Se acaban de publicar varios trabajos sobre otra forma de entender la economía. Contribuciones de economistas de gran relevancia, incluyendo premios Nobel: Daron Acemoglu, Simon Johnson, Branko Milanovic, Joel Mokyr, Mariana Mazzucato, Gabriel Zucman, Isabella Weber, Clara Mattei, Thomas Piketty, Dani Rodrik. Se trata de investigaciones sólidas, extensas, que van más allá de los artículos académicos que se escriben para revistas de impacto. Estos autores hacen revisiones de lo que se puede considerar como ortodoxia en el campo de la economía, y conectan la teoría económica y la economía aplicada. Se habla de ellos como “economistas progresistas”, porque recuperan la idea del “bien común” –que procede de los economistas clásicos–, y concretan lo que se entiende, en función de sus investigaciones, por ese bien común relacionado directamente con la idea de justicia social. Pero su principal virtud es que están siendo capaces de auscultar lo que está pasando en todos los ámbitos de la economía, más allá de modelos técnicos o excesivamente teóricos. Estos textos pretenden acceder a un público más amplio: el objetivo es, por tanto, aportar una narrativa diferente a la mayoritariamente divulgada en las palestras de la economía (foros, sociedades, universidades, escuelas de negocio, etc.).

Estas contribuciones enlazan aspectos macroeconómicos con financieros, los nuevos procesos de industrialización, el desafío de la Inteligencia Artificial, el reto del cambio climático –el gran problema económico–, el papel del Estado en la economía, la diversificación de las economías, las transformaciones demográficas y la desigualdad. Son vectores esenciales, encrucijadas a las que los científicos sociales de hoy y de mañana se tendrán que enfrentar, sin duda alguna, teniendo en cuenta tanto los datos disponibles sobre el avance del cambio climático, como los que se desprenden de la aplicación extensa de la Inteligencia Artificial. Y esta agenda se complementará, naturalmente, con los aspectos más canónicos del mundo económico: el papel de los bancos centrales, el tema de las deudas pública y privada, la observación de los déficits público, comercial y de pagos, etc.

La enorme información que se expone en los trabajos de los economistas citados tiene, a mi juicio, dos nexos comunes a todos ellos. Uno: la importancia que conceden a la inversión pública, una palanca fundamental que permite no solo corregir lo que se denominan “errores de mercado”, sino también anticiparse a posibles problemas (lo que se entiende por “pre-distribución”). Y dos: la apuesta por una política tributaria que incida de manera más clara sobre la franja de población más rica, ese 1% minoritario que controla más del 70% de la renta y de la riqueza. La formulación de impuestos que gravaron a este segmento social es –entre otros factores– lo que permitió, entre 1945 y 1980, que las economías avanzadas consolidaran el Estado del Bienestar. 

Estos dos elementos se analizan en profundidad en estos textos, con el propósito de que las reflexiones que se desprenden sirvan para aplicar políticas económicas que, en efecto, promuevan el bien común.