Los sucesos que estamos viviendo un dĂa tras otro nos hacen ver que estamos en un proceso de cambio de ciclo en lo polĂtico, y no solo en lo polĂtico. Es el tramo final de una cultura cĂvica que se extendiĂł por toda la sociedad.
El franquismo acuùó aquello de EspaĂąa es diferente. En otros lugares o tiempos los cambios se producen, bien de formas tumultuosas e incluso violentas, o con vuelcos electorales en democracia, o a las bravas, con golpes de Estado. En EspaĂąa pueden empezar a cambiar las cosas con una âmasterbaciĂłnâ, como ha definido con ironĂa y acierto un humorista estos dĂas.
Los procesos de corrupciĂłn, pues de corrupciĂłn en definitiva hablamos, han terminado a lo largo de la historia de manera patĂŠtica y chusca. Recordemos al Duque de Lerma que se hizo nombrar cardenal para no ser ajusticiado por corrupciĂłn (ÂŤPara no morir ahorcado, el mayor ladrĂłn de EspaĂąa, se viste de coloradoÂť cantaba âel populachoâ por las calles de Madrid).
El âmaster trufadoâ de Cristina Cifuentes, las ininteligibles explicaciones de unos y otros llenas de medias verdaderas para âreconstruirâ una gran mentira, no son capaces de convencer ni a propios ni extraĂąos. Y a partir de ahĂ unas estrategias polĂticas inconfesables.
Rajoy de lo que parece estar convencido es que su discĂpula debe cocerse en su propia salsa para eliminar una posible rival y el tiempo ya proveerĂĄ.
Ciudadanos estĂĄ convencido de la mentira, pero embriagado de egoĂsmo polĂtico calculado, muestra total desinterĂŠs en que las cosas cambien. Decepcionante. Esperan que sin jugar, la tragaperras escupa el gran premio. Las comisiones de la verdad son excusas para ganar tiempo cuando cada diez minutos aumenta la bola de la indignidad y la falta de respeto a los ciudadanos. Sin embargo, han optado por sumarse a la repudiable polĂtica espectĂĄculo de una comisiĂłn que solo servirĂĄ para que los declarantes se pongan a caldo delante de las cĂĄmaras de televisiĂłn, sin mayor pudor, para salvar su trasero; y entre tanto, que los espectadores coman palomitas pensando en lo degradado que estĂĄ todo. Es decepcionante que los que se autoproclaman como regeneradores de la polĂtica antepongan sus intereses partidarios a la dignificaciĂłn de las instituciones por el sistema previsto. El hambre electoral pone en entredicho cualquier credibilidad sobre la sinceridad de sus propuestas de regeneraciĂłn y por ende todas las demĂĄs. Es de esperar que los operadores mediĂĄticos y financieros econĂłmicos, que vienen apostado por Rivera sin mayores consideraciones, reparen en la poca fiabilidad del personaje, pues modelos âobsesiĂłn poderâ no llevan muy lejos. Levanten el telĂŠfono para decirle: âNo Albert este no es el camino, queremos sustituir una derecha que se nos ha podrido, por una derecha seria, no por otra que conviva igualmente a gusto con la corrupciĂłnâ.
Hay que hacerle ver que el daĂąo producido a la Comunidad Universitaria, tambiĂŠn requiere una respuesta patriĂłtica, nos estamos jugando el prestigio de la calidad de la formaciĂłn y de su capital humano para fundamentar el desarrollo de EspaĂąa. La ostentaciĂłn de banderas e himnos al viento se convierte, si no, en algo parecido a sacar a pasear papel higiĂŠnico de colores y lanzar ripios desafinados. Las instituciones pĂşblicas madrileĂąas y las espaĂąolas merecen el mĂĄximo respeto si queremos ordenar sobre ellas nuestra convivencia. Este puede ser el momento de empezar a caminar hacia arriba y dejar seguir colgados del abismo.
No creo que nadie dude de que Madrid ha sido, durante mĂĄs de veinte aĂąos de gestiĂłn polĂtica del Partido Popular, un territorio donde todo podĂa valer, ya fuera falsear contratos pĂşblicos, pagar comisiones a amigos, lucrar a la familia, saquear los fondos pĂşblicos de las empresas de los ciudadanosâŚ; asĂ como una economĂa del negocio facilĂłn, donde se ha llegado a invertir en infraestructuras para las constructoras y no para los ciudadanos, por ejemplo.
La mociĂłn de censura no es âun reparto de sillasâ, no es una usurpaciĂłn del poder polĂtico. Â Es sencilla y legalmente la obligada exigencia de responsabilidad polĂtica al Gobierno por parte de los legĂtimos representantes de la ciudadanĂa. Es un deber democrĂĄtico. La quiebra de la dignidad de las instituciones, de la legitimaciĂłn moral, producido por un cumulo de sucesos encadenados a lo largo de aĂąos tiene que tener un punto de inflexiĂłn conforme a los sistemas previstos en el ordenamiento para ello. La motivaciĂłn es de fĂĄcil entendimiento: romper con un pasado oscuro plagado de mentiras y desfalcos fundamentados en un hĂĄbito de ejercer el poder de forma patrimonialista y ventajista. Una censura por la dignidad, el respeto y la regeneraciĂłn como se ha dicho. Y poĂŠticamente, comenzar a cambiar el rumbo de fango y oscuridad y caminar por un sendero de transparencia y luz. Esto es, solventar los graves problemas cuando estos no solo no encuentran soluciĂłn sino que se agravan y ello haciendo uso de la racionalidad democrĂĄtica y la legalidad.
Rivera sacĂł pecho por haber sido paladĂn en la aplicaciĂłn del artĂculo 155 de la CE para restablecer la legalidad constitucional en CataluĂąa, y ahora se muestra remiso de hacer valer el artĂculo 20 del Estatuto AutonomĂa para restablecer la moralidad pĂşblica. Las contradicciones en la actuaciĂłn y los discursos vacĂos van siendo hechos demostrables.
En diferentes medios de opiniĂłn el PSOE fue criticado con dureza por una inicial remisiĂłn a la aplicaciĂłn del precepto constitucional y cuando su postura fue inequĂvoca ante el proceso secesionista se criticĂł lo contrario, por su seguidismo al gobierno. Ciudadanos sin embargo ha tenido todos los beneplĂĄcitos de los opinantes por su rotundidad dialĂŠctica en el restablecimiento de la ley. Ahora no parece que esos medios vayan a presionar con la misma intensidad que hicieron con los socialistas para que la formaciĂłn naranja frene el deterioro institucional madrileĂąo. Hay que ser conscientes de que si el despropĂłsito catalĂĄn es de una gravedad extrema la tomadura de pelo madrileĂąa no le anda a la zaga.
Si malo es intentar romper el Estado, dejarle corromperse hasta su inutilidad no es mucho mejor. Todo ello se realimenta.
