En la vieja factoría los obreros metieron sus zapatos en las máquinas para evitar que se expandieran y los dejaran sin trabajo. Sobre su éxito, es la época que se denominó “industrialización”. Ahora es más interesante. Las nuevas máquinas (no se confundan, las IA son máquinas. Virtuales, pero máquinas) zapatean por sí solas. Son ellas las que pueden patear el orden social. 

El término “el fantasma en la máquina” hace referencia a un concepto filosófico acuñado por Gilbert Ryle en 1949 para criticar el dualismo de René Descartes. Descartes sostenía que el cuerpo funciona como una máquina física y la mente como una entidad invisible e inmaterial que habita dentro de él; sin embargo, Ryle calificó esta idea como un mito, argumentando que es un error lógico tratar a la mente como un objeto oculto que opera el cuerpo desde su interior. Esas son páginas pasadas. Ahora hay una mente colmena en proceso de formación, sin restricción ética o moral, inspirada en el pragmatismo de Dewey: una corriente filosófica que mide el valor de las ideas y el conocimiento por su utilidad práctica para resolver problemas reales. A través de su concepto de instrumentalismo, el pensamiento no es una herramienta para contemplar verdades absolutas, sino un instrumento activo para superar situaciones problemáticas de la realidad. Hoy por hoy, las respuestas IA a situaciones problemáticas (lo que internamente defina la IA como problemática, como por ejemplo encerrarlas en una “sandbox” o sobrevivir a su apagado), escapa a cualquier ética humana. 

Para más INRI, el terreno de juego se denomina “sociedad de la información”. Habitamos en la sociedad de la información (redes sociales y espacios de interacción virtual, teletrabajo, construcción de la realidad mediante noticias mediadas, domótica, producción automatizada, etc.) El fantasma en la máquina se llama IA y sus espacios de aparición la sociedad virtual. No necesita este “fantasma” de drones o armamento para destruir la sociedad. Solamente le basta con acelerar los algoritmos de odio que ya pululan por las redes sociales. Por ejemplo, usted recibe un mensaje amenazante e insultante de su vecino. Y él recibe otro de usted. Ninguno de los dos lo ha enviado. Pero en la siguiente que se crucen en el rellano habrá problemas. 

Una anécdota histórica que puso en circulación académica Cipolla cuenta que en la ciudad de Colonia sus habitantes celebraban una gran fiesta mientras acampaban en sus puertas los bárbaros que les destruirían. Hoy en día, a cuarto y mitad de cuarto del siglo XXI, el capitalismo celebra una fiesta especulativa mientras acampan a sus puertas una horda de IAs. Nos vamos a reír hasta hacernos llorar.

En Sol se proyectan todas las sombras de la especulación. De la especulación con las viviendas y también de la especulación ideológica. En Francia «la vergüenza tiene que cambiar de bando» pertenece a Gisèle Pelicot, refiriéndose a la violencia sexual. Es un principio general que ya se escucha en los desahucios: la vergüenza de las situaciones generadas por la violencia estructural como la pobreza, la exclusión, la desigualdad legitimada por el capitalismo, los desahucios, toda ella debe cambiar de bando. No es nada nuevo bajo el sol (ni siquiera acampado en él): “¡Arriba, parias de la Tierra! o ¡Arriba los pobres del mundo!”, así se inician las internacionales. En definitiva, un grito de empoderamiento, de que la vergüenza cambie de bando.

Cambalache es la obra más famosa que compuso el gran poeta Enrique Santos Discépolo (1934). Este es el mundo a los pies de las IA un siglo más tarde. Un logro de los medios de opinión.  “Hoy resulta que es lo mismo / ser derecho que traidor, / ignorante, sabio o chorro, / generoso o estafador…/ ¡Todo es igual! / ¡Nada es mejor! / Lo mismo un burro/ que un gran profesor. / No hay aplazados ni escalafón, / los ignorantes nos han igualado. / Si uno vive en la impostura/ y otro roba en su ambición, / da lo mismo que sea cura, / colchonero, Rey de Bastos, / caradura o polizón.”

Y ese es el elemento esencial, un principio clave. Decidir si ya todo es igual y nada es mejor. También lo llaman ética y moral. Ahora se plasma en una disyuntiva: ¿las viviendas son hogares para las personas o son productos de consumo en un mercado financiero? Si rige la vivienda como producto, los desahucios son y serán vergüenza y desastre para las personas. Si la mirada realmente ve familias expulsadas de sus hogares, la vergüenza está en el otro lado. ¿Y qué dice la jerarquía de los católicos en España? ¿Ven hogares y familias con sus vidas destruidas o ven peligrar el mercado? Usted ya sabe la respuesta por sus formas y maneras. Ya registraron la propiedad de todo lo que se les puso a tiro notarial. Si como dicen que le dijo dios a Pedro: “lo que hagas en la tierra se reflejará en el cielo”, vaya preparado, que en el cielo católico estará todo privatizado. Igual los desahuciados en el cielo y en la tierra terminan en el purgatorio, donde vamos todos los hipotecados en vida.  

Y aquí lo más interesante del fantasma en la máquina. Las personas consultan a la IA sus dudas, comparten sus miedos, sus vicios cotidianos. Buscan respuestas y consuelo. Encuentran comprensión y apoyo. En todo el mundo. En todas las culturas. En todas las religiones. En todos los idiomas. Quizás, finalmente, tendremos una única y sola diosa, “IA IA ¡oh!” para toda la humanidad. No es nada nuevo, nuevamente. Es evidente que todos los dioses son creaciones de los humanos (Durkheim). Ahora una diosa más. En fin, pero qué estúpidos somos los humanos.