Una crisis económica provocada por la enorme avaricia y codicia de quienes sólo sueñan en acumular dinero. La globalización ha permitido que el dinero se convierta en el gran protagonista de las relaciones económicas; ha dejado de ser un instrumento para crear actividad y riqueza, y se ha convertido en un fin en sí mismo. Hemos visto como se ha producido un colapso financiero debido a que multimillonarios, bancos, compañías de seguros, constructoras han utilizado sus recursos financieros en operaciones especulativas muy rentables, que han permitido a los especuladores ganar inmensas fortunas sin pagar ni un euro de impuestos y sin contribuir a la solidaridad y la cohesión social. Como dice Eduardo Galeano, el dinero tiene en nuestro planeta más libertad que el ser humano.

En este año convulso, ha habido caídas de gigantes de las finanzas que parecían imposible que algo les tambaleara; los muy ricos se han visto estafados por personajes tan elegantes como Madoff que han pervertido todas las reglas de la economía; los gobiernos han acudido al rescate de los bancos, la esencia pura del capitalismo; las multinacionales han pedido ayuda a Papá Estado, saltándose toda la lógica de la libertad de mercado. Todos han llorado, ricos y pobres, pero lo más duro es la pérdida de los puestos de trabajo, el cierre de pequeñas empresas y autónomos, o la enorme brecha que crece infatigable entre países desarrollados y países hambrientos de pan y esperanza. La pobreza sigue extendiéndose sin que seamos capaces de hacer nada por detenerla. Y menos en una época de crisis, donde surge la defensa de lo “nuestro” teniendo miedo a repartir.

Daba la impresión de que el mundo se tambaleaba, de que esta crisis nos llevaría a una situación de depresión, suicidios y destrucción como la de 1929. Y la situación ha sido y es muy grave, pero parece que las medidas económicas tomadas por los gobiernos han paliado y frenado una caída en picado.

Pero… Ahora que se habla de la salida de la crisis, tengo una imagen fijada en mi retina: el desagüe de una tubería que se ha embozado porque no puede tragar toda la basura.

Tengo la impresión de que los gobiernos han sabido manejar bien el desatascador, pero ¿se han tomado medidas para que esto no vuelva a ocurrir? O ¿una vez salgamos de esta situación, todo volverá a ser igual?

Se ha hablado de democratizar las instituciones y organismos internacionales para regular la situación financiera. Se ha cuestionado el papel, ya de por sí devaluado, de instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Nos hemos escandalizado ante las pensiones y jubilaciones de más de 50 millones de euros que recibe algún exconsejero de la Banca; o hemos asistido con estupor a cómo los más sinvergüenzas se repartían ayudas y fondos del gobierno disfrutándolas en hoteles, comidas, y lujo que va más allá del bienestar y roza la perversión. Todos hemos apuntado a la necesidad de regular y controlar el capital especulativo para que esto no vuelva a pasar.

En el año 2005, Juan Torres decía que la libertad de movimientos de la que goza el capital, especialmente el especulativo, es la causante de los grandes destrozos económicos y lo que impide que las naciones puedan hacer frente con eficacia a los momentos de crisis. Efectivamente, unos años después, estamos sufriendo las amargas consecuencias de esta advertencia.

¿Se han puesto las medidas correctoras? Si no es así, y lo único que hemos hecho ha sido capear el temporal con acierto (y ya es mucho para gobiernos maniatados), volveremos a ver como la codicia, la avaricia, la especulación, y los Madoff vuelven a surgir entre las cenizas.