“Anoche soñé que volvía a Manderley. Estaba ante la verja de hierro. Pero no podía entrar. Entonces, me imbuyó un poder sobrenatural, y atravesé la verja[1]…”.El memorable inicio de la película de Alfred Hitchcock parece premonitorio del tema catalán; incluso conteniendo el perverso espíritu de la fallecida Rebecca vagando por el castillo, recordando que ella (cual república catalana) es el amor perfecto y cualquier otra cosa es transitorio y pernicioso para lo idílico.

El prisma creado entre lo idílico y lo real; entre la República proclamada y el restablecimiento del orden constitucional, hace indefectiblemente que las elecciones catalanas del 21 de diciembre próximo no sean unas elecciones más. Error si se ve así. Es una oportunidad excepcional y extraordinaria para salir del laberinto creado por una huida hacia adelante de la normalidad democrática. Dicho más rotundamente, la incapacidad de la política debe resolverse por los ciudadanos con su voto. Nadie puede objetar que los problemas de la democracia se resuelvan en las urnas, con elecciones legales y libres. La impresión en este momento es que todos los actores políticos aceptan el paso por las urnas. Esperemos impere la lógica democrática hasta el final.

Evidentemente, la gran duda en el horizonte, es si el futuro resultado va a resolver o a agravar el problema. Lo bueno que tiene la democracia, de verdad, es que el resultado no se sabe hasta que no se abren las urnas y se cuentan los votos, existiendo por todos, consenso en el procedimiento y en las reglas de juego.

Las encuestas, si de un tiempo a esta parte lo sorprendente es que acierten, en este proceso electoral sería de nota si lo hicieran. Ni tendencias pueden extraerse de las mismas. La ocultación de voto, en el contexto de los acontecimientos es, lógicamente, elevada. Es impredecible lo que pueda suceder hasta el momento del voto. Las actuaciones judiciales, los comportamientos y actitudes de encantados y desencantados del “proces”, las alianzas y los revestimientos que cada cual otorgue a los comicios, pueden hacer modificar el voto significativamente. El electorado catalán se ha híper politizado en estas muchas semanas. El miedo ha entrado en el cuerpo de algunos y la emoción irracional en otros. Hay otro gran grupo que se ha ido posicionando en función de los acontecimientos y lo peor, se ha configurado una política de bloques que hace que el elector tienda a centrar su voto en aquella opción que estime que, de manera más útil, puede proteger su creencia de solución de esta gota fría.

Es un escenario incierto donde las alianzas electorales y los partidos de los dos bloques y medio han de pronunciarse esta vez, sí o sí, sobre la cuestión con propuestas concretas y constitucionales. Los electores han de tener claridad sobre cómo encauzan el futuro.

De todos los grupos en presencia y con el nuevo escenario, es singular el posicionamiento de dos grupos. Por un lado, Podemos y los ‘comuns’, liderados por Ada Colau, han de salir de su confusa ambigüedad si quieren contar para el futuro. Los de Iglesias dejan entrever una fractura que en función de los resultados puede empezar a crecer con rapidez. Los fundadores cada vez están más lejos del Conducător y los “anticapitalistas” van a jugar sus cartas a favor de la revolución pendiente con este tema. No parecen ser tiempos de terceras vías ni de intentar una regeneración del tripartito con ERC y PSC, como pretende el líder podemita, con ello vuelve a traslucir que es un personaje político con lecturas no entendidas. En el caso de Cds, Arrimadas, durante todo este conflicto, ha dejado traslucir un ansia de poder personal no a la altura del momento, auspiciada por un Rivera también derrochando personalismo, como el más entusiasta de la activación del 155 y no cansándose de decir “Cataluña necesita una presidenta”; un electoralismo muy discutible.

El resultado va más lejos que elegir una mayoría de gobierno, ni un Presidente para cuatro años que gobierne, engañándose o engañando, sobre su misión.

El Parlament que salga elegido tiene que asumir el objetivo de la elaboración de un nuevo Estatut que retome el pacto truncado en 2010; que se imbrique en un replanteamiento del modelo territorial español consagrado en una modificación constitucional. Ahora bien, lo sucedido no debe de hacernos perder de vista que esos procesos han de encadenarse con nuevo impulso en la Unión Europea, ganando en funcionalidad, fortaleciendo la unidad post Brexit y avanzando en políticas de seguridad, defensa, fiscalidad, seguridad interior,… única forma de combatir el viejo y rancio nacionalismo haciendo que el federalismo europeo sea por fin una realidad.

Pensar en un liderazgo de consenso se antoja complicado, aunque la mayoría íntimamente esté convencida de que impulsar este proceso catalán exigiría una persona de referencia: catalán evidentemente, con experiencia de gestión, que no haya estado al margen de la situación vivida, con reconocido liderazgo en España y en la Unión Europea y que no aspire a su proyección política de futuro.

Todo ello necesita una alta generosidad y altura de miras de las fuerzas políticas que quieren encontrar una solución estable y duradera a la cuestión. El nombre… elíjanlo ustedes. En todo caso, no volvamos al castillo de Manderley para contemplar sus paredes quemadas.

[1] “Anoche soñé que volvía a Manderley. Estaba ante la verja de hierro. Pero no podía entrar. Entonces, me imbuyó un poder sobrenatural, y atravesé la verja. El sendero serpenteaba y se retorcía y vi que había cambiado, la naturaleza recuperaba otra vez su lugar invadiéndolo con sus tenaces dedos. El sendero se retorcía más y más. Y al final estaba Manderley. Manderley, sigilosa. Sus muros seguían perfectos. La luz de la luna, engañosa me hizo ver luz en las ventanas. Pero una nube tapó la luna como una mano sombría. La ilusión se fue con ella. Era un caparazón abandonado sin susurros del pasado. No podemos volver a Manderley. Pero yo vuelvo en sueños… a los extraños días, que empezaron en el sur de Francia”.