El resultado de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas ha sido finalmente el que se esperaba: un triunfo importante del Presidente Macron, que ha obtenido 18.779.641 votos (58’54 %), y la candidata del Rassemblement National, Marine Le Pen, ha conseguido 13.297.760 votos (41’46 %). Es cierto que ha habido una participaciĂłn importante del 71’99 % de los electores, pero 2.228.044 votantes (6’35 %) han votado en blanco, que es una cifra elevada en cualquier democracia asentada. Estos resultados invitan a reflexionar sobre varias cuestiones, cuestiones que no se agotarán hoy por la importancia que tienen para entender el futuro de la democracia en Europa. Por ello vamos a examinar: 1) el retorno a la personalizaciĂłn de la polĂtica en Francia; 2) el voto que podrĂamos llamar trapecista; 3) las causas sociales del nuevo tipo de comportamiento electoral; 4) el hundimiento de los partidos que, tras la salida del General De Gaulle de la Presidencia, habĂan sido los pilares de la Quinta RepĂşblica; y 5) más particularmente, el hundimiento del Partido Socialista y el futuro de la izquierda democrática.
Empecemos por el retorno a la personalizaciĂłn de la polĂtica en Francia. Probablemente no sea el fenĂłmeno más preocupante de los que han aflorado en las elecciones presidenciales, pero merece la pena comentarse por su incidencia en el futuro. La Quinta RepĂşblica naciĂł como un rĂ©gimen polĂtico fuertemente personalizado en torno al General De Gaulle, que ya intentĂł configurar asĂ la Cuarta RepĂşblica y, al no conseguirlo, abandonĂł la polĂtica por la que parecĂa interesado al culminar la LiberaciĂłn y que habĂa avanzado en los discursos de Bayeux en 1944 y 1946. Con apoyo del jurista Michel DebrĂ© (luego Primer Ministro), De Gaulle organizĂł un modelo constitucional que ya no era parlamentario, sino que respondĂa a la nueva expresiĂłn de “rĂ©gimen semiparlamentario”, donde tanto el Gobierno como el Parlamento estaban subordinados al Presidente de la RepĂşblica que, además, pasĂł a ser elegido por sufragio universal en la reforma constitucional de 1962 (sobre este modelo, Maurice Duverger: Francia: Parlamento o Presidencia, Madrid, 1963; y La MonarquĂa republicana, Barcelona, 1974). SĂłlo se modulĂł esta personalizaciĂłn del poder cuando, por vez primera desde 1958, en 1986 la mayorĂa parlamentaria (derecha) no coincidiĂł con la orientaciĂłn polĂtica del Presidente (izquierda, Mitterrand). Con la llamada “cohabitaciĂłn” de 1986 (no serĂa la Ăşltima), el sistema polĂtico francĂ©s se desprendiĂł un tanto del presidencialismo y se aproximĂł al parlamentarismo. Pero, aun asĂ, Francia tiene un parlamentarismo dĂ©bil que sĂłlo se atenuaba con un sistema sĂłlido de partidos, con un cleavage derecha/izquierda que ofrecĂa claridad ideolĂłgica.
Con la elecciĂłn de Macron, un polĂtico sin partido, la personalizaciĂłn del poder en Francia volviĂł a aparecer con fuerza y su reelecciĂłn consolida la impresiĂłn de que la polĂtica francesa es una polĂtica donde predomina más el factor personal que el factor institucional. Y esa personalizaciĂłn debilita la democracia, porque aleja el juego polĂtico de las opciones ideolĂłgicas que son el fundamento de la democracia. Habrá que estar atentos en el futuro, porque dentro de cinco años Macron no podrá presentarse a una nueva reelecciĂłn.
En segundo lugar, conviene reflexionar sobre lo que podrĂamos llamar voto trapecista. Se puede llamar voto trapecista a aquel comportamiento electoral que, como en las maniobras de los trapecistas, pasa de un extremo al otro extremo. El candidato MĂ©lenchon, “La France insoumise”, obtuvo casi ocho millones de votos (un importante 21’95 %) y un porcentaje relevante de este voto ha acabado en Rassemblement National. ÂżCĂłmo se explica este trasvase de la extrema izquierda a la extrema derecha? Además de causas sociales que veremos más abajo, no es usual en el comportamiento electoral este tipo de trasvases, que normalmente se mueven dentro de ámbitos polĂticos prĂłximos. Antes que nada es claro que falta pedagogĂa republicana, falta el conocimiento de que el voto a Rassemblement National es un voto que pone en peligro la democracia y, en definitiva, las futuras votaciones. Mucho votante de extrema izquierda se mueve por el deseo de protesta y antepone el voto antisistema de izquierda al voto racional que advierte de los peligros de la extrema derecha. Y no es un fenĂłmeno exclusivamente francĂ©s, porque tenemos el creciente voto de Vox en España y las mayorĂas de Urban en HungrĂa. Se está produciendo, probablemente por razones socioeconĂłmicas, un alejamiento de la democracia por parte de muchos electores de las clases populares, los asalariados de más bajo nivel econĂłmico y por pensionistas de igualmente bajo nivel, a quienes la democracia no ofrece alternativas de bienestar. Y por no ofrecerles, la democracia ni siquiera les ofrece la visiĂłn polĂtica para entender el peligro de la extrema derecha populista.
