Hace un mes viví un suceso de tal falta de humanidad que me ha hecho reflexionar sobre la coyuntura en la que nos encontramos y el futuro al que, previsiblemente, nos enfrentamos. Un familiar muy cercano, de una edad muy avanzada, sufrió un grave accidente casero con un golpe cráneo encefálico que le pudo costar la vida.
La solidaridad de los vecinos fue inmediata y fue auxiliada con diligencia, antes de mi llegada a los 10 minutos. De inmediato nos dirigimos a coger un taxi en la puerta de su domicilio. Un señor de mediana edad y con buen aspecto se personó de inmediato, pensando, ¡ingenuos nosotros! que nos ayudaría, ante la emergencia que allí se presentaba, abriendo la puerta a la herida. El susodicho se subió en el coche y, ante nuestro asombro, siguió su camino acomodado en la parte posterior del taxi.
Como dice el dicho popular, “una golondrina no hace verano”, pero contemplo con malestar como los valores de humanidad, principales logros tras siglos y siglos de civilización, por los que tantos y tantos perdieron sus vidas, están sufriendo retrocesos miremos dónde miremos: el valor de la dignidad humana, de la justicia, de la libertad o de la igualdad… Todos y cada uno de ellos definen nuestra esencia moral y orientan, como dirían los filósofos clásicos, una vida virtuosa, además de permitirnos coronar pedacitos de armonía/felicidad (eudaimonía) y posibilitar una convivencia pacífica basada en el respeto hacia el otro/a.
Estimo que el “sentido de humanidad” se encuentra inmerso en una crisis profunda, pues asistimos a una pérdida de empatía que afecta a las relaciones interpersonales y a la visión del mundo. La empatía (compasión) ha sido una variable indispensable para nuestra supervivencia como especie biológica, teniendo en cuenta que frente a otros animales teníamos grandes limitaciones físicas, y también clave a efectos de cohesión social a lo largo de la historia de la humanidad. La bioarqueología y, por ende, la sociología ha demostrado que la sociabilidad, particularmente su dimensión cooperativa (además de la cultura), permitieron que siglos después aquí estemos discurriendo sobre temas sesudos. Jeremy Rifkin sostiene que la historia humana puede definirse en términos de una “civilización empática” que ha superado las circunstancias más conflictivas. Quizá el hito más relevante fue la Declaración de los Derechos Humanos del año 1948, primer intento de crear una empatía jurídica global, al reconocer la dignidad de todo ser humano.
Más como decía, juzgo sucumbimos a una crisis de humanidad, en un contexto en donde los algoritmos se están convirtiendo, a pasos agigantados, en amos y señores de nuestro día a día (sin que con ello piensen ustedes que sea una ludita de la modernidad hiper-tardía). Compartirán conmigo que bienvenidos sean todos los avances tecnológicos, pues están permitiendo dar solución a problemas de extraordinaria complejidad a la velocidad de la luz (incluso matemáticos, hasta ahora inconclusos, no sin polémica), pero no nos dejemos deslumbrar por sus logros. Cuando pienso en este nuevo mundo en el que prácticamente a diario nos comunicamos con máquinas a la hora de acometer gestiones diversas, nuestra paciencia, definida por la RAE como la “capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse” se pone en juego. Pues comunicarnos con interlocutores de voz metálica y con los que no cabe interpelación es una novedad a la que tendremos que acostumbrarnos e integrar en la cotidianeidad, de hecho algunos de nuestros asistentes virtuales se presentan con nombres como Juan o Ascensión. ¡Curiosidades de nuestro tiempo!
Junto a ello, en mundos paralelos paradójicos, acometemos relevantes retos existenciales como la cada vez más acusada desigualdad social, pobreza severa o hambre en las zonas geográficas menos desarrolladas, o en las más avanzadas problemáticas como la soledad crónica (en una realidad hiperconectada), la polarización social o la crisis climática (en todo el planeta), que exigen una cooperación civilizatoria que permita salir de esta dinámica inhumana e irracional del “sálvese quien pueda”.
Mientras escribo estas líneas tengo en mi mente la imagen y miradas de millones de hombres, mujeres y niños que sufren por las guerras, la violencia y el afán de lucro de los más poderosos, quienes instalados en sus atalayas se dejan ver en eventos internacionales de alcurnia, ataviados con los ropajes más psicodélicos, mirando con distanciamiento lo que sucede a su derredor. Y también reconozco a los seres humanos de bien que, desde el barro, luchan por un mundo más justo y han conseguido inmensos avances civilizatorios.
D Francisco de Quevedo decía en un afamado poema:
“Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo.
Que pues doblón o sencillo
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero es don Dinero”.
Y me pregunto, ¿poderoso caballero es don Dinero? o ¿es Don Dinero el más poderoso caballero? muy avanzada ya la tercera década del siglo XXI
En fin…, recuperemos nuestra esencia y ajustémonos al imperativo ético de no ser indiferentes al sufrimiento ajeno. De no hacerlo malamente iremos como civilización (como dirían los castizos), y no lo dice la profesora de Sociología que escribe estas líneas, lo sostienen sabios y personalidades que no ven otra solución.
