En 2003, Mijail Jodorkovski era el dueño de Yukos, la principal petrolera de Rusia, que había comprado con los rublos amasados en el banco MENOTEP. Cuando estaba a punto de tomar un avión en Siberia, fue detenido a punta de pistola bajo la acusación de fraude y evasión fiscal. La misma suerte corrió su administrador, el mencionado Lebvedev. Ambos empresarios negaron contundentemente los cargos. Para entonces, Jodorkovsky era algo más que uno de los oligarcas díscolos con el Kremlin.

Putin había transformado las relaciones de poder entre la antigua burocracia comunista convertida al capitalismo salvaje y la exquisita élite de los negocios. El nuevo presidente sabía lo que hacía. Como último “rasputín” de Yeltsin conocía al detalle los puntos débiles y fuertes de los poderosos multimillonarios rusos. A la mayoría de ellos los doblegó o los integró en el sistema. No al dueño de Yukos, quien probablemente creyó poder sortear la presión de Putin y se dedicó a financiar a determinados grupos de la oposición. Jodorkovski subestimó al antiguo coronel del KGB.

«NIHILISMO LEGAL»

Jodorkovsky y Lebvedev fueron condenados a ocho años, después de un proceso plagado de dudas. La oposición asumió la opinión de los condenados y consideró la sentencia como una decisión política: en otras palabras, como una represalia. Jodorkovsky se proyectó a sí mismo como símbolo de la resistencia contra la deriva autoritaria en Rusia.

Cuando estaba a punto de cumplirse la sentencia, la fiscalía abrió un nuevo proceso contra Jodorkovsky y Lebvedev, en esta ocasión por el supuesto robo de petróleo de su propia compañía por un valor que rondaría los 25 mil millones de dólares. Los abogados defensores aseguran que los cargos no sólo son infundados, sino que resultan ridículos, una «charada», porque suponen una contradicción con las acusaciones que los llevaron a la cárcel. ¿Cómo pudo haber evasión fiscal sobre unos bienes robados? La instrucción del caso ha resultado estrambótica, a juzgar por la valoración que han hecho juristas occidentales.

Algunas fuentes, citadas por NEWSWEEK, aseguran que «el juez Danilkin fue sacado de su casa el sábado por funcionarios de la seguridad del Estado para celebrar con él una seria conversación con el propósito de de asegurar una sentencia incluso más severa que los catorce años solicitados por la fiscalía». Se reconoce que se trata de extremos no comprobados.

Pero, más allá de la dimensión legal y de las garantías procesales, lo que nos interesa aquí es la significación política del caso.

DE VILLANO A HÉROE

La condena que cerró el primer proceso , con ser dura, no fue suficiente para acabar con el oligarca contestatario. En 2011, Jodorkovsky y Lebvedev deberían abandonar la cárcel. Un año antes de las elecciones en las que probablemente Putin rompa su alianza con el actual presidente Medvedev, su ex-primer ministro, y pretenda ocupar su puesto. Nadie duda de que, en la calle y con parte de su fortuna a buen recaudo, Jodorkovski haría todo lo posible para impedir el regreso de Putin a la Jefatura del Estado. Por tanto, lo que se ventila en este caso es una lucha por el poder.

Los principales socios occidentales de Moscú han mostrado su preocupación por la «aplicación selectiva» de la justicia (Washington) o por un «procedimiento legal que pone en cuestión la modernización del país» (Berlín). Las presiones más duras se deben estar haciendo, como es habitual, de forma más discreta. Al menos eso han denunciado públicamente las autoridades rusas, que las ha considerado «inaceptables».

Pero han sido los medios quienes han batido tambores. La mayoría asumen la posición de Jodorkovski, o de sus seguidores, o de quienes consideran de utilidad convertirlo en símbolo de resistencia frente al creciente poder autoritario de Putin.

LE MONDE admite que «Jodorkovski no es un ángel» y que «el antiguo rey del petróleo ruso edificó su fortuna sobre los escombros de la URSS, en poco tiempo y sin escrúpulos, durante la presidencia de Yeltsin», pero concluye que «mientras Jodorkovski continúe en prisión, Rusia seguirá siendo lo que es: una ‘kleptocracia’ autoritaria».

THE GUARDIAN se expresa en parecidos términos. «El segundo juicio contra Jodorkovski no trata de un robo. Trata del miedo: miedo a lo que es pueda ocurrir si esta particular víctima de la injusticia fuera puesta en libertad».

El semanario THE ECONOMIST llega incluso a situar al multimillonario en desgracia a la misma altura que Andrei Sajárov, aun reconociendo lo forzado de la comparación (a pocos debe sorprender, si tenemos en cuenta que esta publicación liberal respaldó con entusiasmo el horripilante alumbramiento del capitalismo ruso).

