Durante los últimos años hemos vivido circunstancias que bordeaban la sucesión de catástrofes, casi sin mediar un intervalo de reacción entre una y otra. Esos inoportunos accidentes han originado multitud de situaciones muy diversas entre la ciudadanía, tanto económicas, como vitales, lo que ha trascendido en respuestas de variopintos campos de intervención. Desde luego que se ha puesto a prueba el funcionamiento y capacidad de reacción del gobierno, hasta límites insospechados.
El último accidente de tren en Urda ha desencadenado hasta la dimisión de un Ministro y, por diferido, se solicita hasta la dimisión del Presidente del Gobierno que, sin duda alguna, era la cabeza a despojar de su lugar, tras mucho tiempo de buscarla, por activa y por pasiva.
Ahora toca ser adivinos y mentes preclaras. Hay que adivinar, de forma rotunda, las consecuencias en la vida y obra de la ciudadanía española.
Pero ¿qué ocurre en nuestras mentes cuando las tragedias se acumulan?
Desde una perspectiva científico-técnica, lo primero a considerar consiste en evitar las fáciles generalizaciones y respuestas totalizadoras. Esto es absolutamente fundamental. Cada acontecimiento, cada circunstancia, tiene sus propias características definitorias y, por lo tanto, se desarrolla de manera diferente. Ante ellas, las personas reaccionan adaptándose o desadaptándose en función de su grado de exposición al riesgo y de su vulnerabilidad individual.
Las catástrofes acontecidas no pueden analizarse como si fueran equivalentes. Debemos diferenciarlas. No es lo mismo la DANA que el accidente ferroviario de Urda. Incluso los dos accidentes ferroviarios, sucedidos en el presente año, podían presentar similitudes, pero sus características son muy distintas de las de una inundación, una erupción volcánica o un apagón generalizado e incluso entre ellas mismas.
Los medios de comunicación han sido prolijos en el abordaje de todas y cada una de las situaciones y, por lo tanto, han sido la fuente de información prioritaria de la sociedad. Pero esta acción mediática tiene una respuesta individual ante una catástrofe y depende de múltiples factores: la estructura de la personalidad, el desarrollo personal y social, las experiencias afectivas y emocionales que se han vivido, las relaciones sociales, la contención familiar y, en definitiva, toda nuestra historia previa. Estos elementos determinan cómo reaccionamos habitualmente ante situaciones extraordinarias y como las superamos y, en su conjunto, definen la capacidad de resiliencia de cada sujeto.
Como ciudadanos también respondemos emocionalmente a los acontecimientos que suceden fuera de nuestro entorno y que no nos afectan directamente, pero con los que nos podemos sentir solidarios. Esa reacción depende de nuestra sensibilidad social y de nuestra capacidad de empatía.
Sin embargo, esto no significa que todos vivamos una tragedia de la misma manera. Podemos experimentar preocupación, tristeza, pena, ansiedad o incertidumbre, aunque no hayamos sufrido personalmente sus consecuencias, pero también se incluye la capacidad de regeneración tras la catástrofe y de su superación, ahí está la función mental de la resiliencia.
Ahora bien, ¿cómo podemos compartir el dolor de las víctimas sin quedar emocionalmente desbordados?
La madurez emocional desempeña un papel fundamental, porque nos permite tomar cierta distancia psicológica respecto a los acontecimientos catastróficos que interfieren nuestra vida. Es cierto que podemos identificarnos con el sufrimiento de las víctimas, sentir empatía y conmovernos ante lo sucedido, pero también debemos ser capaces de reconocer que no siempre estamos directamente afectados.
Esa distancia emocional resulta necesaria para preservar nuestro equilibrio mental y poder continuar con nuestra vida, apoyándonos en nuestras familias, nuestras amistades y las personas de nuestro entorno que tampoco han vivido directamente la tragedia concreta.
La empatía no exige que asumamos como propio todo el dolor ajeno. Podemos compartir la tristeza y expresar nuestra solidaridad sin perder la capacidad de mantener una distancia emocional saludable.
En la evolución de los acontecimientos dramáticos que originan crisis vitales existen formas específicas de reaccionar y que definen a las personas. Las personas inteligentes, ante una crisis, intentan buscar soluciones. Se concentran en afrontar los problemas y encontrar respuestas que permitan superar las dificultades. Por el contrario, quienes se dedican exclusivamente a buscar culpables, en lugar de contribuir a solucionar los problemas, demuestran una actitud muy distinta, son las personas mediocres o incompetentes quienes siempre buscan culpables.
Aquí aparece la gran pregunta de buscar o adivinar cuál será la huella que puede permanecer en nuestra memoria después de una catástrofe o una tragedia de tan magnas dimensiones.
Nos cuesta en aceptar que no tenemos capacidad de adivinación. Podríamos anticipar cómo se producirían determinadas respuestas humanas ante circunstancias extraordinarias muy concretas, pero no predecir exactamente cómo va a reaccionar cada persona. Nuestra memoria conserva las experiencias y los acontecimientos que hemos vivido, aunque recordamos con mayor intensidad aquellos en los que hemos estado más directamente involucrados.
La huella que deja una catástrofe depende, por tanto, de nuestra experiencia personal, pero también de nuestras circunstancias vitales. Tener una vida social plena, unas relaciones afectivas satisfactorias y un entorno interpersonal adecuado influye en nuestra manera de afrontar los acontecimientos traumáticos. Sobre todo, no pensar en alarmar con profecías de estrés postraumático o de otra catástrofe mental.
