Javier Milei en Argentina pone sobre la mesa el despliegue de su catecismo ultraliberal. Una panoplia teórica que dice beber en la escuela austríaca de economía, con Misses y Hayek como sumo-sacerdotes, y que se apoya a su vez en las corrientes más radicales del neoliberalismo. Las primeras medidas anunciadas por Milei son de manual del grupo de Mont-Pèlerin (núcleo fundacional del neoliberalismo más cercano) en sus trazos más gruesos: bajadas de impuestos a los más ricos, des-regulaciones en todos los mercados, idea metafísica de la libertad individual –lo colectivo no sirve–, desmantelamiento sindical, reducción del aparato del Estado e, incluso, renuncia al sistema democrático si este supone una cortapisa para desarrollar las líneas maestras de actuación. Las dictaduras son bienvenidas. Peter Thiel, gurú tecno-oligarca, lo afirma: la democracia es prescindible.
Resulta sorprendente que soflamas caóticas tengan tanto éxito. Lo vemos en Estados Unidos, en Argentina, en Italia, incluso en Japón. Estamos ante un prontuario de actuaciones que deben aplicarse a cualquier país, al margen de sus condiciones. El péndulo del mundo ha oscilado con enorme fortaleza hacia esas opciones políticas, con propuestas económicas que se pueden promover de manera efectiva en toda su severa profundidad si se producen situaciones de desgaste democrático. En tal sentido, la reducción de las prestaciones sociales, del Estado del Bienestar, aparece como un claro objetivo que acarician naciones también europeas. La excusa: el déficit y la deuda. ¿Eliminarán ambos si se contrae la actividad económica, las ayudas, los apoyos sociales y económicos? La pregunta clave es a qué resultados conducen tales proposiciones.
Este ultraliberalismo, o anarcocapitalismo, como se ha calificado algunas veces, no es, como señalan sus defensores, un ataque frontal a un sistema económico como el capitalismo. Los eslóganes que pueden manejarse por parte de sus defensores insinúan que se trata de filosofías alternativas, tendentes a cambiar la podredumbre de un contexto democrático, liberal, progresista, que se califica como corrupto. Pero no es esto: este neoliberalismo extremo se asienta sobre el capitalismo que dice criticar, y persigue subir un escalón más, un alto escalón: ir hacia una mayor profundidad de los resortes básicos del sistema económico, haciendo más fuerte a un capitalismo cuya consolidación se edifica sobre la concentración de la riqueza, de los consorcios empresariales, del incremento de la desigualdad. Un caos que porta en su interior el autoritarismo y la dictadura, vertientes políticas que permiten ejecutar esa política económica pensada para el bienestar de las élites. Nunca para atajar los enormes problemas que provoca una economía de mercado desatada, sin el más mínimo control. Lo más curioso: esto se anuncia sin recato. Bajar el salario mínimo, reducir las ayudas sociales, bajar las pensiones, privatizar los sectores más esenciales como la sanidad y la educación, derogar avances clave para mejorar la vida de la gente. La motosierra es el estruendo; el caos es orden, diría Orwell. Esto se busca: por desgracia, se vota.