En tercer lugar, debemos pensar en las causas sociales del nuevo tipo de comportamiento electoral. Los corresponsales de El PaĂs han aportado muy buena informaciĂłn sobre la situaciĂłn social y econĂłmica de la Francia provinciana. AhĂ descubrimos pensiones de jubilaciĂłn de menos de mil euros y salarios de poco más de mil euros. Y eso con el nivel de vida francĂ©s. Todo hace pensar que el Estado del Bienestar está fallando en Francia, que hay franjas muy extensas de la sociedad francesa que viven mal, cerca de la miseria y la RepĂşblica francesa no ha sido capaz de ofrecer una alternativa de bienestar y de dignidad. Por eso el importante voto de “La France insoumise”, que, ahora, falto de formaciĂłn y de esperanza, se ha desplazado en parte al Rassemblement National.
A partir de los años ochenta del siglo pasado vimos como la derecha desmantelaba el Estado del Bienestar y la izquierda en algunos paĂses no reaccionĂł ofreciendo un retorno al Estado Social. Ahora se está pagando esa pasividad (vĂ©ase Javier GarcĂa Fernández: “Y la izquierda se olvidĂł de la lucha de clases…”, Temas para el debate, nĂşm. 234, mayo 2014, págs. 19-20). Por eso ciertas capas populares, menos ideologizadas, con menor formaciĂłn polĂtica, no logran ver la diferencia entre la extrema derecha y la extrema izquierda. Y a eso hay que añadir el dato coyuntural, pero importante, de que la alternativa a Le Pen no era un candidato de izquierdas, sino un candidato neoliberal, ideolĂłgicamente oportunista, que no tenĂa ningĂşn atractivo para el elector de rentas bajas. Eso explica el elevado voto en blanco, que es un voto de izquierda, de protesta, y que mostrarĂa un cierto nivel de politizaciĂłn aunque jugara con fuego. Como ha dicho Le Monde, es el voto de “cette France de la colère”.
En cuarto lugar hay que señalar el hundimiento de los partidos que, tras la salida del General De Gaulle de la Presidencia, habĂan sido los pilares de la Quinta RepĂşblica, Les RĂ©publicains (antigua UDR y UNR) y el Partido Socialista. Llama la atenciĂłn que el partido de De Gaulle y de Chirac tenga un porcentaje tan mĂnimo de voto y que su electorado haya sido fagocitado por Macron. La derecha francesa era una derecha sĂłlida, democrática, laica y muy europeĂsta y sus banderas se las ha robado un polĂtico sin convicciones que busca el poder por el poder. El tema no es baladĂ, porque cuando se hace polĂtica sin convicciones ideolĂłgicas no se satisfacen a la larga los intereses estratĂ©gicos de los distintos sujetos sociales (asalariados, empresarios, clases medias, agricultores, jĂłvenes, etc.). La derecha francesa organizada despuĂ©s de Chirac cayĂł en manos de otro aventurero, Sarkozy, y la clase dirigente francesa no fue capaz de imponer candidatos sĂłlidos que, al menos, tuvieran una visiĂłn estratĂ©gica de sus intereses como clase.
En quinto lugar, por Ăşltimo, algo parecido podemos decir del gran fracaso de la izquierda democrática francesa, el Partido Socialista. Como se ha recordado recientemente, la decisiĂłn de abrir las primarias presidenciales a todos los electores (militantes y no militantes) llevĂł a la elecciĂłn presidencial de una persona sin fuerza suficiente, Hollande, que tampoco supo desplegar una polĂtica progresista que favoreciera a las clases populares y a las clases medias. Los cambios polĂticos y, en menor medida, socioeconĂłmicos que supuso la primera Presidencia de Mitterrand se han olvidado y sus sucesores en la Presidencia de la RepĂşblica y en el Gobierno no han sido capaces de ofrecer un programa de reformas que reflotara el Estado Social y que impidiera la persistencia de pensiones inferiores a mil euros y salarios que rebasan por muy poco esos mil euros. Es difĂcil, pero no imposible, que el Partido Socialista vuelva a refundarse como hubo que refundarlo despuĂ©s del hundimiento de Le SFIO, pero si no se intenta, Francia va a ser un paĂs a la deriva, en manos de aventureros y populistas.
