“El término dualidad supone la existencia de dos fenómenos o caracteres diferentes en una misma persona o en un mismo estado de cosas. En el ámbito de la filosofía y la teología, se conoce como dualismo a la doctrina que postula la existencia de dos principios supremos independientes, antagónicos e irreductibles”. La dualidad existe en todos los órdenes de la vida (bien y mal, materia y espíritu, realismo e idealismo, yin y yang). Ello no significa que una parte es buena y la otra mala, no necesariamente y en todo caso siempre prima lo subjetivo, “lo bueno para ti, es malo para mí”. En el viaje del blanco al negro está toda una gama de colores tan sui géneris como el rosa coral o el morado lavanda. La realidad no es dual sino plural, siempre con dos vectores dominantes en cuyo entorno emergen los demás. En política la dualidad abunda y no sólo la de izquierda-derecha.

Es una lógica tensión permanente en todos los grupos, que finaliza en confrontación, cuestión de tiempo y relación de fuerzas. Detrás no hay mucha ideología, más una concepción de la organización que confronta estrategias de poder. Ahora bien, el poder no se construye de forma neutra siempre hay una orientación e intencionalidad determinada.

La pregunta es si la dualidad y la pluralidad son fenómenos positivos.

La respuesta es afirmativa; todo fenómeno es plural, con visiones y soluciones diferentes que se presentan como alternativas unas de otras. Esa dialéctica es enriquecedora y cuando la mediocridad es una cultura extendida, cruzar opiniones y pareceres, ofrecer modelos diferentes, es aire fresco para una sociedad que tiene una cierta tendencia a adormecerse y convertirse en auto complaciente con lo que pasa y después no hacer nada, llevándose las manos a la cabeza. Lo importante es que una vez confrontadas las opciones, previamente explicadas con claridad y transparencia de intenciones, la cuestión se resuelva votando.

El gran valor de los procesos democráticos es que finalmente las controversias se resuelvan con la única fuerza de los votos. Sin embargo, en el decir mediático la discrepancia es bronca y desunión, la existencia de más de un candidato es visto como un paso hacia la ruptura. La unicidad parece más que lo bueno lo conveniente. Esta visión no deja de ser un ramalazo de un tardo franquismo no superado.

En nuestro ADN colectivo hay una fuerza interior que nos puede: “si se es de uno el otro es alguien a machacar”, da igual que se hable de política, fútbol, cine, e incluso de toreo cuando estaba en boga. Somos incapaces, como decía Machado, de encontrar en nuestro contradictorio nuestro complementario, y así nos va. No reparamos que la unicidad es pobreza.  Pensar que la victoria da un derecho, no escrito, a laminar al adversario es carencia de cultura cívico democrática.

En las próximas fechas podrá comprobarse que esto que digo no es “politiquense” (lenguaje que utiliza la mayoría de los políticos sin significado real) es algo cargado de realidad y la prueba del “9” de muchos.

Rajoy va a ser elegido por aclamación, por unos compromisarios que no se sabe a quién y a cuantos representan. Es el la unicidad como modelo y proyecto.  Una organización sin dualidad pues es un fin en sí misma. El relevo y la oposición interna es regulada por el “caudillo”, es una única y mediatizada concepción del poder. Es el modelo, lo ha sido a lo largo de su historia. Relevo de personas o cambio de estrategia siempre responde a cuestiones meramente tácticas; la discrepancia es sinónimo de disidencia y excluida; lo monolítico es la opción. Es una línea de pensamiento coherente.

Al otro lado, Podemos sufriendo un proceso lógico, aunque prematuro de dirimir su dualidad existencial. Ello lleva aparejado el liderazgo y las formas de concebir el poder interno y su ejercicio. Aunque piensen otra cosa, lo determinante no será quién gana, sino como ajustan las cuentas tras el cónclave. Nada parece aventurar que al final del proceso se produzca un sumatorio. Esta nueva izquierda asumirá post-voto la cultura de la incontrovertida unicidad “a cuchillo”, una política anquilosada y nada coherente con el progresismo.

En esto el PSOE puede tener de nuevo una oportunidad para el rencuentro con la sociedad sacando provecho de su dualidad o pluralidad. Cuantas más opciones, más enriquecimiento democrático, y fortaleciendo de una organización política esencial en los tiempos que corren. Ahora bien, esa oportunidad vuelve a no estar en el libro gordo de las ponencias partidarias, ni en que lo hagan 5 o 500, ni en que sean “Premios Nobel” o “estudiantes que aún no han terminado la carrera”. El quid es la coherencia de discurso con actitudes, no una carrera hacia adelante de medidas, consensuadas o no, que parchean una realidad institucional muy deteriorada. Es liderar un proceso de reencuentro con la sociedad española, el interno va de suyo. Asumir representar a la mayoría (“We are the 99%”) que día a día va viendo mermado sus posibilidades vitales. A quien personalice ese liderazgo y a su equipo esto le obliga a enriquecer sus capacidades discursivas, dejando atrás el “yo” y el “mío” para reforzar el “nosotros y nuestro” y también saliendo de un exacerbado institucionalismo, pues ya se sabe, que lo poco gusta pero lo mucho cansa.