La utilización del concepto de procés por los secesionistas catalanes no ha sido casual, ni resultado de una improvisación, sino que ha obedecido a una apuesta estratégica de fondo que viene de largo.

Después de la intentona secesionista de 1934, que abortó a cañonazos el General Batet, siguiendo las órdenes del Presidente del Gobierno de la República, y de la dura represión sufrida durante la larga Dictadura Franquista, los nacionalistas catalanes al final se encontraron ante una nueva tesitura sociológica, económica y política que exigió un esfuerzo importante de adaptación e innovación. La cuestión era que, en el último tramo de la dictadura franquista la sociedad catalana experimentó cambios sociológicos sustanciales, con un desarrollo económico importante y una llegada masiva de emigrantes de otras regiones españolas, que se asentaron principalmente en el cinturón metropolitano de Barcelona. Es decir, a la par que producía una cierta hegemonía competitiva de Barcelona y su entorno, como apreciable polo económico de referencia en el conjunto de la sociedad española, Cataluña se hacía más compleja, más plural e incluso híbrida desde un punto de vista de las identidades, la lengua, la cultura, etc.

A su vez, en aquel horizonte podía verse con claridad que España estaba abocada a incorporarse a la Unión Europea, con todas sus exigencias de convergencia y adaptación económica, comercial y legal.

A partir de ese momento, en los círculos identitarios catalanes se comprendió que era necesario iniciar un proceso de “asimilación” de los “otros catalanes”, y que resultaba imprescindible reforzar los elementos que podrían permitir mantener encendido el fuego de la aspiración independentista. Por eso, se inició un procés de largo alcance, cuyas primeras etapas fijaron aspiraciones de carácter político más general e integrador (el famoso “libertad, amnistía y estatuto de autonomía”). Eslogan que fue asumido por la práctica totalidad de la oposición democrática al franquismo.

Al tiempo que se apostaba por estas reivindicaciones políticas se intentaba involucrar a diversos sectores de la sociedad catalana, y en especial de la Iglesia Católica, empezando por Montserrat, en un esfuerzo orientado a compactar elementos de identidad propios. Lo cual vino acompañado por una planificación metódica de un esfuerzo de “hacer país”, con implicación de la burguesía comercial, industrial y financiera catalana, a la que se convenció de la necesidad inexcusable de contribuir económicamente en este proceso de “hacer país”.

Por esta vía, el nacionalismo catalán, desde el último tramo del franquismo hasta los primeros años de la Transición, se sintió legitimado para recabar, con diversos procedimientos, los recursos económicos suficientes como para organizar y movilizar a la sociedad civil catalana, a través de grandes organizaciones de masas, al tiempo que se dotaba a la propia estructura de partidos catalanistas de recursos económicos suficientes como para poder competir con éxito en el mapa político y sociológico catalán.

Precisamente, a partir de ese esfuerzo, y ya en plena democracia, es plausible que, al menos inicialmente, se pasara al enfoque del 3% o 4%, como continuidad de una política de recaudación de fondos, que aquellos que la practicaban entendían que estaba legitimada en función de la superioridad de sus objetivos políticos y culturales (“hacer país”). El problema fue que la institucionalización de tal política “recaudatoria” al servicio de parte se vio inevitablemente acompañada por componentes de corrupción, intercambio de favores y enriquecimientos personales.

Lo importante es que esta manera de proceder revela una dualización de mentalidades y planteamientos políticos y morales, a través de la que se interiorizó como lo más normal la existencia de facto –o subyacente− de una especie de Estado catalán paralelo per se; que más allá de la legalidad establecida operaba en otro plano y “recaudaba” recursos extraordinarios que permitían alimentar iniciativas y organizaciones muy poderosas.

A partir de este momento y de estas circunstancias, todo control de las diversas esferas de poder por parte de los estrategas del “procés” se ha entendido como una vía para intentar superar la complejidad real de la sociedad española, generando elementos de identidad y de diferenciación acumulativos que –según se pensaba− conducirían al final del procés a la emanación sin trabas de un Estado catalán propio ampliamente respaldado, y completamente autónomo de otras ligaduras con España. En esta dirección apuntaba la política de inmersión lingüística total, los planes de estudio que tanto han influido sesgadamente en la mentalidad de la actual juventud catalana, la creación de influyentes instrumentos de comunicación propios totalmente controlados y unidireccionales, la potenciación de movimientos de la sociedad civil que estaban por encima y más allá de los partidos y las instituciones de representación (como la Asamblea Nacional Catalana y Onmiun Cultural), la implantación de una poderosa red de intercambios e influencias internacionales, etc. Y, por supuesto, todo ello acompañado de una agitación y movilización permanente en la calle que tendría que conducir inexorablemente –se pensaba− a la culminación final del procés.

