Un ejemplo. En la reunión del G-8 que tuvo lugar en la ciudad italiana de L’Áquila, en julio de 2009, se acordó, a propuesta de Estados Unidos, un fondo de ayuda a la agricultura de los países en desarrollo con el objetivo de garantizar lo que se denomina seguridad alimentaria en el planeta. Vamos, que se anunció a bombo y platillo un fondo de 15.000 millones de dólares en tres años para combatir el hambre. ¿Qué ha ocurrido después? Según Oxfam, a finales de 2010 la promesa solo se había concretado en 4.000 millones de dólares de nuevos fondos.

Vivimos en un mundo de contrastes. Tenemos un planeta que produce alimentos para todos los habitantes de la Tierra, pero una mitad de la población mundial pasa hambre y millones mueren por este motivo cada año, mientras la otra mitad vive en la opulencia y está obsesionada con perder peso aún acosta de su propia salud e incluso su vida.

Hoy, en el año 2011, casi mil millones de seres humanos se van a dormir con hambre, más que a principio de los años 70, con todo lo que ha crecido la economía. Otros dos mil millones de personas tienen una dieta carente de minerales y vitaminas esenciales. Nueve millones de niños mueren antes de cumplir los cinco años, un millón más que en el año 2008. ¿Se puede considerar estos “datos”, es decir, estas situación y estas muertes una vergüenza para una sociedad civilizada? Parece que sí. Pero hacemos realmente poco para evitarlas.

Los gobiernos tienen que tener entre sus objetivos actuaciones y compromisos presupuestarios para erradicar el hambre no solo cuando hay alguna catástrofe, sino a medio y largo plazo. Algo que solo ocurrirá con el empuje y la presión de unos ciudadanos que no se conformen con intentar reducir, o minimizar, sino erradicar de una vez por todas esta lacra.

También es necesario un examen de conciencia individual, porque la otra cara de la moneda es que desde 1980 la obesidad se ha más que duplicado, y hoy en el mundo hay 1.500 millones de personas con sobrepeso. Cada año fallecen al menos 2,8 millones de personas adultas como consecuencia del sobrepeso o la obesidad. Las ventas anuales de complementos dietéticos ronda los 13.000 millones de dólares. Y en Europa Occidental las ventas de productos adelgazantes, excluyendo los medicamentos prescritos, alcanzaron los 1.400 millones de dólares en 2009. Sin añadir que enfermedades como la anorexia y la bulimia afecta cada vez a mayor número de personas.

El drama es evidente, pero se hace mayor, cuando a pesar de las ventas millonarias, los resultados de dos investigaciones presentadas en el XI Congreso Internacional sobre Obesidad, celebrado en julio de 2010, revelan que la mayoría de los complementos para adelgazar no demuestra eficacia en la pérdida de peso más allá del efecto placebo.

Que duro es comprobar cómo se prometen 15.000 millones de dólares para combatir el hambre en tres años y en solo uno nos gastamos 13.000 millones de dólares en productos dietéticos que no son efectivos. Algo pasa, hay que cambiar las prioridades de las personas, hay que combatir el consumismo y plantearnos que es más importante lo que le pasa al vecino de al lado que el último producto milagro para perder unos cuantos kilos mientras hay millones de personas que mueren de hambre

Es cuestión de formación e información. Es cuestión de valores y de lucha. Tenemos que superar esta sociedad anestesiada donde con productos milagros nos quieren evitar el esfuerzo y la propia vida. Todo puede cambiar con poner a las personas primero.