«El humo de las chimeneas se elevaba en volutas sobre las techumbres de las casas, disipándose y desvaneciéndose en el cielo resplandeciente de arreboles. Las llamadas de las madres a sus hijos se sucedían ininterrumpidamente. Un hombre pasó delante de mi llevando cubos de estiércol con la palanca, que iba crujiendo con su trote. Poco a poco, los campos fueron tendiendo a la quietud, los contornos se desdibujaron, el arrebol de las nubes fue extinguiéndose. Yo sabía que el crepúsculo estaba a punto de pasar, y la noche a punto de caer. Vi la tierra espaciosa mostrar su pecho sólido, en actitud de llamada. Al igual que una mujer llamando a su hija, la tierra convocaba a las tinieblas de la noche.»

Así termina “¡Vivir!” de Yu Hua, un libro de fácil y rápida lectura que, como hacía tiempo que no me ocurría, me ha hecho reflexionar sobre la capacidad de superación de la adversidad en situaciones de extrema dureza, de dolor insoportable, que podemos experimentar los seres humanos.

Adaptada al cine por el prestigioso director chino Zang Yimou y galardonada en Cannes en 1994, “¡Vivir!” es sencillamente una obra maestra. Aún más, no resulta arriesgado decir que esta maravillosa novela puede ser considerada como una de las obras clave para entender la literatura contemporánea del emergente país asiático.

Yu Hua (1960), un escritor polémico, criticado por algunos círculos culturales de China y reverenciado hasta el extremo por otros, recuerda el fortuito encuentro con un anciano campesino en una de sus correrías por diferentes pueblos del interior de país recopilando canciones populares. El anciano llevaba un buey viejísimo, al que no paraba de hablar para que se pusiese a trabajar.

“Vi que la espalda del anciano y el lomo del buey eran igual de oscuros; dos existencias que entraban en el crepúsculo, surcando el duro suelo de ese campo, alzando terrones como olas en la superficie del agua”.

El narrador entabla conversación con el anciano, que le acaba contando, y esa es la novela, su vida: “Hace más de cuarenta años, mi padre iba y venía por aquí a sus anchas, con su túnica de seda negra y las manos siempre a la espalda”.

Pero Fugui, el hijo, dilapidó la fortuna de su padre y llevo a toda la familia a la ruina. De terratenientes pasaron a trabajar duramente el campo en unas condiciones miserables, rodeados de tantas penurias que hacen mella en todos los familiares.

Sin embargo, “¡Vivir!” no es una novela triste. Con sencillez, Fugui desgrana la vida en el campo, las duras jornadas dedicadas al trabajo, los pequeños placeres de la vida doméstica donde parece detenerse el tiempo, la buena y delicada relación que existe entre todos los miembros de su familia.

La novela recorre el entramado complejo de los diferentes momentos de la vida de la China contemporánea: la guerra civil, la llegada del comunismo, la irracional revolución cultural… Estos sucesos exteriores, muy lejanos a las inquietudes cotidianas de los protagonistas, transforman indirectamente sus vidas, siempre a peor. Pero Fugui siempre mantiene el tipo: no queda más remedio.