En cierta ocasión oí decir a Francisco Fernandez Ordoñez que los españoles tienen una extraña tendencia a llegar al borde del precipicio y, antes de caer al abismo, recular para evitar la tragedia. Espero que esa máxima, que no sé de dónde le venía, se cumpla en el caso catalán. No caeremos, confío, pero hemos hecho una demostración de patetismo grandiosa. Tomar conciencia de ello no sirve de nada, salvo que sirva para sanar lo enfermo y reconstruir lo destruido. Y ello llevará mucho tiempo.

Es difícil entender que, atisbando en el horizonte un tifón, te encamines hacia él con paso calmo mascullando: “cuando este encima ya veré”. Más inentendible es transitar por un camino pedregoso e inhóspito a lomos de un burro y pasar, en unas décadas, a circular en un coche de gran potencia por una autopista y querer volver al burro y al camino, arrastrando a toda una sociedad y además sin contar con el consentimiento de más de la mitad de ella.

Todo ello sin pensar en la peor de las consecuencias posibles de este desmán, que se pueda llevar por delante la vida de algún ciudadano. No vale con el deseo de que esto no pase; hay que poner los medios para ello, que es tanto como declinar de la insensatez de unos dirigentes políticos poniendo fin a las ilegalidades y recuperando la lealtad constitucional, que es el marco que les otorga la potestad que les ha legitimado, para ocupar los puestos institucionales que les han permitido, hasta ahora, ejercer sus funciones públicas. Por ello, cualquier consecuencia que se derive, agravara su responsabilidad ante la ley y ante la historia.

La independencia ahora no toca. Tal vez en otro tiempo histórico futuro. Entonces Cataluña se llame el “Principat de Poniente” y el mundo sea otra vez de micro territorios y la globalidad que apareja la necesidad de grandes espacios políticos haya desaparecido, pero eso será en otra configuración del mundo, no es la actual. En todo caso, no se puede tensionar todo un país por la falta de una suerte de transferencias, ni siquiera por un pacto fiscal que les equipare al País Vasco y a Navarra, sabedores que la independencia es imposible.

La memoria histórica no es sólo para rememorar los muertos de nuestro pasado, ha de valernos también para recordar lo que nuestro pasado fue, lo que no pudo ser por la exclusión de la diferencia y lo que ahora, con sus luces y sus sombras, es.

El derecho a decidir puede tener su base de legitimidad, pero sólo dentro de lo fijado por la Constitución, el Estatuto, las leyes orgánicas y la jurisprudencia constitucional que conforman el “bloque de constitucionalidad”. Esa es la vía legal y la garantía de validez de lo que el futuro depare. A partir de ahí se podrá abrir una mesa para encontrar una salida con solo dos condiciones irrenunciables: Una, dejar las calles libres y pacificas para la vida ciudadana; los escolares en sus clases, los universitarios en sus aulas y los funcionarios en sus puestos de trabajo. Dos, el respeto a la legalidad constitucional, las resoluciones de los tribunales y la voluntad de buscar un acuerdo.

Así y sólo así, llegará un momento en que españoles y catalanes podrán ejercer su derecho a decidir sobre aquello que sus representantes políticos de común acuerdo, que han de esforzarse y ser generosos, sometan a decisión de la ciudadanía. Ello permitirá que mientras tanto los diferentes gestores públicos puedan también dedicarse a lo ciudadano y no sólo a lo político de las pensiones, empleo, sanidad, educación, medioambiente… y todo un largo etcétera que exige profundas reformas para adaptarse a un nuevo tiempo que, por cada problema que soluciona, abre dieciocho nuevos.

No tirarse al abismo no es quedarse en el borde esperando a que a uno le den ganas de nuevo de hacerlo y a otros de empujarle. Es en primer lugar dejar de angustiar y agotar a los ciudadanos en procesos que se van interiorizando en los individuos hasta generar animadversiones y fobias que han llegado a calar en el seno de las familias enemistándolas  y a romper amistades de toda la vida. Como dijo Julián Besteiro en otros tiempos complejos hay que respetar “a la masa en sus errores, pero no estimularlos”. Se ha conseguido aflorar el más rancio y patético patriotismo en unos y otros que prescinden de las personas en favor de los trozos de tela pintados.

