Unos artículos que parecen traducciones al español de las columnas de Financial Times y que reflejan más un ejercicio memorístico que una reflexión detenida y calmada sobre lo que puede estar sucediendo y lo que se podría hacer: no es posible que distintos periodistas y pensadores de diferentes ideologías y tendencias puedan coincidir en todos y cada uno de los detalles de una argumentación.

Esta uniformidad en los mensajes recuerda a la que tiende a producirse en las pruebas que tienen lugar de manera periódica en las facultades de Ciencias Económicas, donde muchos hemos tenido que aprobar decenas de exámenes rindiendo culto a lo que Galbraith denominó en «La sociedad opulenta» (1960) la «sabiduría convencional»: para sacar una buena nota, el alumno ha de ser fiel a la literatura de los manuales y a las explicaciones del profesor. El «sentido común» nos lleva a optar por el camino más fácil: si tenemos que definir un ‘plan de ajuste’ como un conjunto de medidas como las mencionadas anteriormente, lo hacemos de ese modo y, si coincidimos con nuestros compañeros en las respuestas, nos quedamos más tranquilos. En esos momentos, estar unidos, aunque sea en el pragmatismo ciego, nos hace sentirnos más seguros.

Habría que excusar, no obstante, a los examinandos: el alumno se encuentra en una situación de desigualdad con el docente, en la medida en que este último cuenta con una autoridad y una información de la que el primero carece, lo que lleva a que el estudiante tienda a plegarse a los intereses y objetivos propuestos por el profesor. Si a ello sumamos el estrés al que se somete a los universitarios, que en muchas ocasiones se examinan de hasta ocho asignaturas por cuatrimestre, resulta normal que las ambiciones ideológicas y las inquietudes humanísticas sean dejadas para más adelante. El escaso tiempo que hay para hacer un examen refleja las condiciones adversas para la reflexión bajo las que se encuentran los estudiantes en la actual Universidad.

En la política está sucediendo algo parecido: los dirigentes españoles y comunitarios se encuentran bajo mucho estrés: los ataques especulativos, el rescate griego, las agudas sesiones de la Bolsa, el incremento del paro… En estas condiciones y a falta de treinta minutos para terminar el ejercicio, resulta prácticamente imposible plantear alternativas a las respuestas consideradas «correctas». ¿Qué dirían Standard & Poor´s, Financial Times o el servicio de estudios del BBVA si mañana anunciáramos una reforma fiscal progresiva y una dotación de miles de millones de euros para la construcción de mejores guarderías y la prestación de más servicios domiciliarios? Seguro que iríamos para septiembre.

Quizá lo peor de todo esto no sea que las próximas crisis nos cojan con el organismo más débil, con menos defensas y, por tanto, menos autonomía y libertades para responder: ¿hasta dónde tendremos que reducir el gasto público la próxima vez que nos toque? Lo más preocupante es esa uniformidad en el lenguaje y en los razonamientos sobre «lo que se debe hacer», «lo realista», «lo responsable» y «lo que nos piden las circunstancias»: «apretarnos el cinturón», practicar la «austeridad», ser «más competitivos», «incrementar nuestra productividad»…

En 2001 se publicó en España la traducción al español de «La lengua del Tercer Reich», de Victor Klemperer. En ella, este Catedrático de Filología analizaba cómo los nazis penetraron en el lenguaje y, con ello, en el «alma» alemana y en su «stimmung» o estado de ánimo a lo largo de los años treinta. Klemperer alertaba sobre «la lengua que habla y piensa por ti». Sólo había un discurso y hasta muchos de los judíos en los campos de concentración lo habían comprado sin darse cuenta. También se dice que en el «Gulag» soviético muchos presos de por vida llegaron a llorar en 1953 la muerte de Stalin…

La actualidad dista con mucho de estas situaciones dramáticas y casi caricaturescas, pero estos extremos deberían suponer un aviso sobre las amenazas que el dogmatismo tan altamente socializado puede suponer. ¿Por qué circulan siempre las mismas ideas y discursos? ¿De dónde salen realmente? ¿Quién sale ganando con todo esto? Y seguirán durante mucho tiempo.