Que el primer martes después del primer lunes de noviembre sea histórico en Estados Unidos es algo que ocurre pocas veces, pero no es imposible, pues a lo largo de doscientos treinta y nueve años de vigencia de la Constitución no es raro que cada cierto número de años se dé una elección excepcional. Más difícil es que el martes excepcional o histórico de Estados Unidos coincida con un martes excepcional o histórico en algún país europeo. Y es lo que ha ocurrido con el martes 3 de noviembre en Estados Unidos y en España, bien que con alcance y efectos políticos distintos, pero sin perder su dimensión histórica.

El martes 3 de noviembre de 2026 es un día extraordinario, histórico, para Estadios Unidos porque los electores han derrotado ampliamente a Donald Trump, con el resultado de que el Partido Demócrata va a tener una buena mayoría en el Senado y en la Cámara de Representantes. Más allá de los efectos constitucionales específicos, que veremos a continuación, este triunfo frente al autócrata de Trump revela que la democracia en Estados Unidos es sólida y sus ciudadanos son capaces de movilizarse cuando los elementos democráticos básicos del Estado se ponen en peligro. Habrá quien diga que esto es una obviedad, pero no lo es tanto cuando en unas recientes elecciones legislativas los argentinos reforzaron a otro autócrata provocador y cuando en Brasil la primera vuelta de las elecciones presidenciales fueron ganadas por la versión brasileña de Trump. Es verdad que en Estados Unidos han confluido varias circunstancias que no se daban en Argentina o en Brasil (deportación de miles de inmigrantes y asesinato de varios ciudadanos por parte de la Policía de Fronteras¸ agresión contra Irán sin resultados positivos, apoyo a Netanyahu para que siga poniendo en riesgo la democracia israelí, medidas arancelarias de dudosos efectos para la economía de los estadounidenses, inflación, expansionismo en Groenlandia y en Canadá, constante desprecio a los gobernantes extranjeros amigos y adversarios, abandono de Ucrania ante la agresión, servilismo ante China y Rusia, destrucción de un ala de la Casa Blanca), pero si la democracia estadounidense no fuera muy fuerte habría sucumbido ante un autócrata. Esa fortaleza de la democracia más antigua del planeta se explica por dos circunstancias, constitucional una y política otra. En un reciente artículo me refería a la doctrina de los frenos y contrapesos que se expresó por vez primera en el artículo LI de El Federalista y que elaboró Madison o Hamilton sin que se sepa bien cuál de los dos (“La compra de votos por el presidente Trump”, Temas para el debate, núm. 382, octubre 2026, págs. 16-18). Esta doctrina es la que explica que dos órganos constitucionales tan poderosos como el Presidente y el Congreso (dividido a su vez en dos Cámaras) dispongan en realidad de un poder limitado que supone la réplica del otro. De modo que la variación del comportamiento electoral en una determinada convocatoria tiene como consecuencia “atar” a uno de los dos Poderes. Es una construcción constitucional muy anterior al parlamentarismo, pero igualmente genial para asegurar el gobierno de los ciudadanos. En estas elecciones la doctrina de los frenos y contrapesos se ha aplicado y tendrá como consecuencia que se pueda limitar a un autócrata desbocado que nadie, ni el Tribunal Supremo, podía controlar. Pero, si se ha podido aplicar el paradigma de los frenos y contrapesos ha sido por una movilización política excepcional que muestra que el principio democrático está tan arraigado en los ciudadanos estadounidenses que ante una operación de mutilación de la democracia representativa se lanzan a participar masivamente en la votación.

