La reciente multa histórica a Meta, a Mark Zuckerberg, eleva la suma de las sanciones a más de 50.000 millones de dólares. Una cantidad que ya empieza a doler incluso a uno de los hombres más ricos del planeta. Son dos los principales motivos: la vinculación de las redes sociales con la inestabilidad emocional de los jóvenes y, en segundo lugar, con su radicalización dirigiéndolos a grupos violentos. Pero Zuckerberg no es el único; también está Elon Musk, Rusia o youtubers que “juegan” con las redes a movilizar a muchos jóvenes, dirigiéndolos hacia grupos ultras.
Empezamos a acostumbrarnos a una anormalidad compleja cuando la propia presidenta de la Comisión Europea alerta de la intromisión de anónimos en las campañas electorales a través de las redes sociales, denunciando “ataques híbridos” por parte de Rusia y otros agentes extranjeros contra las democracias. Y ahora acaba de proponer las restricciones más severas de acceso a menores de 13 años a las redes y con limitaciones hasta los 15/16 años.
Lo que es evidente es que el impacto sobre los adultos (que ya empieza a escalar grados) es muchísimo menor que sobre la generación Alfa, una generación cien por cien digital, que vive y analiza el mundo a través de las pantallas.
Los altercados graves y violentos que estamos viendo en ciudades europeas, incluida alguna española como Barcelona o Bilbao, enmascaran la protesta con la violencia de ir “a pasarlo bien”. Adolescentes reclutados por las redes, con instrucciones de vestimenta, lugares de encuentro, cómo realizar altercados y quemas de mobiliario, cómo y qué robar, y compartiendo videos de las hazañas e imágenes de los altercados, así como ideas para las próximas convocatorias.
De la misma forma que hemos visto cómo las redes alteran el bienestar emocional de muchos adolescentes induciéndoles a autolesionarse o incluso al suicidio como única salida o hemos analizado la tóxica relación de jóvenes y la pornografía como sustituto de una relación afectuosa, ahora vemos cómo son intoxicados para encontrar en la violencia una forma de diversión.
En la base de la incomprensión hacia las nuevas generaciones se encuentra la gran transformación social: el paso de una sociedad analógica a una digital, un cambio tecnológico y social sin precedentes. Una transformación que ha modificado la forma de comunicarnos, de trabajar, de hacer amigos, en definitiva, de vivir. Sociedades rápidas, hiperconectadas, de gran velocidad, donde predomina sobre todo la imagen y lo virtual.
La llamada Generación Alfa (2013 en adelante), los hijos de los millenials, pertenecen íntegramente al siglo XXI, son cien por cien digitales; han crecido rodeados de pantallas, asistentes de voz e IA; no conciben un mundo sin conexión a internet y su consumo se basa en plataformas de video corto como Instagram y TikTok; socializan en mundos virtuales; y su atención está condicionada por algoritmos ultrapersonalizados. Todo se lo preguntan a la IA, quien se ha convertido en su mejor amigo, su confidente, su profesor, incluso su psicólogo.
En España, la edad media en que los menores tienen su propio teléfono móvil es de 11 años y el 99% tiene presencia en redes sociales, la nueva cultura de masas. Cada día, según análisis, más de 23 millones de videos se suben a TikTok, es decir, 16.000 videos por minuto, 270 por segundo. En las redes, todo es nuevo y veloz, todo es efímero, todo es ANÓNIMO.
Según los sociólogos especializados, esta generación dispone de una sobreabundancia de información que les resulta imposible de clasificar; todo llega con imágenes, muchas creadas por IA, sin diferenciar lo que es verdad o verosímil; con un exceso de sobreprotección, con baja tolerancia a la frustración; gran vulnerabilidad y acostumbrados a un alto nivel de consumo; les falla la verdadera amistad; y tienen un excesivo culto a la imagen.
Además el 31% de los adolescentes consultados en la última investigación europea de 2025 realizada en 12 países determinó que prefieren conversar con un chatbot que interactuar con un amigo/a. Las respuestas de las redes son diferentes para chicos y chicas, tanto en su comportamiento, vestimenta, valores sociales, incluso en profesiones. Es lo que se llama una “fragmentación algorítmica de la socialización de género”.
Muchos confunden la inestabilidad emocional con problemas psicológicos. Existe una patología social en la adolescencia que les impide saber gestionar sus emociones: la ansiedad, el fracaso, el miedo, la soledad, la pérdida, … Y lo confunden de inmediato con problemas de salud mental. Existen, claro que sí, problemas de salud mental, pero también existe una patología social de inestabilidad emocional.
Como señala el filósofo José Antonio Marina: “el mayor error educativo ha sido decirles a los jóvenes: solo importa tu felicidad y lograrla es muy fácil”. Se han habituado a una baja tolerancia a la frustración y a la constante necesidad de gratificación inmediata. Las redes sociales ofrecen rapidez de respuesta, estímulos fáciles y simplistas, pereza mental, y una felicidad blanda.
La violencia y agresividad con la que estos miles de adolescentes actúan debe ser frenada. Y no solo desde la escuela o el instituto, puesto que el profesorado no es el único encargado de educar. A todos nos corresponde: padres y madres, medios de comunicación, la justicia, políticos y sus formas de oratoria, youtubers e influencers, y, sobre todo, habrá desde las instituciones políticas democráticas que combatir firmemente a estos “indecentes psicópatas” multimillonarios que se están forrando a costa de la salud personal y social de toda una generación.
