Defendía entonces –y lo hago ahora— que es “tiempo de mirar hacia atrás y ver lo que se ha hecho mal. Pero también ha de ser tiempo para reconciliarse con lo que se ha hecho bien y defender los ideales de un partido herido por desafección que, sin embargo, ha significado mucho en la historia de la España que hoy conocemos”. Recordaba en ese artículo, porque creo que es necesario hacerlo que, durante el último periodo en el que el Partido Socialista ha estado en el Gobierno, “España vivió uno de los momentos de mayor esplendor en el avance de los derechos democráticos y de las libertades de los individuos”. Un esfuerzo y un trabajo, dilapidado en parte por “la falta de firmeza y coherencia a la hora de buscar salidas a una crisis que se reconoció tarde”.

El domingo pasado desde mi casa, escuchaba en directo a través de la televisión las palabras del nuevo líder del PSOE, Pedro Sánchez y recordé ese artículo. Reconozco que tenía mucho interés en verle en “en acción” frente a los suyos, asumiendo su cargo, dirigiéndose a su partido cara a cara… Reconozco también que, durante la campaña de las primarias, he mirado con cierto recelo e incredulidad al ahora Secretario General del PSOE, no porque tuviera un favorito entre los candidatos, sino porque, con la que está cayendo, he preferido ser cauta y pecar de prudente pues considero que la situación no requiere entusiasmos colegiales, sino proyectos realistas. Y de pronto, ahí estaba él: camisa blanca remangada, en una pose que parece decir que está “manos a la obra”, actitud dispuesta y, sobre todo, coherencia. No quedaba ningún rastro del titubeo que le vi en ciertas intervenciones anteriores en tertulias televisivas, donde la experiencia de los asiduos le dejó un poco rezagado en la lucha por la popularidad. Ahora, después de escucharle el domingo, creo que tal vez porque esa popularidad efímera del populismo mediático, le sobra al profesor de universidad y hombre del partido que tiene un proyecto bien conformado bajo el brazo.

La seguridad con la que se plantó ante el auditorio, exenta de cualquier prepotencia, vino acompasada por cada una de sus palabras. Los guiños de complicidad con los que conforman el día a día de su partido, le otorgó cercanía y cierta dosis de realismo a un discurso que más que una bienvenida, constituía un auténtico programa de gobierno. La claridad de los mensajes, algunos cargados de simbolismo y todos de propósitos de cambio, logró seducirme, como parece haber hecho al electorado (las últimas encuestas de intención de voto así lo indican). Sin titubeos ni papeles en las manos, Sánchez era sabedor de sus frases, pero sobre todo, conocedor de lo que hay que hacer y, sobre todo, de dónde está y lo que implica ese lugar.

Comenzó exigiendo paz en Gaza. Se acordó en ese primer minuto, y cualquier resquicio de borrachera por el triunfo pasó a un segundo plano, porque Sánchez es consciente que ganar las primarias no es ganar una pachanga de barrio, sino asumir la responsabilidad que conlleva el cargo. Así lo hizo y comenzó su andadura recordando la barbarie sinsentido que cada día nos deja muertes inocentes, que machacan la conciencia de los que sentimos que la vida de los seres humanos se ha convertido en moneda de cambio de otros intereses consentidos por quienes tienen en sus manos el poder para poner punto y final a un conflicto que no entiende de vacaciones porque no tiene tiempo ni para respetar las treguas. Sánchez asumió el liderazgo que le ha otorgado la mayoría de los delegados de su partido y pidió poner fin al horror.

Prosiguió, ya completamente integrado en su nuevo papel, reivindicando los éxitos sociales –y digo éxitos— del PSOE en estos 30 años cuando ha estado en el Gobierno. Esa fue su mejor tarjeta de presentación (aunque de ello poco se haya hablado en los periódicos o en las radios) y ojalá sea siempre su prioridad: luchar por proteger las libertades y los derechos de todos los ciudadanos.

