Ya sea el reciente escándalo del espionaje a líderes mundiales (más bien ficticio, como anticipábamos en el comentario anterior), en la gestión de la crisis política interna, o en sus iniciativas diplomáticas en Oriente Medio, el presidente parece objeto de una valoración negativa. Bien es verdad que su solidez le permite reponerse. Aún conserva crédito.

¿Se trata solamente de la usura del poder? En parte, si. Pero esta paradoja entre un apoyo popular todavía amplio y una proyección mediática incómoda puede deberse, en parte, a la propia personalidad del presidente. A pesar de sus esfuerzos por parecer cercano y popular, Obama no ha conseguido liberarse de la impresión de distanciamiento y cierta altivez, que arrastra desde sus años de senador. La seguridad con la que se expresa inquieta más que tranquiliza, según han analizado, en trabajos muy incisivos, algunos de los especialistas en diseccionar los perfiles de los grandes dirigentes.

Resulta curioso, por cierto, que Obama se haya beneficiado tan escasamente de la buena imagen de su esposa, Michelle. Cuando aparece con ella y con sus hijas, como cualquier líder sometido a ese inevitable escrutinio, trata de aparecer relajado, como cualquier ciudadano corriente. Sólo lo consigue a medias.

En el asunto del espionaje a los líderes mundiales, Obama ha esquivado a los medios, quizás con la pretensión de que se comprendiera que una materia tan delicada exigía el mayor ejercicio de discreción posible. No se ha entendido así, por lo general. Más bien ha parecido que escurría el bulto, lo que ha reforzado la percepción de que sabía más de lo que sus asesores y colaboradores admitían en público.

Pero peor aún que esa sensación de cinismo, que cualquier político soporta por el mero hecho de serlo, ha sido la insinuación, cuando no la imputación directa, de que Obama es un «bystander President»; es decir, un Presidente que no está al tanto de los asuntos de forma profunda y dedicada. Las declaraciones de los responsables de la seguridad y el espionaje ante el Comité del Congreso no han ayudado a disolver esa percepción.

Algo parecido le ocurrió en la crisis de Siria. Se ha filtrado a algunos medios, no precisamente hostiles a Obama, que las sucesivas reuniones celebradas en las exclusivas salas de la Casa Blanca, dedicadas a analizar y valorar las opciones a lo largo de los últimos meses, capturaban escasamente la atención del Presidente. Hasta tal punto que no se privaba de manejar reiteradamente su Blackberry para consultar o leer mensajes.

Asimismo, se le reprocha en algunos círculos de Washington, de acreditado colmillo retorcido, que el Presidente rechaza intelectual y políticamente verse enfangado en conflictos que considera menores o cocinados en la inercia de tiempos ya superados, porque le restan tiempo para ocuparse de aquellos otros de los que dependen, en su opinión, la prosperidad del país. Y el legado de su propio mandato, naturalmente.

Que se entienda bien: Obama no es Bush. No se trata de pereza o cortedad intelectual. A Obama no le aburren los asuntos serios o los más abstractos. Por el contrario, parece evadirse de los demasiado corrientes. Obama sería un amante de las cuestiones estratégicas, pero parece interesarle menos los aspectos tácticos.

Y es que el primer afroamericano que llega a la Casa Blanca no es un «político del pueblo». Sus orígenes no son humildes, aunque los demócratas resalten ciertos rasgos familiares que lo alejan del típico perfil de vástago de la élite. Pero tampoco forma parte del patriciado político que ha mamado todos los recursos del ejercicio del poder. Obama suele expresar -hay varios testimonios durante su primer mandato- su desagrado por los usos y costumbres de eso que allí llaman Washington: el universo del poder político-mediático-empresarial y financiero donde se aglutina la mayor concentración de poder del planeta.

UNAS RELACIONES DEMASIADO CORRECTAS

Resultan bastante indicativas sus relaciones con los líderes mundiales. Se le nota bastante su distanciamiento con aquéllos que se caracterizan por batirse con entusiasmo en las luchas políticas más terrenas (e incluso las subterráneas). Y como la gran mayoría de los líderes mundiales actualmente pertenecen a esta categoría y son pocos los que serán recordados como hombres de Estado de dimensión excepcional, el resultado es que Obama no parece haber forjado amistades muy prolíficas, como Reagan, Clinton o Bush.

No es que Obama se muestre distante con sus pares en sus encuentros de alto nivel. Pero no existe la percepción de que haya establecido complicidades personales con ninguno de ellos. Son bastantes sonoros, en cambio, sus desencuentros: con Putin o con Netanyahu. No le ha ido mejor con los presidentes o monarcas árabes. Con los europeos, a pesar de la atracción inicial que irradiaba, domina la sensación de corrección. Ningún alarde de calidez.

Por hablar de Merkel, cuyo supuesto espionaje ha estado en el centro de la polémica de estos días, es bien sabido que el Presidente no comparte su rigidez en la gestión de la crisis financiera europea. Decía uno de sus colaboradores esta semana, que Obama habla con frecuencia con la canciller alemana y que consulta poco o nada los informes de inteligencia, quizás para dar la sensación de que ambos dirigentes han establecido una sólida relación de confianza. Lo que ha calado no es eso, precisamente. La frialdad de la reacción de Merkel no ha ayudado a extender esa impresión. Es posible que la líder alemana quisiera transmitir un malestar mayor del que sentía en realidad, para aplacar el enfado interno (más mediático que ciudadano). El caso es que en las informaciones sobre la petición de explicaciones y la respuesta no se ha filtrado corriente de simpatía o comprensión, que sería lo propio entre amigos y aliados, incluso cuando se ha puesto en evidencia algún «pecadillo».

A Obama le flaquea, por tanto, una de las sus principales fortalezas originales como político de alto nivel. Su mandato no será juzgado por cosas de este estilo, claro está. Pero si no consigue corregir estas desagradables percepciones, podría complicársele más de lo previsto firmar una brillante presidencia.