Vivimos más viejos y seguramente más sanos, pero no obligatoriamente. Es inexacto confundir las dos curvas: la de la vida y la de la sanidad. Y sobre todo, más que inexacto es sospechoso pensar que automáticamente se puede hacer a los sesenta y siete años lo que se hacía a los sesenta y dos por ejemplo. La fisiología no evoluciona del mismo modo que la prolongación de la vida. Hoy sabemos que cardiólogos, oncólogos, neumólogos, diabetólogos, reumatólogos prorrogan existencias que van a pasar años o décadas en situación de debilidad mayor o de dependencia. Cuántos en España gozan de la vida después de los sesenta y dos años con una válvula cardiaca, uno o varios ¨stents¨ coronarios, una prótesis de cadera o de rodilla, una bomba de insulina, oxigenoterapia… También sabemos que, por una parte, la mecanización ha transformado oficios muy duros físicamente, al mismo tiempo que la presión de la rentabilidad y de la productividad ha hecho de ocupaciones de «todo reposo» vías hacia la depresión, por ejemplo la enseñanza, o hasta el suicidio como ocurrió, y sigue ocurriendo en la modernísima empresa France Telecom. Pero todas estas reservas no niegan la realidad de la mayor esperanza de vida y de actividad. Pero con reservas.

Si fuese tan evidente que al vivir más años hay que retrasar la jubilación entonces deberían, en toda lógica, las mujeres jubilarse después que los hombres. Lo que sería una barbaridad. También hay que pensar que si ganamos unos meses de vida cada año, es lo que dicen las estadísticas, entonces vamos a tener que prorrogar sin fin la edad de la jubilación. Por ejemplo hasta los 80 años cuando alcancemos una media de vida de cien años. Esta cifra la he oído de un profesor de Medicina francés, diputado de Derechas. ¡En la polémica todo vale!

La edad de la jubilación es, por lo tanto, un elemento de controversia que agita nuestras sociedades. Pero uno entre otros. Además ¿sobre qué base se aprecia la necesaria prórroga de la actividad? ¿Sobre estudios de fisiología, de ergonomía o sencillamente económicos? Todos pueden valer, pero hay que señalarlos. La jubilación tiene también aspectos individuales. Conozco muchos médicos que al abandonar definitivamente la consulta han envejecido en pocas semanas, albañiles que se han enderezado definitivamente al abandonar el tajo. Con ello quiero decir que unos aspiran a la jubilación y otros la temen. Dejar margen a tal variación, adecuando la jubilación al tiempo trabajado y a los deseos del ciudadano sería una pista que ya se ha esbozado o utilizado pero nunca como base esencial de discusión. Aunque la idea empieza a caminar. En el Senado francés, la mayoría de derechas ha votado una enmienda que señala la conveniencia de reexaminar a partir de 2013, después de las elecciones presidenciales otras formas de calcular la jubilación. No se ha dado gran publicidad a este voto pero ilustra perfectamente la precipitación y poca reflexión que acompañan la necesaria reforma de los sistemas de pensiones.

La protesta sindical francesa ha señalado dos temas fundamentales que no se pueden soslayar en una reforma de las pensiones: el carácter penoso de ciertos trabajos y las carreras ya actualmente larguísimas de quienes entran en las obras con dieciseis o diecisiete años. Esto puede alcanzar a una población cada vez más importante si el aprendizaje, sistema interesante para ayudar a resolver el paro juvenil, se generaliza. En cuanto a laprecariedad, existen hoy suficientes estadísticas de enfermedades profesionales, accidentes de trabajo, invalidez, para poder hacer un examen sereno del problema, olvidando las categorías tradicionales.

Desde que existe el trabajo se sabe que hay un momento en el que se necesita fuerza, habilidad, resistencia y que con los años hay algo que adquiere más valor: la experiencia. La adaptación del puesto de trabajo, digamos de manera más general y justa de la aportación social del trabajador, cualquiera que sea su categoría, en función de su edad, es igualmente un elemento que permitiría hacer aceptable una prorroga de la actividad profesional.

Pero, ¿cuál sería la respuesta de los responsables políticos si los sindicatos les dijesen: «Bueno, vivimos más viejos, entonces necesitamos trabajo hasta los sesenta y siete años para quien lo desee y pueda? ¡Garantizadlo!»