lo que estaba caminando como advertencia de cuál debía ser el camino a escoger.

Pero hoy este premio ha pasado inadvertido, no se ha celebrado, casi se ha ocultado, se siente hasta vergüenza por ello, y ni lo disfrutamos ni lo sentimos como propio. Hoy el proyecto europeo está en peligro, las conquistas conseguidas cayendo en picado por el precipicio, Europa desmembrándose sin sentido al tiempo que ha dejado de ser un referente político, económico y moral.

Ni las instituciones europeas ni sus líderes políticos son hoy merecedores de este premio. No, hoy no era momento de recibirlo. Un sentimiento de desolación para los que siempre creímos y creemos en Europa.