Tras una situación difícil de este tipo no se puede hablar de normalizar la inseguridad. Normalizarla supondría renunciar a nuestra conciencia crítica, y precisamente lo que necesitamos es mantener esa capacidad de análisis, tomar distancia de los acontecimientos y colocar cada circunstancia en su verdadero contexto.
Ante cualquier situación desfavorable debemos identificar los factores sobre los que podemos intervenir y buscar soluciones que permitan modificarla. No se trata de aceptar la inseguridad como algo inevitable, sino de comprender los riesgos, evaluarlos y actuar sobre ellos, desarrollando la acción de los factores protectores que posibilitan los desarrollos más resilientes de las personas expuestas.
La intervención de los responsables políticos es fundamental, resulta nuclear que sepan estar a la altura de las circunstancias. Y eso significa, en primer lugar, decir la verdad, aunque resulte dura, incómoda o contraria a lo que nos gustaría escuchar.
La verdad debe transmitirse con seriedad, coherencia y claridad. Los gobernantes tienen que afrontar los acontecimientos de cara a la ciudadanía, explicar qué ha sucedido, reconocer las dificultades y demostrar que están trabajando para esclarecer los hechos y encontrar soluciones. Es decir, deben apoyarse en datos reales y no en meras interpretaciones que pudieran incrementar el malestar y la inseguridad.
Podemos pensar, por ejemplo, en las diferencias entre la respuesta institucional que se produjo ante los atentados del 11 de marzo de 2004 y la que estamos observando en el accidente de Urda. Son circunstancias distintas que no deben equipararse, pero permiten reflexionar sobre la importancia de la comunicación política ante una tragedia.
En este momento, al menos, los responsables políticos dan información desde el inicio y en varias ocasiones, manifestando el Gobierno que su voluntad de asumir las consecuencias, estudiar lo sucedido y esclarecer los hechos. Lo fundamental es que ese compromiso se traduzca en una explicación absolutamente clara y rigurosa, para lo que se precisa un tiempo suficiente de comprobación de los hechos y de los datos, así como de su coherencia.
La ciudadanía necesita respuestas, pero también necesita confiar en quienes tienen la obligación de proporcionarlas. Y esa confianza solo puede sostenerse sobre la veracidad, la transparencia y la responsabilidad.
Con anterioridad se expresó la importancia que los medios de comunicación habían cumplido en todos estos acontecimientos. En el ámbito de los medios de comunicación existe el riesgo del carroñerismo mediático. Me refiero al amarillismo, a la tendencia a destacar noticias escabrosas o detalles morbosos que, en la mayoría de las ocasiones, carecen de importancia sustancial para comprender lo que verdaderamente está ocurriendo.
Debemos tener muchísimo cuidado con estas prácticas. La obligación es informar, no desinformar. Y hacerlo a partir de hechos comprobados, de evidencias reales y, cuando corresponda, de los conocimientos científicos disponibles.
Existen informaciones que alarman sobre la presentación de una anestesia emocional en la población, debido a la sucesión y sumación de catástrofes. Este articulista no comparte la idea de que la acumulación de tragedias nos esté conduciendo necesariamente hacia una anestesia emocional colectiva.
La anestesia emocional supondría una disminución o ausencia de respuestas afectivas ante acontecimientos que normalmente deberían conmovernos. Pero no tiene por qué suceder así.
No debemos confundir la capacidad de continuar con nuestra vida con una pérdida de empatía. Podemos sentir tristeza, preocupación y solidaridad ante una catástrofe y, al mismo tiempo, seguir desarrollando nuestras actividades cotidianas.
Se escucha que habrá una falta de confianza en el ferrocarril, pero todos sabemos que cada vez que viajamos asumimos determinados riesgos. Esto forma parte de nuestra vida cotidiana. La cuestión fundamental es que esos riesgos estén controlados mediante sistemas de seguridad, procedimientos adecuados y profesionales que cumplan correctamente sus responsabilidades.
Precisamente esa capacidad de controlar los riesgos es la que nos permite confiar en los demás y desenvolvernos con normalidad. La vida en sociedad se sostiene sobre esa confianza recíproca. Esperamos que cada profesional, cada institución y cada responsable público cumpla con la función que le corresponde, del mismo modo que nosotros debemos cumplir con nuestras propias obligaciones. Cuando esas responsabilidades se ejercen adecuadamente, podemos afrontar los riesgos sin vivir permanentemente dominados por el miedo.
En último término hemos de plantear la respuesta de la población ante estas circunstancias tan adversas. Tenemos la responsabilidad de no dar crédito ni difusión a informaciones que carezcan de fundamento, de contrastar las informaciones que recibimos y de distinguir entre los hechos comprobados y las interpretaciones segmentadas e interesadas.
Debemos aprender a afrontar las tragedias desde la evidencia, la responsabilidad y una conciencia crítica. Ni el miedo permanente ni la indiferencia son respuestas adecuadas.
La sociedad necesita instituciones que asuman sus responsabilidades, medios que informen con veracidad y ciudadanos capaces de conservar su sensibilidad sin renunciar a su capacidad de análisis.
La confianza no consiste en negar los riesgos, sino en saber que existen personas e instituciones comprometidas con su prevención, su control y su esclarecimiento cuando algo falla.
PD: Dedicado a Óscar Puente, gracias por todo, gracias por tanto.