Sin titubeos, entendió la necesidad de la gente de tener frente a ellos a políticos y políticas creíbles, y la obligación de quienes trabajan para los ciudadanos de hacer de la credibilidad su bandera. Introdujo lo que, a mi parecer, es un concepto muy bueno y muy acertado para explicar y entender lo que estamos viviendo: la transición económica. Un concepto que he echado de menos en los medios de comunicación que hablaron de la investidura de Sánchez, y que sin embargo, resume cómo la ideología de la economía impregna las decisiones en esta era en la que parece que, las personas y nuestras necesidades más básicas, somos lo menos importante.

Valiente, Sánchez avanzó que no permitirá corrupción, pero que tampoco permitirá que se acuse de corrupto para arañar votos. Y digo valiente porque, desde un púlpito queda bien “ir de digno y de legal” y prometer perseguir la corrupción y a los corruptos en abstracto. Avisar que se va a perseguir la corrupción es lo “políticamente correcto”, avisar también que no se va a permitir que se haga juego sucio de la corrupción es además, coherente. Y vuelvo a hablar de coherencia.

Una coherencia que materializó ya en su primera decisión política: negar el apoyo a Juncker en Europa; y que también acompaña a las medidas que plantea sobre pedir que se deprecie el euro o que los rescates bancarios no sirvan para enriquecer a unos pocos, con el esfuerzo de otros muchos. Y así con otros tantos temas que puso encima de la mesa: desde la reforma constitucional hacia “un marco de convivencia federal”, la derogación de los acuerdos con la Santa Sede, el endurecimiento del Código Penal en los delitos vinculados a la corrupción (a la que una de las veces se refirió, en alusión a Jordi Pujol, con un genial juego de palabras en el mostraba su rechazo a quienes “cuando tienen que elegir entre patria o patrimonio, elige patrimonio y se lo lleva al paraíso fiscal de al lado”).

Como pilares, digan lo que digan –o mejor, callen lo que callen— los medios tradicionales, Pedro Sánchez ha llegado con tres ideas sobre la mesa: la necesidad de atender a las cuestiones económicas, la de regenerar la democracia y la de recuperar derechos y leyes sociales. Asegura que quiere borrar conceptos como “paro”, “violencia de género” (que algunos parecen que olvidan que ya llevamos más de 30 muertes oficiales de mujeres a manos de sus parejas en lo que va de año), o “independentismo”. Y lo ha hecho ofreciendo la imagen de una persona cercana, locuaz, con ganas de trabajar, conocedor del esfuerzo realizado por quienes han ocupado su lugar antes que él…

Sus primeras decisiones en cuanto al organigrama del partido han sido ya sometidas a debate. Algunas pecan, tal vez, de falta de experiencia, otras pueden no ser del agrado de determinados sectores… Pero lo que está claro es que el PSOE tiene una oportunidad de ser creíble porque su líder es creíble. Evitar fracturas internas y dar una imagen sólida es trabajo ahora de todos sus miembros. Esperemos, por el bien de la democracia, que sus militantes sepan trabajar codo con codo para aprovechar estos aires difíciles pero llenos de entusiasmo y espíritu renovador. Y no precisamente hablamos de una renovación destructiva, sino de una renovación inteligente donde, como bien ha indicado el propio Sánchez, el tiempo de flagelación por los errores pasados ha de terminar. Se ha de extraer lo bueno, lo mucho bueno conseguido, y se ha de defender lo que ha significado el PSOE desde su fundación para los españoles, y pelear por encontrar nuevamente esa sintonía difuminada por estos tiempos convulsos.

Yo no conozco a Pedro Sánchez ni tengo ningún vínculo o interés oculto o especial con él o su equipo, pero el domingo pasado, vi a través de la televisión a un hombre simpático, carismático y, sobre todo, dispuesto a trabajar por el bien de mi país. Un líder no solo de un partido, sino de un proyecto real que se puede materializar, impregnado de un ideario socialdemócrata capaz de seducir a quienes han dejado de confiar en la izquierda de siempre o buscan alternativas que logren convencerles aunque sea solo a base de palabras. Un hombre que, más allá de la edad, la apariencia física, o el currículum que le acompañan, derrocha con su lenguaje tanto verbal como no verbal, capacidad para diseñar y defender un proyecto que haga funcionar a España. Parece que el cambio está en sus manos y las ganas de lograrlo, también.