Pero, ¿quiénes son? Son los que detentan los grandes intereses parciales del mundo, esos que en demasiadas ocasiones resultan incompatibles con el interés general, incluso con el interés de las mayorías. Son los que ejercen los grandes poderes, esos que compiten y a menudo se imponen sobre el poder democrático. Son los grandes de las finanzas, de las corporaciones industriales, de los conglomerados mediáticos transnacionales…

Sus pulsos son cada vez más osados y más descarados, y los están ganando. Forzaron mantener la desregulación del casino financiero internacional, a pesar del tsunami que aún sufrimos, y lo han conseguido. Exigieron priorizar la reducción del déficit sobre la reactivación de la economía y el empleo, a pesar del coste social, y lo han logrado.

Reclamaron revisar el régimen de prestaciones sociales en Europa, y la revisión se ha tornado en ajuste y en recorte drástico. Pusieron el ojo sobre las cajas de ahorro, y se las van a quedar. Sospecharon de esa apuesta romántica por las energías renovables, y la están diluyendo como un azucarillo. Quisieron quebrar el compromiso antinuclear, y tendrán centrales abiertas hasta que dispongan.

Ahora han situado a los políticos en el centro de la diana. ¿Para qué necesitamos políticos cuando tenemos “profesionales”? Los políticos solo estorban, en la regulación de los mercados, en la gestión de las cajas, en el diseño de las reglas del juego… La política estorba y mancha.

Mejor que manden los “profesionales”. Aquellos podrán esgrimir la legitimidad democrática, pero estos disponen de una legitimidad más moderna, la del mérito y el dinero. De la democracia a la plutocracia o a la aristocracia, del gobierno del demos al gobierno de los mejores y de los que más tienen.

Y si la política está desacreditada, si los debates políticos se entretienen en frivolidades, y si en realidad los políticos mandan poco, porque las decisiones relevantes se adoptan en otros ámbitos, ¿para qué votar? Cuando se prescinde de la democracia, el primer riesgo es el desapego, pero el riesgo a medio plazo es el de la quiebra y el estallido social. No participo de la doctrina Pons, y no plantearé paralelismos forzados, pero puede que los gritos que estamos escuchando en algunas plazas del Mediterráneo sur no tarden mucho en cruzar a la orilla norte.

Respondamos antes de que sea demasiado tarde. Reivindicando la democracia, fortaleciendo la democracia, con una democracia nueva para un tiempo nuevo y un nuevo reto. Si los desafíos traspasan las fronteras de los Estados, si los intereses trascienden los límites nacionales, y si los poderes que buscan imponerse sobre las mayorías son poderes globales, tenemos que ejercer también una democracia global. Con legitimidad global, con programas globales, con instituciones democráticas globales. Para hacer política y para hacer economía conforme a los intereses de todos, y para no resignarnos ante el ejercicio del poder no democrático conforme a los intereses de unos pocos.

Y una democracia global exigirá un socialismo global, con un análisis global y un posicionamiento global. Pero con los valores de siempre.