Si hubiera que definir la manifestación celebrada en Madrid el domingo el 10 de febrero por unas pocas palabras sería “extrema derecha”. Ésta, organizada en torno a un partido extraparlamentario como Vox, ha sido la protagonista de la jornada. Protagonista la extrema derecha, en primer lugar, por el tono ultranacionalista de la concentración y del manifiesto, que no deja resquicios a la España constitucional. Protagonista la extrema derecha, en segundo lugar, porque sin tener otra representación que la del Parlamento andaluz, Vox ha actuado en pie de igualdad con el Partido Popular y con Ciudadanos. Y, en fin, protagonista la extrema derecha porque la conexión entre los medios (la manifestación) y los fines (convocatoria de elecciones) supone un desprecio a la democracia representativa, de la misma manera que en Cataluña las manifestaciones masivas de 11 de septiembre pretendían representar a todos los catalanes. Choca también con la ética democrática el contenido del manifiesto que no se atrevieron a leer los dirigentes de la derecha y que es una concatenación de mentiras y de falacias. Por cierto, que llama la atención en que esa masa orientada hacia la extrema derecha apareciera el ex –Ministro socialista Corcuera, cubierto además por la bandera nacional.

El punto de partida, no se debe olvidar, es cómo fue desalojado el Partido Popular del Gobierno. Como ocurrió en 2004, el Partido Popular considera que el Gobierno socialista no es legítimo porque le correspondía a la derecha seguir gobernado por derecho natural. Y con dicho punto de partida toda actuación del Gobierno socialista no sólo es criticable, sino que se acumula en el “debe” del Presidente que ha de conducir a su inmediata revocación. Y como el Partido Popular no tiene votos suficientes para una moción de censura (Pedro Sánchez sí los tuvo) se centran en dos cuestiones que creen que puede debilitar al Gobierno, la protesta en la calle (como en 2006-2008) y la exigencia violenta de disolución de las Cortes. El pretexto es indiferente, entregarse a los secesionistas o no enfrentarse a ellos. Sólo cuenta el pretexto para protestar.

Lo que ocurre es que, a diferencia de 2006-2008, el Partido Popular ha sido desbordado por Vox y, en menor medida, por Ciudadanos. Y el partido de Casado tiene que correr tras la liebre, como en las barracas de feria. Pero la liebre lleva al fascismo.

Por eso tanto el próximo triple panorama electoral de mayo como, eventualmente, el parlamentario cuando el Presidente decide celebrar las elecciones, adopta una complejidad que nunca había conocid0o la política española desde 1977. Porque por vez primera la derecha renuncia al centro y se inclina hacia la extrema derecha. No hay un ejemplo similar en Europa, una derecha situada en el centro que renuncia a éste y se sitúa en el arco extremo de la política. Con la peculiaridad de que un partido fascista extraparlamentario (Vox) ha marcado la agenda de dos partidos que se decían de centro (Partido Popular y Ciudadanos), los ha llevado a su terreno y todos de consuno han abrazado un ideario extremista y poco democrático.

Las consecuencias de este giro hacia el fascismo del centro derecha son de tres tipos. En primer lugar, dejan el centro para el PSOE. Con un Podemos debilitado por la acumulación de errores de sus dirigentes, el papel de la socialdemocracia se hace muy complejo, pues no puede perder muchos votos por la izquierda que pueden ir a la abstención cuando no a la extrema derecha. En segundo lugar, sitúa el debate electoral en un cleavage democracia/autoritarismo nacionalista: quien votó a los partidos de derecha estará votando un modelo político regresivo, destructivo de las libertades y derechos que hemos ganado desde 1978. Y en tercer lugar, al participar Ciudadanos en esta operación de derechización, quiebra el frágil equilibrio de partidos de Cataluña porque muchos votantes de centro catalanes tendrán que dirigir sus preferencias a otros partidos, españolistas pero no fascistas.

No deberíamos estar tranquilos ante la carrera ultraderechista de los partidos conservadores españoles. ¿Cuántos monárquicos liberales, figuras ilustradas y progresistas, se asustaron en la Segunda República y apoyaron el golpe de Estado y la dictadura? ¿Cuántos alemanes, encantadores ciudadanos, votaron a Hitler? Cuando el fascismo sale al ruedo, o se le combate o se le deja dueño de la plaza. Si se llegara a formar un Gobierno nacional con las tres derechas, todos los españoles lo sufriríamos, igual que lo sufren los ciudadanos polacos y húngaros. Es un tópico hablar de la fragilidad de las democracias, pero la manifestación del 10 de febrero constituye una llamada de atención que nadie debe desconocer. Tenemos otra vez el fascismo en casa…Y apoyado por quienes quizá nunca renegaron de él.