Y así ha discurrido todo sin mayores problemas hasta el último año (2011). Sin embargo, la situación ha cambiado por completo, abriendo la posibilidad de que en muy poco tiempo, como si de una nueva ola de extinción de especies se tratara, desaparezcan del mapa la práctica totalidad de las revistas culturales españolas.

El riesgo de que esto suceda no es pequeño, en la medida que a la mala situación económica, con la consiguiente caída de ventas, suscripciones y publicidad, se une la perspectiva de una supresión de las ayudas que concedían las autoridades culturales españolas.

El problema es que dichas autoridades en este momento parecen poco dispuestas a encontrar una vía razonable para solucionar la situación. De ahí que, si no se encuentran salidas a corto plazo, será inevitable que dichas autoridades aparezcan ante la opinión pública como los responsables de un auténtico “culturicidio”, que será prácticamente imposible remediar. Hay que tener en cuenta, en este sentido, que la riqueza de la producción cultural e intelectual de las revistas españolas ha sido el resultado de un esfuerzo prolongado a lo largo de los años, que ha requerido mucho trabajo, tesón e imaginación. Por lo tanto, si todo se viene abajo, será imposible recuperar el tejido cultural que se haya dejado perder; igual que ocurre con las especies vivas que se encuentran en riesgo de extinción.

La impresión que esto causará en la opinión pública será difícil que pueda ser explicada por razones presupuestarias, ya que se trata de una cantidad pequeña en su conjunto, ni tampoco debido a las trabas burocráticas y legales que se han argüido en los últimos meses. De hecho, el último gobierno del PSOE fue fiel a sus compromisos culturales hasta el ejercicio 2011.

Por otra parte, nadie podrá pretextar en serio que una traba u objeción de carácter burocrático-normativo (la consideración de que una subvención pública no puede implicar una obligación recíproca de enviar las revistas a las bibliotecas públicas que las demandan), no pueda tener una solución adecuada, si de verdad existe voluntad de arreglar las cosas.

La solución puede venir, bien por la vía normativa -¿quién dice que no se pueden cambiar las normas que conducen a situaciones disparatadas o desastrosas como ésta?- o bien por el mecanismo de separar el procedimiento en dos bloques diferenciados (las ayudas como tales, por un lado, y las suscripciones -o donaciones voluntarias- a las bibliotecas públicas, por otro lado).

Cuando algo tan elemental no se logra solucionar con prontitud y eficacia, la conclusión que inevitablemente se acabará imponiendo es que se ha optado conscientemente por la desaparición, sin más, de todas o casi todas las revistas culturales españolas. Así, como si de algo pequeño o intrascendente se tratara.

Y si de verdad no existiera dicha voluntad explícita y todo fuera cuestión de dejadez o de falta de resolución, no se sabe que es peor para unos responsables de algo tan importante como la “Cultura”. Por lo tanto, estamos ante una cuestión que debe sustanciarse y solucionarse con decisiones concretas y que no admite dilaciones, coartadas o disculpas. Ya se sabe que al final los hechos siempre son tozudos. Y las más de las veces son también inequívocos en su lectura e interpretación.