Para la Organización de la Salud, la malnutrición incluye desde la desnutrición (emaciación (delgadez extrema), retraso del crecimiento y bajo peso para la edad o la estatura (peso inferior a 2500 gramos en recién nacidos), desequilibrios de vitaminas o minerales, sobrepeso, obesidad, y enfermedades derivadas de una alimentación escasa o inadecuada.
Nos vamos a centrar, en primera instancia, en las que afectan especialmente a los niños/as que viven en las zonas geográficas más empobrecidas del mundo, que no pueden realizar una ingesta adecuada en nutrientes básicos o que sufren patologías que les impiden una absorción adecuada de los alimentos que ingieren.
Según datos relativos al año 2022, 149 millones de niños menores de 5 años experimentaban retrasos en el crecimiento, 45 millones tenían emaciación y 37 millones sobrepeso u obesidad. Concretamente en torno a la mitad de las muertes de chiquillos/as menores de 5 años están asociadas a la desnutrición, concentrándose en los países de ingresos bajos y medianos. La pobreza es determinante a la hora de vivir bajo el yugo de la malnutrición y sus perniciosos efectos. Según informaciones de UNICEF, el bajo peso afecta al 9,2% de la población infantil y adolescente en todo el planeta, con especial incidencia en el África Subsahariana y en Asia Meridional.
La malnutrición entre los pequeños/as, avanzada la tercera década del siglo XXI, no se visualiza con exclusividad por la delgadez extrema. Por primera vez en nuestra historia, se presenta la paradoja de que mientras millones de niños/as padecen hambre y bajo peso, la obesidad entre este grupo etario es superior, globalmente, al bajo peso entre los de edad escolar y los adolescentes. En ambos casos afectan fundamentalmente a los que residen en los países menos desarrollados. Consecuentemente, malnutrición por escasez extrema de alimentación y malnutrición por exceso de consumo de alimentos inadecuados.
La obesidad en niños y adolescentes (entre los 5 y 19 años) supera ya al bajo peso (9,4% frente a 9,2%), concretándose en unos 188 millones de menores, a diferencia del sobrepeso que supera los 390 millones, distintivamente entre los adolescentes (con un aumento porcentual desde un 2% en 1990 al 8% en la actualidad). Un grave hecho social que repercute en su salud física y mental (con cuadros de depresión, baja autoestima, discriminación…) e incrementa las probabilidades de desarrollar diabetes tipo 2, problemas cardiovasculares, hipertensión arterial, alteraciones metabólicas…
La obesidad, en los países desarrollados, es un reto en materia de salud pública, concerniendo a 1 de cada 5 niños y adolescentes. En España, según el estudio Aladino, el 36% de la población estudiada, en esta investigación, tenía exceso de peso (entre sobrepeso y obesidad), con un descenso desde el año 2019 del 4,5%. Somos el sexto país con mayor exceso de peso y el séptimo en obesidad. Por sexo, el sobrepeso se presenta de igual modo entre niños y niñas, si bien la obesidad y la obesidad más extrema son más propias de varones, constatándose que es en la familias con las rentas más bajas (inferiores a los 18.000 euros ) donde mayor es su incidencia, a diferencia de las familias con ingresos más elevados (superiores a los 30.000 euros) donde el normopeso es en un 18% mayor.
Entre las razones que hay detrás de un fenómeno tan particular están los hábitos y estilos de vida en los que se desenvuelven estos infantes, pues menos de la mitad de los escolares comen fruta a diario, sólo el 23,8% verdura, si bien consumen regularmente refrescos con azúcar y alimentos ultraprocesados. Tampoco favorece que 3 de cada 10 dediquen más de 2 horas al día a las pantallas (el 41,4% de los de las familias con menos ingresos y el 22,8% entre los que viven en entornos acomodados), y que los juegos al aire libre sean cada vez menos habituales.
Con el Decenio de las Naciones Unidas de Acción sobre la Nutrición, la OMS y la FAO proponen se acometan políticas en seis ámbitos. En primer lugar, en la promoción de sistemas alimentarios sostenibles que favorezcan dietas saludables, en segundo lugar, en ofrecer protección social y una educación alimentaria para todos/as, en tercer lugar en ajustar los sistemas sanitarios (con una necesaria cobertura universal) a las demandas de nutrición, en cuarto lugar en atender a las políticas de comercio con la finalidad de que permitan mejorar la nutrición, en quinto lugar, en propiciar contextos seguros y adecuados para potenciar una alimentación sana en todos los grupos etarios y en sexto lugar en fomentar la gobernanza y rendición de cuentas en materia de alimentación.
Como vemos además de tener impactos sanitarios, también los tiene de orden económico y, específicamente coligados al extraordinario sufrimiento que ocasiona en estos pequeños y sus familias.
En definitiva, la malnutrición infantil es una infamia que exige públicas globales con urgencia para que ningún crio/a vea comprometido su día a día y su futuro. De nuevo la reflexión nos lleva a la cada vez más acusada desigualdad social en un mundo con grandes oportunidades reales de bienestar para todos/as.