NEWSWEEK -el semanario norteamericano que ha cambiado recientemente de manos- afirma que «Jodorkovski es probablemente tan culpable como otros multimillonarios oligarcas de haber usado sus conexiones políticas para apoderarse de bienes públicos», pero lo acepta hoy como el principal exponente de una Rusia «moderna e inteligente».

El NEW YORK TIMES, más templado, contiene el caudal de elogios a Jodorkovsky, pero hace votos por una sentencia absolutoria. El propio magnate asegura en una entrevista reciente con NUEVA GAZETA que «no es un idealista», aunque si fiel a una idea y «está dispuesto a morir por ella». En otro momento de la entrevista asegura que Rusia no podrá ser reconstruida bajo el actual sistema de gobierno, «ineficiente, obsoleto y corrupto» y predice una crisis terminal en torno a 2015.

La mayoría de los rusos no creen en la limpieza del proceso judicial. Sin embargo, la suerte de Jodorkovski les importa poco, porque no tienen la memoria tan frágil.

LÁGRIMAS DE COCODRILO

Resulta comprensible y pertinente la denuncia de un sistema judicial más que dudoso. De igual forma que parecen justificadas y con fundamento las aprensiones ante la consolidación de un autoritarismo sin caretas en el poder ejecutivo de Rusia. Pero conviene recordar que ni los gobiernos ni la mayoría de los medios occidentales se mostraron tan diligentemente críticos durante la década de los noventa. Si lo que pasa ahora es inquietante, lo que ocurrió entonces fue ciertamente gravísimo.

Autoinmolado el sistema político comunista y disuelta la URSS, se pretendió que Rusia abordara, en paralelo, un proceso de democratización política y de adopción de una economía de mercado. No ocurrió ni lo uno ni lo otro. La democracia, veinte años después, no va más allá de una vacía arquitectura institucional. La economía de mercado es un sarcasmo. Lo que verdaderamente se ha instalado en Rusia ha sido un sistema cuasi mafioso, como corolario de una evolución bochornosa. El planteamiento de transformación radical defendido por Yeltsin y respaldado por Occidente convirtió la gran mentira soviética de la propiedad colectiva de los medios de producción en la gran farsa del capitalismo popular. El proceso de privatizaciones y concesiones estatales puede considerarse como el robo más grande que se ha conocido en una nación moderna. Se pasó de un falso comunismo a una sistema oligopólico impune y despiadado. Mientras, en Occidente se miraba hacia otro lado o se hacían cálculos sobre los beneficios a recaudar en un mercado sin ley.

En aquellos años florecieron un puñado de «jodorkovskis», la inmensa mayoría de ellos hijos de poderosos dirigentes comunistas, retoños de la ‘nomenklatura’ comunista transformados en nuevos ricos. El patético mandato de Yeltsin no trajo prosperidad ni libertades a los rusos, sino miseria y vileza por doquier.

¿DIVISIÓN EN EL KREMLIN?

Algunos analistas citados por THE GUARDIAN creen que el asunto Yukos puede abrir una brecha entre dos supuestas familias del Kremlin: los tradicionalistas y los aperturistas. Dicho de otra forma, de un lado, los exponentes de la burocracia estatal, y en particular de los aparatos de seguridad (los denominados “siloviki”), cuyo patrón sería Vladímir Putin; y, de otra parte, sus pretendidos oponentes, los partidarios de una modernización real de Rusia, de su conversión en un verdadero estado de derecho, encabezados por el presidente Medvedev.

Sin embargo, otros expertos no conceden mucha solidez a esta visión del panorama político y consideran que el Presidente en ejercicio no es un verdadero actor independiente. Unos porque creen que su discurso es pura retórica vacía (NEWSWEEK). Otros porque consideran que su base de poder es absolutamente endeble (LE MONDE). Y unos terceros porque sospechan que Putin y Medvedev juegan a poli bueno y poli malo (o a Batman y Robin, como sostienen diplomáticos norteamericanos en despachos hechos públicos por Wikileaks).

En todo caso, para salir de dudas sobre la autenticidad de esta supuesta alternativa política dentro del régimen, el NEW YORK TIMES exige al Presidente Medvedev que haga uso de su prerrogativa legal y «perdone» (indulte) a Jodorkovski, en caso de que, como todo el mundo da por seguro, sea condenado de nuevo. Esa parece ser la línea de actuación que van a seguir los gobiernos occidentales.

En todo caso, se antoja limitada la capacidad real de Occidente para enderezar lo que nació torcido. De aquellas lluvias ácidas proceden estos lodos tóxicos que han contaminado, a lo peor durante generaciones, una nación que reúne una novena parte de las tierras emergidas, es depositaria de las mayores reservas mundiales de minerales y recursos energéticos, de la cuarta parte del agua dulce y de las mayores reservas forestales. Y, no lo olvidemos, con su todavía imponente arsenal de armas nucleares, es una de las dos potencias con capacidad para destruir varias veces toda esa riqueza y el resto de la que alberga la Tierra.