Sin embargo, últimamente los estrategas del procés detectaron que se estaba produciendo acontecimientos y tendencias que de alguna manera podían acabar dificultando la expectativa de llegar a la meta prevista de una manera razonable y pacífica, a través de la simple imposición lógica y pacífica de mayorías sociales aplastantes. La primera gran inflexión fue la propia evolución de la opinión pública y del electorado, debido entre otras razones −y paradójicamente− a la buena funcionalidad de la autonomía del Govern catalán, que cada vez más residentes en Cataluña entendían que resultaba bastante satisfactoria. Máxime en el contexto de la conformación europea. Algo que, por lo demás, ha sido también uno de los nuevos datos de esta peripecia. Es decir, la existencia de la Unión Europea como entidad política y económica que imponía condicionantes de carácter general a todos los Estados y regiones que forman parte de Europa. Y muy en particular de la zona euro.

Entre las señales de alarma ante la nueva dinámica que estaba dándose se encontraban los datos sociológicos que apuntaban a una disminución de la población que apostaba a priori por la independencia y, muy en especial, los resultados de la últimas elecciones autonómicas que, pese a su presentación como un plebiscito para la independencia, se saldaron con un resultado insuficiente para los artífices del procés de solo un 47% de los votos. Lo cual se acompañaba, a su vez, por la emergencia de un partido de carácter netamente anti-independentista como era Ciudadanos. Es decir, había bastantes indicios de que la opinión pública estaba girando y que las unanimidades socio-culturales que se esperaban, y que exigía la nueva identidad, podían tender a diluirse en el nuevo contexto funcional español y europeo.

Por eso, los estrategas independentistas decidieron dar un órdago a la grande intentando hacer avanzar el procés, en unos momentos en los que se veía que los secesionistas carecían de mayorías sociales suficientes como para afrontar una apuesta de tal envergadura. Con este proceder, muy posiblemente, se albergaba la esperanza de que en las confrontaciones prácticas que seguirían a esta intentona se producirían contradicciones y acciones reactivas capaces de despertar nuevos apoyos y nuevas sintonías entre sectores de población hasta entonces pasivos. Es decir, se esperaban “contagios populares” a partir de la dinámica conflictiva de los hechos.

Lo que vino después de este cruce de circunstancias ha quedado meridianamente claro, en la medida que el procés pacífico y paulatino en el que habían pensado algunos, quedó convertido de pronto en un envite político de neto carácter aventurerista, que se ha desenvuelto a trompicones, sin contar con los apoyos suficientes y con avances tan arriesgados que, al final, ocurrió lo que ni lo secesionistas más pesimistas podían imaginar en su peor pesadilla: Es decir, que las empresas y los ahorradores sintieran pánico ante las incertidumbres que se estaban abriendo y que se produjera una huída espectacular de empresas y recursos financieros, al tiempo que se debilitaba el sector turístico y exportador de la economía catalana, e incluso el editorial. Todo lo cual amenaza de manera inmediata la posibilidad de que Barcelona, y por ende Cataluña, se conviertan en el principal puntal de la economía española, con todos los elementos de hegemonía sistémica que podrían ir asociados a ello. Ahora, en cambio, el barullo de las últimas etapas de aceleración de este procés mal diseñado y mal planteado pueden acabar conduciendo no solo a un retroceso económico, sino a una auténtica ruina a corto plazo.

Un último hecho que los secesionistas tampoco tenían previsto en su hoja de ruta ha sido la emergencia de un importante núcleo de población movilizada que, enarbolando conjuntamente banderas catalanas y españolas, han ocupado las calles de manera reiterada y contundente, dando una fuerte réplica social a la imagen –y la realidad− de otro sector de población pro-independentista que también se ha movilizado intensamente en la calle. De forma que ahora ya no se encuentran ante una mayoría silenciosa y desmovilizada, a la que se podía “manejar” sin mayores dificultades.

Lo cual ha dado completamente al traste con las expectativas y los proyectos pacientemente seguidos por los secesionistas catalanes desde hace bastante años; de forma que ahora se encuentran empantanados, sin horizontes, sin reconocimientos en Europa ni en el mundo e inmersos en un proceso (sin cursivas) que está siendo visto con estupor y recelo prácticamente por todo el mundo, dando una sensación horrible de ridículo y de amateurismo.

En definitiva, el final del procés ha acabado en un fiasco, y en el mejor de los casos en una situación de tablas, que obligará a los catalanistas más inteligentes y razonables a intentar reiniciar la partida, o a pensar en nuevos escenarios y partidas más viables e integradoras en el nuevo horizonte europeo. Horizonte que es el que verdaderamente va a determinar el futuro de las posibilidades de Cataluña, como se ha visto con claridad en la fuga masiva y precipitada de cerca de 2.000 empresas que hasta ahora habían estado radicadas en Cataluña.

En definitiva, lo que es preciso comprender es que fuera de España y, por lo tanto, de Europa no hay futuro posible. Si los secesionistas entienden esto y se avienen a negociar y a pactar dentro de los límites de lo posible, Cataluña y los catalanes tendrán un futuro próspero por delante. En caso contrario, el porvenir quedará bastante cegado.