Hablar de África hoy es hablar de subdesarrollo, hambruna, analfabetismo, enfermedad, guerra, persecuciones, avasallamiento, dictadura, corrupción… y muerte. Nacer en África equivale a una condena casi segura a la privación de lo más preciso, a la vulneración de los derechos humanos más elementales, y a una esperanza de vida muy limitada. No hablamos de otro planeta, ni siguiera hablamos de las antípodas de Europa. Hablamos de nuestros vecinos; apenas a unos kilómetros de nuestras playas atestadas hoy de turistas.

Europa es responsable. Históricamente responsable. Política, económica y éticamente responsable. Durante siglos los europeos hemos expoliado África, nos hemos repartido África, hemos esclavizado África, hemos puesto y quitado gobiernos en África, hemos mangoneado en África. Incluso ahora, a la par que suscribimos grandilocuentes tratados sobre el desarrollo de los pueblos y la lucha contra el hambre, seguimos cerrando los ojos ante la desesperación de África al tiempo que esquilmamos sus recursos para enriquecernos.

Más allá de las grandes palabras, nuestros hechos relevantes sobre África tienen que ver con el blindaje de fronteras, con el proteccionismo de nuestro comercio, y con el uso del gas africano, del petróleo africano, de los diamantes africanos, de las maderas africanas, de la mano de obra barata africana. En beneficio propio. Sí, somos responsables.

Los prebostes del G-8 han decidido aplazar sin plazo fijo la financiación de los planes de ayuda al desarrollo en África. A causa de las dificultades económicas de las grandes economías del planeta, dicen. Es igual. Nadie estaba cumpliendo con sus compromisos antes de esta decisión. La excusa de la crisis es tan oportuna, y tan lamentable, como cualquier otra.

El Presidente español ha manifestado su indignación y ha confirmado los planes de España para llegar pronto al 0,7% del PIB destinado a la ayuda al desarrollo. Si todas las naciones con recursos cumplieran este objetivo, paliaríamos la situación un tanto. Pero ni tan siquiera esto es suficiente.

Debemos a África algo más. Por solidaridad, por dignidad, por justicia histórica, por humanidad. Una iniciativa global para rescatar África de la prehistoria e incorporarla al siglo XXI del desarrollo, de los derechos humanos, del Estado de Derecho, y de la democracia.

Espero al menos que unos cuantos de los participantes en la ronda de Doha, o en la reunión del G-8 en Japón, hayan sentido una vergüenza profunda al contemplar en sus televisores de plasma las imágenes de esas madres africanas desesperadas por haber perdido a sus hijos en la travesía de la infamia. Sería un buen primer paso…