Frases, reflexiones y refranes múltiples se han escrito sobre la soberbia. Decía Miguel de Cervantes que “La ingratitud es hija de la soberbia”. Y parece que aprendemos poco porque si hay algún vicio que se extiende como las bolitas de plástico por nuestras costas españolas (la contaminación de los plásticos en tierras y mares es uno de nuestros peores daños como humanos) es justamente la soberbia.

La soberbia se ha convertido en la invitada en todo acto político, y corremos el riesgo de que acabe contagiándose como la gripe y el Covid por todo ámbito de relación social.

Los que hemos sido unos convencidos de la fragmentación de partidos frente al bipartidismo y las mayorías absolutas porque reunía dos condiciones profundamente democráticas: una, representar con mayor certeza los votos de la ciudadanía y, dos, fomentar la negociación y el consenso, hoy comenzamos a estar más que aburridos de esta pluralidad partidista que juega más a la contra que a la negociación.

Ya sabíamos que esta legislatura será “endiabladamente” compleja. Por mucha capacidad y habilidad negociadora que tenga Pedro Sánchez, la suma tan diversa de socios parlamentarios con posiciones antagónicas resulta casi imposible de aunar, porque lo único que les unía a todos es frenar a la ultraderecha española, el único socio del PP (parece que Feijóo y su ejecutiva no se quieren enterar, o quizás le tienen más miedo a Ayuso y su soberbia entre infantil y vengativa, que les hace alejarse de ser un partido de gobierno).

Y más difícil resultan las negociaciones si los partidos minoritarios actúan con la venganza, el rencor y la soberbia como armas negociadoras.

Bien claro lo dice Jordi Juan, el director de la Vanguardia, alertando del juego de “tensar la cuerda” que está haciendo Junts y actuando “como si tuviera 70 parlamentarios en vez de 7”. Es normal que no estén de acuerdo con los decretos que se aprueban porque Junts representa al ala más conservadora, burguesa y elitista de la sociedad catalana. Por cierto, representan a una minoría minoritaria de los catalanes, aunque se empeñen en hablar en nombre “del pueblo catalán”. ¡Qué socorrido es atribuirse hablar en nombre de la colectividad como si uno representara la “verdad absoluta” y la única certeza a la hora de observar la sociedad!  A eso se le llama soberbia.

Ahora bien, que lo que Junts pida a cambio sea sancionar a las empresas que se fueron de Cataluña, resulta indescriptible. Imagino que no solo han echado por la borda la libertad de mercado (a la que luego se acogerán cuando les beneficie), sino que exigen una absoluta mezquindad.

Aún no han obtenido los beneficios de la muy discutida amnistía y ya está Junts extorsionando al gobierno. Ni siquiera han guardado las formas. Resulta además una posición tan insolente que reabre las heridas de quienes piensan que para qué conceder la amnistía. En vez de “pacificar” la convivencia política y social, que debería ser el objetivo, Junts contribuye al incendio.

Resulta sorprendente que lo único que saben hacer los líderes soberbios sea sancionar, obligar y prohibir. ¿Dónde queda la negociación, el diálogo y la palabra?

Algo muy parecido desde las antípodas ideológicas, pero con las mismas formas es lo que hace Podemos. Cuando ya solo quedan dos y el del tambor, (veremos si al final hay sanción también para Monedero, ¡quién lo iba a imaginar, a uno de los fundadores más radicales de ese grupo, y que está a punto de beber de la cicuta!), se dedican a exigir y bloquear acuerdos que representan a la izquierda. Prefieren ir solos en Galicia que con Sumar (¡qué contento está Feijóo con la división en grupúsculos de la izquierda gallega); prefieren poner palos en la ruega de los decretos para hacer oír su voz (una voz absolutamente denostada que sigue rugiendo que ellos son “la única izquierda verdadera”).

La soberbia no la ejercen solo los partidos pequeños. Como el Covid, es contagiosa. El PP la practica sin escrúpulos, ahí vemos las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso quien, al mismo tiempo que da patadas verbales contra el gobierno (es su única política y empiezo a pensar que la razón de su existencia), sonríe desvergonzada ante la última barbaridad que ha salido de su boca.

Por supuesto, tenemos a los representantes de Vox, Abascal y Ortega Smith, compitiendo por ser “machos españoles” que hinchan su pecho cuando hacen declaraciones con tonos amenazadores.

Y si hay miembros del PSOE que no practican esta actitud, seguro que a más de uno le apetece, pero no puede. Debe morderse los labios antes de hablar para no ofender, no pisar demasiados charcos, porque se juegan la gobernabilidad. Qué triste y humillante resulta ver a la vicepresidenta María Jesús Montero intentando encontrar un “caramelo”, aunque sea perverso o nada tenga que ver con el contenido de los decretos, para contentar a Junts.

Siempre es injusto generalizar, así que no se sientan incluidos aquellos que intentan no practicarla y siguen realizando una política de discurso, de razonamientos, de gestión, de negociación. Porque en nuestro parlamento disponemos de muy buenos oradores y oradoras, así como de innumerables cargos públicos que no necesitan subirse a un pedestal para gritar más alto.

Los problemas de soberbia que vive la política española lamentablemente no son una excepción. Y no quiero que venga a la cabeza el refrán, “Mal de muchos, consuelo de tontos”, porque la desgracia no es más llevadera porque afecte al conjunto de los países democráticos. Su extensión la hace más peligrosa.

En Italia hemos visto brazos en alto y saludos fascistas en Roma como hacía muchos años que no se veía, y que ponen la piel de gallina.

En Alemania, la utlraderecha se agazapa detrás de los agricultores que ponen en jaque al gobierno.

En Francia, Macron se enfrenta a una crisis de gobierno debido a la aprobación de la ley de inmigración con los votos de la ultraderecha.

Lo más preocupante, como señaló Cicerón, es que “de la arrogancia nace el odio”, y parece que vivimos en una época donde se lleva más repeler al otro que procurar comprenderlo. Malas noticias para la convivencia.