Pero, ¿es consustancial a los seres humanos, inherente a su propia naturaleza?, o ¿es quizá una forma de proceder socio-culturalmente aprendida? En la primera perspectiva se instalan las teorías biológicas, de la mano de Charles Darwin, Konrad Lorenz, con sus estudios y proyecciones sobre la agresividad humana, o Robert Ardrey con sus trabajos sobre “el mono asesino”. Otras teorías son las psicosociales, que incluyen planteamientos ambientales-reactivos y socio-afectivos, las teorías sociodinámicas, centradas en los conflictos y las teorías estructurales, que la entienden como un producto de los sistemas económicos y políticos.

Desde estas líneas consideramos que la violencia es una realidad histórica, ontológicamente humana, pero básicamente es un modo de proceder que se aprende y reproduce en sociedad. El conflicto forma parte de la lógica de lo social y, sin contenciones conllevaría el fin de las sociedades humanas. Frente a éste, el consenso y la solidaridad, que tan determinante papel han jugado en la historia de la humanidad. Siempre recordaré mi estancia en la península de Paracas en Perú, donde tuve la oportunidad de visitar un pequeño museo, en donde se podían contemplar cráneos de individuos pertenecientes a pueblos pre-Incas, que habían sido objeto de trepanaciones, con el objetivo de eliminar tumores cerebrales. Allí pude comprobar cómo algunos cráneos se habían regenerado, lo cual significaba que esas personas fueron atendidas en su gravedad, aún siendo una carga evidente para sus familias y el propio grupo. La solidaridad se mostraba en toda su amplitud y previsiblemente la violencia era un recurso extremo para garantizar la supervivencia.

Vivimos en un mundo en donde ya no es un recurso extremo, es un modelo de conducta e interacción, que puede tornarse extremadamente patológico hacia nosotros mismos, en el ámbito de las relaciones amorosas, a la hora de resolver asuntos cotidianos, en las familias, entre países, entre colectivos particulares, instituciones internacionales… De ahí las guerras, el terrorismo internacional, pero también los hechos delictivos, los maltratos a las mujeres, a los niños y a los ancianos, los homicidios, los suicidios y los recientes episodios en nuestro país de actuaciones más que agresivas hacia profesores de instituto, discapacitados o personas “sin hogar”.

Sirva de ejemplo, que en España en el año 2009 murieron 68 mujeres por violencia machista y previsiblemente en 2010 alcanzaremos e incluso superaremos esta cifra. Por otro lado, según se recoge en el informe del Ministerio del Interior “Evolución de la Criminalidad. Balance 2009” la tasa de delitos contra la vida, la integridad y la libertad de las personas ascendió para ese año a 2,7 por cada 1.000 habitantes, con una tendencia creciente desde el año 2000 (1,6). También ha aumentado notablemente la violencia ejercida hacia los menores, de hecho desde el año 2003 a 2009 fueron detectados y perseguidos un +135% de delitos de corrupción de menores y un +1.194% de delitos de pornografía infantil.

Una de las modalidades más agudas de violencia es la que tiene que ver con los suicidios. En nuestro país, nueve personas diariamente se quitan la vida, según datos del INE relativos al año 2008. Su evolución ha sido constante a comienzos del siglo XXI, oscilando entre una cifra de 1.886 en 2006 a 2.274 en 2004. Sin embargo, en 2007 se observa un aumento significativo (3.263), que se consolida en 2008 (3.457). Se suicidan más varones (78,31%) que mujeres (22,56%), resultando Galicia (105,86), Asturias (104,15) y Andalucía (99,16) las Comunidades Autónomas con una mayor incidencia. Habrá que ver la deriva que han tomado estos dramáticos episodios en el año 2009 y 2010 a consecuencia de la crisis económica.

Además, nuevas variedades de violencia alcanzan la sociedad española y, apoyadas por las nuevas tecnologías, posibilitan que millones de personas en el mundo puedan seguir los desmanes cometidos hacia profesores, personas “sin hogar” o discapacitados, que son objeto de burlas, insultos, golpes e incluso asesinatos, por parte de jóvenes, que no habiendo encontrado su identidad, representan el fracaso de una sociedad, que no ha sabido socializarles en valores de paz y respeto.

¿Qué hacer frente a esta situación? Es complejo atajar un problema de tal envergadura cuando se trata de un fenómeno estructural y cuando la propia sociedad es violenta y excluyente y, consecuentemente, genera frustración. Pero es una obligación de ética social abordar el tema en sus diversas dimensiones e ir a la raíz del problema. Para ello deberían promoverse programas institucionales de lucha contra la violencia; fomentar modelos pacíficos de convivencia, que sirvan de referente a la ciudadanía; fortalecer las normas sociales y tradiciones culturales que rechacen cualquier manifestación de crueldad; satisfacer adecuadamente las necesidades biológicas y emocionales de los ciudadanos promoviendo su equilibrio; educar en la palabra consensuada; articular campañas de sensibilización que aboguen por una resolución serena de los conflictos; detectar y tratar precozmente las conductas violentas; cultivar ambientes de armonía y entendimiento en las familias; garantizar que los medios de comunicación ofrezcan mensajes claros contra la violencia y, en definitiva, procurar que en nuestra sociedad no haya tantas desigualdades sociales y que la solidaridad, la justicia, la equidad y la paz rijan las relaciones humanas Sólo así podremos llegar a ser una sociedad realmente íntegra y sabia, tal como creía Mahatma Gandhi:

“Yo puedo decir con toda confianza

y por la experiencia personal que he tenido

que una visión completa de la verdad es posible

sólo cuando uno practica una no violencia total”