Es una magnífica película de animación aunque al final injustamente no haya alcanzado el Oscar. Ari Folman, director y guionista, nos ofrece un durísimo y conmovedor documental dibujado sobre el conflicto del Líbano y la masacre de Sabra y Chatila.

La memoria parece gozar de su propia voluntad, selecciona el qué recordar y el qué olvidar. Sobre esto nos habla, en primera persona, su autor. A partir de una conversación que el propio director mantuvo con un amigo, en relación a sus experiencias militares, motivó el planteamiento de la película. La búsqueda de los recuerdos traumáticos enterrados en la memoria es una forma de terapia. La terapia duró lo que la producción de la película, cuatro años. A partir de aquí comienzan las nueve entrevistas que Ari Folman, viajando por todo el mundo, mantuvo con sus amigos para reconstruir su propia memoria histórica y, de paso, regalarnos una fascinante cinta. Con la fuerza expresiva de la animación (mediante Flash, 3D y animación clásica), un exquisito diseño de personajes que se ocultan en sus propias sombras y a través de una estética surrealista y onírica, consigue dar a la historia una intensidad portentosa, que enriquece el testimonio recuperado de la memoria selectiva ante el horror. Si la imagen nos envuelve en el drama en tonos amarillos y negros, la música de Max Richter nos trasporta al universo de las sensaciones. Ambas se complementan y engrandecen el resultado final. Una obra maestra. Por algo, «Vals con Bashir» ha logrado el Globo de Oro a la mejor película en lengua no inglesa.