Lo realmente viejo y anticuado en el mundo de las ideas es el viejo paradigma liberal de la ley del más fuerte. Lo viejo e inaceptable es la desigualdad que consolida el ideario de derechas, aunque se disfrace de «progresismo moderno». Lo moderno y deseable es la superación de las desigualdades que persigue el socialismo. Hoy hace falta más socialismo que nunca porque hay más desigualdad que nunca.

El socialismo nunca ha sido dogmático. El dogmatismo del Estado mínimo, las reglas mínimas y el libre mercado siempre fue de derechas.

El socialismo fue, es y será una fuerza reformista impulsada por los valores de la igualdad y la libertad. El socialismo defiende ambos valores por igual, porque no hay igualdad sin libertad, y no hay libertad sin igualdad.

El socialismo siempre ha adaptado su programa reformista a los retos de cada tiempo. En los fines del siglo XIX se trataba de conquistar el derecho al sufragio y de acabar con el esclavismo industrial y el trabajo infantil. Tras la Segunda Guerra Mundial se trataba de establecer el Estado de Bienestar y las reglas del mercado. Y ahora se trata de poner reglas a la globalización de las relaciones económicas, sociales y políticas, para garantizar la igualdad, la libertad, la democracia y los derechos humanos.

El socialismo tiene que modernizarse en su programa reformista para regular la globalización, en su funcionamiento abierto y participativo, y, sobre todo, en su dimensión. O el socialismo se hace global o no será eficaz. Si los retos son globales, los programas, las organizaciones y los liderazgos socialistas no pueden ser nacionales. Porque no habrá reforma fiscal, reforma laboral, reforma ambiental, o reforma de seguridad si no es una reforma global en cada uno de estos casos.

Valls se equivoca. Renunciar a la «ideología» equivale a perpetuar las desigualdades. Cambiar el nombre al «socialismo» equivale a acabar con el socialismo cuando el socialismo es más necesario. Y configurar un frente común «progresista» equivale a renunciar a la fuerza inequívocamente reformista y mayoritaria que más ha contribuido al avance democrático y al bienestar de los europeos en el último siglo.

Valls se equivoca. Una cosa es el pragmatismo y otra diferente es el transformismo. Una cosa es la renovación y otra distinta es la reacción al servicio de los poderes económicos predominantes. Si su pragmatismo y su renovación consiste en más mercado a cambio de menos Estado, menos derechos para los trabajadores y menos políticas para el bienestar de las personas, efectivamente hay algo que no funciona. Pero el error no está en el socialismo. El error está en que él, Manuel Valls, ha renunciado al socialismo.

Históricamente, el socialismo ha sufrido dos tensiones contrapuestas que buscan apartarle de su camino reformista y de su meta de igualdad y de libertad: la tensión que le empuja a la derecha liberal, y la tensión que le empuja al populismo estéril. El PSOE de Pedro Sánchez rechaza ambas tensiones. Esperemos que el Partido Socialista Francés lo consiga también.