En contra del escepticismo y las prevenciones de algunos comentaristas de la radio y de la prensa escrita, yo creo que los efectos de estas elecciones se van a notar inmediatamente. En primer lugar, porque Trump no es sólo un pato cojo, sino un oso atado con cadenas y por mucho que ruja puede dar pocos zarpazos: los efectos psicológicos de la derrota que quizá no le paralicen, pero sí restarán rendimientos políticos a sus decisiones. En contra de lo que señalaba algún diario, uno de los ámbitos donde más influencia tendrá la victoria será en el campo de la política internacional porque los poderes de guerra y militares del Presidente de Estados Unidos están bastante parlamentarizados y cualquier acto o gesto que realice al margen del Congreso, como ha hecho con la agresión a Irán, dará lugar a una reacción dura de las Cámaras. Además, tendrá mucha dificultad con los pocos nombramientos que todavía tenga que hacer (como el Embajador en Atenas) y con el presupuesto, y es posible que las Cámaras creen Comisiones de Investigación que indaguen sobre el extraordinario enriquecimiento de la familia Trump.

Tengo sobre mi mesa de trabajo una gruesa carpeta con las amenazas que ha ido lanzando Trump para manipular estas elecciones. Si no lo ha hecho, y este autócrata no suele hablar en balde, hay que esperar que alguien le haya parado. Es decir, puede ser que los oligarcas que hasta hace poco le apoyaban hayan decidido que les perjudica más que les ayuda.

¿Y el impeachment? Desde luego que el sistema político estadounidense lo permite, a diferencia de España que no es posible aunque ya les gustaría a algunos constitucionalistas que se han pasado desde la izquierda a Vox. La Constitución (artículo 1.3.6) exige dos tercios del Senado para condenar al Presidente (o a otra persona), pero los demócratas están lejos de tener esa mayoría, pues sólo tienen 54 Senadores cuando necesitarían 65. Aunque una cierta idea de la justicia y de la ética pública querría que ciertos personajes fueran juzgados por sus acciones y delitos (como Putin o Netanyahu), en términos políticos un juicio a Trump puede ser contraproducente y darle una apariencia de mártir. Por otra parte, si Trump fuera condenado sería reemplazado por otro ultra como el Vicepresidente James D. Vance quien hasta podría aprovecharse de la Presidencia para la siguiente elección. Más vale un Presidente psicológica y políticamente demediado, sobre todo si, como se vio en el último mitin de la campaña a propósito de las obras en Washington DC, ya desbarra. Seguro que no vuelve a jugar con la broma de presentarse por tercera vez a la elección presidencial.

La Historia no siempre es justa. Permitió que Hitler y Mussolini desaparecieran de ese mundo sin gloria y con escarnio y permitió que se juzgara y se condenara a los criminales de guerra en Alemania y en Japón. Pero la Historia también permitió que Franco y Oliveira Salazar murieran sin pasar por ningún tribunal, como se merecían. Por eso jornadas electorales como la del 3 de noviembre (y antes, la segunda vuelta de Brasil) reconcilian la democracia con la Historia e insuflan esperanza a los demócratas.

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Sin extendernos mucho para no perder de vista la celebración de las elecciones estadounidenses, no debe faltar un breve comentario a la dimisión del Ministro Óscar Puente. Tras el accidente de Angrois, en julio de 2013, no dimitió la Ministra de Fomento, Ana Pastor, persona de la máxima confianza y amistad de Mariano Rajoy. Tras el accidente del metro de Valencia, en julio de 2006, no dimitió ninguna autoridad, municipal ni autonómica. Todos hemos visto, más recientemente¸ al Presidente Mazón, quien estaba pegado con engrudo a su sillón del Palau de la Generalitat y acabó dimitiendo al cabo de mucho tiempo. Por eso, la dimisión del Ministro Puente se sitúa en un plano ético diferente y ese plano contrasta con la carroñería de los representantes del Partido Popular, de Vox y hasta de Junts en la Diputación Permanente del Congreso y en los medios de comunicación. Al igual que los electores estadounidenses han sido capaces de distinguir entre los candidatos que alejaban a su país de la democracia representativa, así los electores españoles sabrán distinguir entre los que ofrecen más democracia y los que ofrecen autoritarismo y golpismo judicial.