Ahora bien, si la política y sus entornos nos han llevado a este punto a ella le corresponde liderar cómo lo superamos y a los entornos (mediáticos, empresariales, intelectuales…) colaborar en positivo para que ello se posibilite.

Recetario de urgencia para el post 1 de octubre.

El nacionalismo no tiene que convertir su derrota legal en victoria callejera. Incitar a la ciudadanía a convertirse en muchedumbre si es un ataque a la democracia. Jugar la carta de la frustración es cruel.

Los líderes del “proces deben abandonar el castillo y someterse al dictado de las urnas para que los ciudadanos de Cataluña designen quienes serán sus interlocutores en el reiterado dialogo. Sean quienes sean los vencedores deberán contar con el resto de representantes en el Parlament.

El Gobierno de la Nación debe intentar, por su parte, que la situación vuelva a la normalidad lo antes posible. Retirada de los mecanismos de control puestos en marcha y poner sobre la mesa su hoja de ruta, para que el dialogo se inicie, una vez se celebren las elecciones en Cataluña, sea quien sea el vencedor.

El Parlamento debe urgirse en que comiencen los trabajos de la Comisión Parlamentaria creada, arropada por los mejores expertos que no vayan a defender tesis de partido. Asimismo, el Congreso ha de convertirse en garante del proceso, sin entrar igualmente en planteamientos partidistas y menos buscar rentabilidad electoral cortoplacista. Es esencial que uno de los temas prioritarios de esa comisión sea la reforma en profundidad del Senado para darle sentido, modificando su composición y competencias. Ello llevará su tiempo y no puede saldarse, como otras veces, con reformas reglamentarias. La reforma constitucional ahora solo puede contemplarse como un horizonte lejano, pero la voluntad política de resolver el problema puede hacer que el tiempo se acorte.

Las Comunidades Autónomas, el resto de las CCAA, las históricas, las asimiladas, las que vieron modificadas sus competencias por la correspondiente reforma estatutaria para equipararse y dar una conformación federalizante al Estado, sus Parlamentos y Gobiernos deben de hacer un solidario ejercicio de lealtad constitucional por su propio interés y por el interés general, ni poniendo palos en las ruedas ni haciendo uso de la estrategia de “a río revuelto…”. Ellas son parte inexcusable del resultado final.

Los partidos políticos, todos, aparte de abandonar estrategias electoralistas que se terminarán viendo en su lado más oscuro, han de poner su mayor capacidad y voluntad en encontrar soluciones posibles y no pretender ver colmadas sus expectativas programáticas e ideológicas. La reforma, del ahora denostado por algunos, “régimen del 78”, solo podrá renovarse con un pacto político y territorial de futuro duradero y para ello, les guste algunos o no, recuperar el consenso que se produjo en aquel tiempo. Deben ser conscientes que tienen que renovar su acerbo ideológico y propositivo. Estamos en un nuevo tiempo con múltiples amenazas que están en la calle, pero que no puede defenderse desde ella. Los viejos textos políticos nacionalistas, liberales, conservadores, socialistas, comunistas son parte de la historia y hay que conocerlos, pero ya no son guía de nada.

Los medios de comunicación deben dejar de ser instrumentos mediatizadores y en algunos casos manipuladores de la compleja realidad, abandonar la inmediatez como principio básico y la espectacularidad de la noticia y propiciar el contraste libre y enriquecedor de la polémica. Cumpliendo el papel informador y pedagógico que hasta ahora les ha faltado en la cuestión.

Los empresarios y las organizaciones sociales tienen que dejar de ser espectadores de lo que pasa, para ser protagonistas leales y constructivos, señalando a los dirigentes políticos, cuales son las partidas en las que nos jugamos el futuro para que el sistema socioeconómico siga progresando.

La sociedad civil, la catalana y la española en su conjunto, desde la universidad, los lugares de pensamiento y reflexión, con su palabra dicha y escrita han de abandonar la comodidad de la crítica pasiva, del silencio preocupado para avivar y enriquecer el debate público con firmeza y sin miedos.

Y la otra sociedad civil, la de los ciudadanos de infantería, tienen también una importantísima labor, que es no dejarse convencer por cielos inexistentes y sobretodo conducir con su voto el descriterio a la sensatez.

En todo caso, hasta el día 1 y subsiguientes, el que este escenario descrito pueda ser posible depende de un ciudadano.