Dirección: Patricia Font. Guion: Albert Val. Sobre una novela de Francesc Escribano. Reparto: Enric Auquer, Laia Costa, Luisa Gavasa, Ramón Aguirre, Milo Taboada. Música: Natasha Arizu del Valle. Fotografía: David Valldepérez. Género: Drama/ basada en hechos reales.

El maestro que prometió el mar es un emotivo y brutal relato de memoria democrática. Comienza con la cámara adentrándose en los detalles de una fosa común excavada y abierta en la que, con mimo, paciencia y pincel en mano, un grupo de arqueólogos (entre los que se distingue a Francisco Etxeberría, antropólogo forense, experto en Memoria Histórica) limpia los restos, huesos y objetos, de un grupo de asesinados. Se trata de la fosa (real) de la Pedraja, en Burgos, un lugar al que acude la protagonista del film, Ariadna, papel interpretado por Laia Costa, porque busca los restos de su bisabuelo.

En esa búsqueda el film se adentra en los entresijos de una historia real, la del maestro Antoni Benaiges, un docente de la escuela republicana que saca su plaza en el pueblecito de Bañuelos de Bureba, Burgos, para el curso de 1934-1935, en pleno bienio negro, mientras gobernaban las derechas durante la II República. Este dato está referido en la película, a través de un personaje ausente, que cose la trama y que es importante, puesto que es un hombre que está preso por sus ideas políticas de izquierdas y que es el padre de Carlos, que a su vez es abuelo de Ariadna. Carlos fue uno de los niños alumno de Benaiges y en la película funciona como la conexión con el presente. Carlos es parte de esa memoria todavía viva -compartida con otros tres personajes ancianos ya, que también fueron alumnos del maestro- de aquella escuela republicana que abrió sus mentes, encendiendo miles de luces, gracias al buen hacer pedagógico del maestro Benaiges. Un progreso que fue ahogado en sangre de forma salvaje por los fascistas, levantados en armas, en contra de la legalidad republicana.

La película de Patricia Font aborda la memoria democrática con una gran sensibilidad. Hay una conversación entre Ariadna, la nieta empeñada en continuar la búsqueda iniciada por su abuelo, y una de las arqueólogas a pie de fosa, en la que ella se queja de que justo lo que no tiene es tiempo, “tengo paciencia, lo que no tengo es tiempo”. Y así es, Carlos, un hombre callado y taciturno, ha buscado a su padre durante gran parte de su vida y es ya un anciano que carece de tiempo, está al límite de sus posibilidades. Está impedido a causa de un ictus, pasa sus días pensativo mirando el mar sentado en una silla de ruedas en el portalón abierto de la residencia de ancianos en la que está ingresado.  Es una persona que ha buscado calladamente, en un silencio de 40 años a su padre, desaparecido en 1936.  Esta herida continúa abierta en su nieta Ariadna, que nos lleva de la mano para ir desentrañando la historia del maestro de Bañuelos de Bureba, Antony Benaiges y de su propio bisabuelo, alumno de este. Benaiges es ese maestro que prometió el mar a un grupo de alumnos y alumnas de un pueblecito de burgos en 1936. Los alumnos y alumnas se atrevieron a soñarlo y lo plasmaron en un librito editado por ellos con la ayuda de la pequeña imprenta del maestro Benaiges, que convertía sus escritos y trabajos de redacción en delicadas ediciones impresas en forma de libritos que enorgullecían a los alumnos y alumnas y a sus familias.

La película tiene el valor de mostrar el gran adelanto que supuso para el país la escuela republicana, que abría las mentes no solo del alumnado, sino de toda la sociedad en general, que se veía involucrada en una forma integral de aprendizaje de sus hijos e hijas en la que de repente se abrían ventanas al mundo y al conocimiento impensables en la España rancia de la que se provenía, que dejaba la escuela en manos de la mentalidad cerrada del cura católico de turno. Una escuela que ponía en las preguntas del alumnado y en su propia búsqueda de respuestas el devenir del aprendizaje, permitiendo establecer un diálogo fructífero de desarrollo intelectual creativo, analítico y crítico entre el profesor que guía y los alumnos y alumnas que participan.

Por desgracia, la guadaña del fascismo se afanó por ahogar en sangre todos esos avances, asesinando a tantos y tantas maestras y maestros republicanos, como le sucedió al propio Benaiges, del que todavía no se han encontrado sus restos, o “depurando”  y condenando al ostracismo a los que sobrevivieron.

Reprimiendo con brutalidad la escuela republicana, en la persona de sus maestros y maestras, el fascismo aniquiló el progreso de España. Paró en seco al país. Fue tan brutal y bárbaro ese parón, que hoy en día, 88 años después de los hechos que relata esta película, la escuela española no ha conseguido recuperar el nivel de progreso y de excelencia que supuso la escuela republicana. Para empezar, seguimos sin conseguir una escuela pública suficientemente dotada para todos y todas, y totalmente laica, fuera de conciertos con entidades religiosas que siguen propagando su doctrina.

La película de Patricia Font expresa con claridad lo que supone el fascismo para una sociedad. Las últimas escenas -en las que se desarrolla una represión descarnada en la plaza pública y se muestra la crueldad de la que fueron capaces, con la intención de imponer un miedo paralizante en la sociedad que duró décadas- son una alerta sobre lo que hoy está sucediendo. En numerosos pueblos y ciudades de España hoy gobiernan los herederos de aquellos fascistas y lo primero que están haciendo es censurar la cultura. Su discurso antidemocrático y sus formas autoritarias y machistas están ahí, retornan. La película de Patricia Font es una alerta contra el fascismo. Hay que acudir al cine a verla.