Ellos nunca tienen dudas.
Jamás titubean.
Siempre tienen las cosas claras.
Dicen lo que piensan, a diferencia de los demás polĂticos, temerosos de las consecuencias de sus palabras.
Piensan lo que piensan muchos y no se atreven a decir, sobre las mujeres, sobre los homosexuales, sobre los inmigrantes…
Son polémicos porque no tienen miedo de ir contracorriente.
Atienden a las emociones antes que a las razones, porque la vida es emociĂłn, y muchos quieren ver reflejado su odio y su enfado en los lĂderes que escuchan en televisiĂłn.
Desprecian el diálogo, el pacto y el conchabeo, porque dicen tener principios firmes y, a diferencia, de otros, no mercadean con los principios.
Nunca se suman a acuerdos o consensos con quienes piensan diferente, porque para ellos la verdad es una, indivisible, y la pluralidad conduce a la divisiĂłn y a la ineficacia.
Prefieren el contacto directo del autócrata con su pueblo, pues entienden que los intermediarios, como los partidos, los parlamentos o los medios de comunicación, tergiversan y manipulan en interés propio.
Por tanto, el autĂłcrata reclama el poder, todo, sin cortapisas, sin obstáculos, con manos libres, para hacer lo que hay que hacer, sin más tonterĂas…
Los autócratas seducen… y después matan. Como Putin.
No se trata de un fenĂłmeno nuevo, ni original. La historia se repite. Cuando arrecian los problemas difĂciles, y la democracia resuelve con lentitud, o con insuficiencias, o con ineficacia, o no resuelve, llegan los milagreros, los vendedores de pĂłcimas, los visionarios, los taumaturgos.
Aprovechan el rĂo revuelto de las crisis, de las penalidades y de las quejas legĂtimas, para desplegar sus encantos. Atizando rencores y odios. Con análisis simples y falsarios sobre los problemas complejos. Señalando culpables fácilmente identificables, pero igualmente falsos. Y recetando sus falsas soluciones, tan drásticas como tramposas.
En Rusia cunde la protesta ciudadana por la mala gestión de la pandemia, por las desigualdades lacerantes, por las nulas expectativas entre los jóvenes, por la frustrante falta de libertad… Putin señala un culpable: los ucranianos neonazis que impiden el renacimiento de la gran Rusia. Y Putin mata.
Tras la caĂda del rĂ©gimen soviĂ©tico y los tĂmidos intentos de democratizaciĂłn en Rusia, muchos respiraron aliviados con la llegada de Putin al poder.
La autocracia de Putin ha sido vista con condescendencia, con simpatĂa abierta, incluso con cierta admiraciĂłn, por esos muchos. Un lĂder que sabĂa mandar, con voluntad firme, que hacĂa lo que entendĂa que tenĂa que hacer, sin los miramientos, los equilibrios y las negociaciones engorrosas de las democracias parlamentarias en Europa.
No solo Orban, o Le Pen, o Salvini. Toda la ultraderecha europea, aunque ahora disimule Abascal. También primeros ministros como Berlusconi y Schroder. Y artistas y deportistas. Por doquier se evitaba aludir a Putin como un dictador. Incluso cuando resultó evidente que envenenaba y encerraba a sus opositores.
Durante mucho tiempo se hablĂł de Londongrado, haciendo alusiĂłn a las complicidades de la oligarquĂa moscovita en la city. Trump nunca escondiĂł su envidia. Muchos mandatarios competĂan por una foto con ese “hombre fuerte de Moscú”.
Pero Putin no es el Ăşnico autĂłcrata. Hay otros y, desde luego, hay muchos aspirantes a autĂłcratas por el mundo. Y hay mucha gente seducida por sus discursos, sus maneras, sus promesas.
Y nuestro deber, el deber de los demócratas, es el de desenmascarar, combatir y parar a los autócratas, cuando aún hay tiempo, antes de que acumulen el poder suficiente para masacrar a gente inocente, como hace Putin en Ucrania, como lleva décadas haciendo con los disidentes en su propio pueblo.
La democracia puede resultar agotadora, por sus procedimientos rĂgidos, por sus infinitas garantĂas formales, por la complejidad en la toma de decisiones. Sus instituciones pueden parecernos exasperantes a veces, por la parsimonia de los pesos y sus contrapesos, por la cacofonĂa de voces diferentes, por la insatisfacciĂłn que cada parte siente al alcanzar un acuerdo entre varias partes…
Pero la democracia es el sistema que garantiza la convivencia en paz, el respeto a los derechos y las libertades fundamentales, y el progreso social y econĂłmico. A pesar de todas sus insuficiencias y de todos sus inconvenientes.
La peor democracia es preferible a la mejor autocracia.
Por eso la guerra de Ucrania no es solo la guerra de Putin contra los ucranianos. Es la guerra de la autocracia contra la democracia. Y no cabe flaquear, porque nos lo jugamos todo.
