El ataque se produce en plena transición política. O mejor dicho, en medio de una liturgia sucesoria. El enfermo líder Kim Jong Il, Kim II, para entendernos, ha proclamado ya al benjamín de sus hijos, Kim Jong Un, Kim III, como futuro padre del país. El nuevo príncipe tiene 27 años y, por lo que se sabe, carece de experiencia política. Su impredecible padre le ha colocado una guardia pretoriana estrictamente familiar: un cuñado cumplirá el papel no declarado de regente y una hermana disciplinará cualquier tentativa de disidencia militar.

Con motivo del aniversario del régimen, las autoridades permitieron la visita de la prensa occidental a Pyongyang. Algunos corresponsales extranjeros intentaron atisbar el humor de una población desesperada. Pero hubieran necesitado más tiempo y menos limitaciones para hacerse una idea ajustada de lo que ocurre allí dentro. Después de un mal año, o sea de malas cosechas, habría vuelto la escasez de productos básicos y, en algunas zonas, el hambre. La revalorización propagandística de la moneda ha coadyuvado al desastre.

Este escenario de catástrofes, oscuridad e intrigas convierte a Corea del Norte en un «reino medieval shakespeariano», una ocurrente construcción del diplomático norteamericano Christopher Hill, considerado un experto en Corea del Norte, porque dirigió las negociaciones nucleares con el régimen hace unos años. A Hill lo cita el celebrado analista de NEWSWEEK, Fareed Zakahria, en un reciente artículo sobre la preocupación que debe suscitarnos la inestabilidad crónica de un país en el umbral de convertirse en nueva potencial nuclear.

Asombrosa realidad de un país, que muestra una ineptitud o un desprecio -o ambas cosas a la vez- escandalosos en alimentar y proporcionar una vida decente a sus propios ciudadanos y, por el contrario, exhibe su capacidad para adquirir, desarrollar y mantener una sofisticada tecnología.

Este mismo domingo, THE NEW YORK TIMES publicaba a toda página en su portada que un científico norteamericano, Sigfrid Hecker, acababa informar a la Casa Blanca de que el régimen norcoreano había desarrollado una planta de enriquecimiento de uranio dotada de un millar de centrifugadores de la tecnología más avanzada. Las autoridades norcoreanas habían permitido al científico que visitara ampliamente las instalaciones, lo que indica que estaban mandando un mensaje a Washington y al mundo.

La puja nuclear obedece a la paranoica creencia de que sólo mediante la capacidad de amenaza puede lograr restablecer una negociación ventajosa con las grandes potencias internacionales, obtener sustanciosas ayudas económicas y conseguir el avalar para consolidar potencial atómico con el que superar su angustioso déficit energético.

Las provocaciones militares también podrían estar destinadas a reclamar atención preferente en las agendas de los dos grandes polos del actual poder mundial: China y Estados Unidos. En marzo, torpedos norcoreanos hundieron una fragata surcoreana con casi cincuenta marinos a bordo, en otra zona marítima fronteriza. Hace un mes se produjeron de nuevo escaramuzas.

Pero habría un elemento adicional, éste de consumo interno, que explicaría el «gamberrismo» norcoreano. La proximidad de maniobras militares surcoreanas podría explicar esta última bravuconada. Se trataría de demostrar que la sucesión inminente del líder no acarrea debilidad y que las gloriosas fuerzas armadas están dispuestas a golpear primero y todas las veces que sean necesarias. Ejercicio que, por repetido, resulta ineficaz. Pero no por ello menos peligroso. Es de esperar que el gobierno de Seúl atienda las peticiones de contención que le aconseje Estados Unidos y que China atempere a su díscolo protegido.