Conviene al respecto recordar que pensamos y vemos con agua, esa que forma más del 90 por cien del ojo y del cerebro. Bien pensado mirar es navegar; cavilar un imprescindible lavado; recordar una zambullida y emocionarnos… emocionarnos es como esos chaparrones aliviantes en la canícula veraniega. El agua es el sustrato de la inteligencia.

El agua es, está o ha contribuido a formar todo lo que vemos y todo lo que somos. Es la primera materia prima de la vida y de la humanidad. Se nos quiere olvidar que nada crece, ni siquiera este mal entendido crecimiento económico si no es regado antes.

Aún así desprecian al agua, los que mandan, con ridículas tarifas. El líquido elemento es riqueza de verdad, sin más y por tanto manifiestamente invalorable con guarismos y monetarismos. El agua es el lápiz del tiempo, es decir la fuerza de la misma eternidad para que sea posible todo lo que es posible. Y, sobre todo, para que vuelva a volver, para que retornen todos los comienzos. Zancadillear al ciclo hídrico es la suprema insensatez que hace más activo al cambio climático. Sin embargo menudean toda suerte de insensateces. Desde un despilfarro generalizado, hasta una creciente demanda muy por encima de lo necesario. En este ámbito, como en el de la energía, se puede conseguir mucho con muy poco. El ahorro posible puede rondar incluso el 50%.

Pero, de todas las delictivas imprudencias que merman la capacidad genésica del agua, acaso la más peligrosa sea en convertirla en otra más de las mercancías sujetas al capricho de un dueño.

Nada, en efecto, tan público, tan equiparable a la vida misma y por tanto sujeto a la condición de primer derecho universal. Nada tan contrario a la necesidad, dignidad y democracia bien entendidas como privatizar al agua. No puedo por menos que culminar este borbollón de impresiones con uno de los aforismos de mi libro manuscrito AGUA.

La primera propiedad del agua es que no puede ser propiedad de nadie.

Gracias y que la vida, es decir, el agua, os atalante.