España se posiciona en los primeros puestos de un hecho social que afecta a los países más desarrollados: la crisis de la fecundidad. Según datos del INE la tasa de fecundidad se situó en 2024 en 1,10 hijos/as por mujer, por debajo de la tasa de reemplazo (2.1 hijos). Por su parte, la edad media en la que las mujeres tienen su primer descendiente es superior a los 32 años (25,24 en 1975, 26,80 en 1990, 29,08 en 2000). Muy alejadas en el tiempo quedaron las familias numerosas y los Premios Nacionales de Natalidad que, desde el año 1954 hasta 1975, se concedían bajo el régimen de Franco a aquellas que destacaban por tener una cantidad muy notable de retoños (el primero fue para los Castillo Castillo, que tuvieron diecinueve).
Los resultados de una encuesta realizada por el Fondo de Población de Naciones Unidas en 14 países han puesto de relieve que el 20% de los adultos en edad reproductiva pensaban que no podrían tener los hijos que deseaban. Las razones a las que aludían: su situación económica (el 39 % de los encuestados) y 1 de cada 5 destacaba el temor al futuro (cambio climático, conflictos armados, pandemias…).
En España, según la Encuesta de Fecundidad del año 2018 las mujeres sin hijos/as indican no haberlos tenido por condicionantes económicos, laborales, de conciliación de la vida familiar y laboral, por no tener pareja o no ser la adecuada. Por zonas geográficas es particularmente significativa la coyuntura en Canarias (0.85 hijos), seguida de Galicia, Asturias y el País Vasco, si bien en donde más se ha experimentado esta bajada, en la última década, ha sido en Barcelona, Madrid y Álava. En paralelo, el 33,3% de los nacimientos son de mujeres no autóctonas, aunque los datos constatan que la fecundidad de las españolas y las extranjeras convergen tras algunos años residiendo en nuestro país.
De cara al futuro, según proyecciones del INE, los nacimientos a partir de 2026 irán elevándose hasta el año 2042, alcanzando los 5,3 millones de niños/as. Anticipan que a partir de 2061 es posible que aumente la fecundidad, si bien juzgan que el saldo vegetativo será negativo durante los 50 próximos años.
En orden a lo anterior registramos la edad media de maternidad más elevada del mundo, supera los 31,9 años y ha dado lugar, por razones biológicas, a una reducción de los segundos y terceros hijos/as. Condicionantes especialmente relevantes al efecto: el tardío acceso al mercado de trabajo (26,5 años), las altas tasas de desempleo juvenil (23,7% en el segundo trimestre de 2026) o las dificultades para acceder a la vivienda (con un precio medio de 2.100 euros por metro cuadrado y 15,1 euros el alquiler). Constatándose que las medidas de conciliación familiar, la flexibilidad en los horarios laborales y las ayudas directas son insuficientes, a pesar de los logros alcanzados en los últimos años.
El desequilibrio entre la baja tasa de natalidad y la elevada esperanza media de vida ponen en cuestión el sostenimiento del Estado de Bienestar y de las prestaciones sociales, asociadas a cuatro derechos universales: educación y sanidad gratuitas, pensiones y atención a las personas dependientes.
Es obligado promover políticas familiares (family friendly), y medidas de apoyo a la natalidad, teniendo en cuenta que los hijos se han convertido, en países como el nuestro, en un bien de interés público (“hijo/hija tesoro”). Sustentado en el principio ético de la igualdad entre géneros debería potenciarse la creación de servicios públicos de apoyo a las familias, favorecer mayores tasas de actividad femenina y fomentar políticas económicas, sociales y políticas que promuevan que las mujeres y las parejas tengan descendencia.
Es, por tanto, preceptivo ir más allá del discurso en torno a la libertad reproductiva. De tal suerte que por tratarse de una problemática que afecta a buena parte de la humanidad las medidas de orden general van desde construir sociedades que garanticen a las madres y a sus chiquillos una atención sanitaria universal y de calidad; fomentar la corresponsabilidad filial entre mujeres y hombres; garantizar una seguridad económica y viviendas asequibles y de calidad; apostar por la solidaridad intergeneracional; generar certezas entre la población mundial sobre un planeta saludable; garantizar condiciones económicas estables y seguridades de toda índole…
Si no se produce un cambio de tendencia con medidas estructurales que impliquen a los poderes públicos nacionales e internacionales, al sector productivo, a las familias y a los diversos sectores sociales… nuestra continuidad como Humanidad estará comprometida.
