Esta noticia y la lectura de la última aportación a la página de TEMAS de Josep Borell, tan útil como siempre, motiva las reflexiones que siguen.

Nuestra sociedad afronta, sea cual sea el signo ideológico de sus gobernantes, unos apremios económicos tremendos. La deuda, el paro, la reforma de las pensiones, la puesta en tela de juicio del Estado de bienestar, parecen haberse desencadenado por la crisis financiera y luego económica. Más justo es pensar que la crisis sólo ha cristalizado en situaciones previsibles y subyacentes. Los cambios producidos por la mundialización, tan deificada estos últimos años, no han acabado de sorprendernos. Hace poco se afirmaba que con un crecimiento del tres por ciento se fomentaba empleo y hoy sólo oímos hablar de la posibilidad de un rebrote de la economía europea pero sin disminución del paro, o muy lentamente. En realidad algo que, deslocalización tras deslocalización se estaba produciendo, estalla a la vista: el trabajo disminuye en Europa al mismo tiempo que la balanza comercial de nuestro continente se pone en cifras rojas en relación a países emergentes.

Uno de los argumentos más repetidos, y con razón, para la construcción económica europea era que íbamos así a construir un mercado de más de cuatrocientos millones de consumidores. Ahora nos damos cuenta que esos consumidores pierden solvencia y que hay que exportar para sobrevivir. Teníamos la vista fijada sobre el enorme mercado que representaba China y ahora resulta que somos nosotros el mercado que China cuida y protege, como un agricultor vela por su rebaño de ovejas para mejor esquilarlas.

Allais defendía un proteccionismo razonable y adaptado para permitir un buen funcionamiento del mercado. Nada impide, como otros han propuesto, que una «tasa social» impuesta a las fronteras de Europa para corregir enormes desigualdades sociales y revertida, en gran parte, a países en vía de desarrollo. pueda resultar una forma adecuada para proteger el trabajo en Europa y crear realmente posibilidades de ayuda a un mundo hambriento en tantos lugares.

El empleo es la primer preocupación de nuestra sociedad. No parece tener idéntica prioridad en las políticas europeas, tan divergentes de un país a otro y sin cooperación política decidida. Reducir los salarios como lo han aceptado los sindicatos alemanes permite quizás exportar pero no resuelve el problema fundamental a largo plazo: no sólo mantener, sino ampliar el empleo. Si es evidente que para ello debemos exportar es aún más necesario que la sociedad poder consumir y no lo puede hacer sin trabajo. Además, en la pugna por rebajar los costes laborales no ganaremos nunca a países como China, Brasil o India, cuya tecnología también progresa a pasos de gigante. Las escasas declaraciones a la muerte del único premio Nobel de economía que tuvo Francia deben también recordarnos que hay temas que no debemos ofrecer en bandeja a la extrema derecha. ¿Tendremos la memoria tan nublada?

Escribe Josep Borell que podemos ver una guerra mundial de las monedas. Muy bien lo demuestra. Pero también podemos temer una guerra mundial por el trabajo. No es pesimismo infundado. DSK, el director del FMI habló de «una generación perdida». Si recordamos que en nuestra humanidad existe un problema vital que aumenta: el acceso al agua potable. Si la evolución agrícola lleva a la escasez de cereales, entonces en el siglo XXI nos enfrentamos a amenazas de guerra o al menos de migraciones masivas y demoledoras ¡sencillamente por falta de pan, de agua y de trabajo!

Buen panorama tienen nuestros jóvenes. Pero me olvidaba que los ensayos del avión que va a permitir el turismo espacial de multimillonarios son satisfactorios. ¡Uf!