Mientras el sur de Europa arde con una voracidad inusitada, la abrumadora dimensión de esas calamidades, amplificadas por el impacto de unas imágenes aterradoras, reaviva el debate sobre las causas de estas plagas que solo en parte son naturales. Las referencias actualizadas a la causalidad del cambio climático se enfrentan a una reacción virulenta del negacionismo ultraconservador, inasequible a las evidencias científicas.

Resulta paradójico que poderes públicos y privados europeos se empeñen en priorizar la supuesta “amenaza rusa”, proyectando la invasión y guerra de Ucrania como un probable antecedente de lo que nos espera si no nos rearmamos hasta los dientes, mientras los verdaderos peligros se manifiestan en estos fuegos devastadores, pero también en lacras sociales como la degradación de los sistemas educativos, la imposibilidad real de disponer de hogares asequibles, la saturación de los servicios sanitarios o la desatención de colectivos vulnerables. La calcinación de bosques, campos y núcleos urbanos es más sensacional, pero igual de dañinas resultan esas otras catástrofes que cancelan el futuro de amplias colectividades humanas.

Todos podemos ver estos días el poder destructor del fuego en Europa, pero no los efectos de unas lluvias torrenciales que están ocasionando daños enormes en poblaciones e infraestructuras de toda Asia, de Afganistán a Taiwán. Si en Francia y España han tenido que ser evacuadas, hasta la fecha, más de 300.000 personas por los incendios, solo en una región de China (Guangdong) se ha desalojado de sus hogares a un triple más de población. Seiscientos ríos corren serio riesgo de desbordamiento al elevarse su caudal más de un 35% con respecto a sus niveles habituales de los últimos cinco años. Los habituales tifones han adquirido una virulencia inusitada y se prevé que se agrave en los próximos años (1).

Por referirnos solo al abandono ecológico, la mentalidad belicista que sufrimos ha dejado relegadas las estrategias mundiales de afrontamiento del riesgo climático, pese a las pretéritas declaraciones oficiales. Los objetivos de las sucesivas cumbres internacionales se revisan a la baja. Un ambiente de resignación envuelto en justificaciones poco convincentes se ha apoderado del discurso de las élites mundiales.

En Occidente, la psicosis de una nueva guerra fría privilegia un esfuerzo militar que tendrá —lo está teniendo ya— un efecto pernicioso sobre los planes de transición hacia una economía sostenible y el freno al deterioro ambiental. Se culpa a la actual administración norteamericana de haber provocado este giro o este frenazo (según el grado de pesimismo de la evaluación). Pero la indudable actitud reaccionaria de Trump en esta materia no explica por sí sola el abandono creciente de otros máximos responsables políticos.

VOCES NO ESCUCHADAS

El pasado mes de mayo agencias internacionales relacionadas con el análisis del cambio climático y decenas de expertos internacionales lanzaron una advertencia que pasó casi desapercibida: 2026 podría ser uno de los años más extremos en la historia ambiental, solo por detrás de 2024. El retorno inminente de “El Niño”, uno de los fenómenos más temidos de una naturaleza humanamente alterada, se citaba como una causa más del agravamiento ambiental, pero no la más decisiva. Los datos disponibles en los primeros meses del año anticipaban males mayores.

Aunque el umbral de alerta del incremento de la temperatura en un 1,5 ºC (fijado en la Cumbre de 2015 en París) aún no ha sido alcanzado (estamos en torno al 1,38 ºC), nos estamos acercando peligrosamente. La temperatura de los océanos se está de nuevo aproximando a su récord histórico, el hielo del Ártico ha retrocedido un año más, tras uno de los inviernos más cálidos que se recuerdan (con temperaturas por encima de los 30 ºC sobre el círculo polar). El tórrido verano se ha vuelto a adelantar, comiéndose un año más la primavera.

Organismos oficiales europeos como Copernicus, servicio de monitoreo de la evolución climática, han señalado a este pasado mes de junio como terrible para los objetivos de lucha contra el cambio climático. Las temperaturas en superficie registradas han superado en más de 3 ºC a la media de las últimas décadas, sobrepasando los 2,85 ºC alcanzados el año anterior. Y gran parte de las causas se encuentran en la quema de carbón y otros productos altamente contaminantes en industrias y servicios.

El fuego que arrasa bosques y campos ya había resultado devastador antes de la estación estival. En los cuatro primeros meses de 2026, se quemaron en todo el planeta 150 millones de hectáreas, un 50% más que la media reciente para el mismo periodo anual. En Europa, los incendios devoraron un millón de hectáreas en 2025.

Pero la parte más interesante del documento de conclusiones eran las críticas directas a la respuesta de gobiernos y núcleos de poder mundiales, por estimar que la lucha contra el calentamiento global había sido “relegada a un segundo plano” (2). Las emisiones de gases de efecto invernadero provocadas por la combustión de energías fósiles no se han detenido al ritmo tantas veces prometido.

LA ABDICACIÓN EUROPEA

En efecto, incluso Europa, que había asumido un liderazgo en la lucha contra la degradación medioambiental, ha dado marcha atrás en el impulso de una nueva economía ecológica. Se ha flexibilizado el plan de prohibición de fabricación de vehículos de combustión previsto para 2035 y se han rebajado los objetivos de reducción de emisiones (un 40% con respecto a las existentes en 1990, para 2040), justificándose en exigencias de competitividad económica. El llamado “pacto europeo” está políticamente muerto, por miedo a que sea utilizado por la extrema derecha en ascenso. El Consejo Científico Europeo sobre el Clima profundiza en estos reproches a los órganos decisorios de la Unión.

Paradójicamente, mientras se evidencia este paso atrás de Europa, China, la gran señalada como responsable principal de la degradación climática en los tiempos presentes, se pone a la cabeza de la economía verde. Hace apenas tres años, los chinos producían casi nueve de cada diez paneles solares y tres de cada cuatro baterías de litio, iconos de la nueva energía sostenible. Hoy ya se encuentran por delante de cualquiera en la fabricación y exportación de coches eléctricos. Como dice Leah Aranowsky, una de las principales académicas en el pensamiento ecológico actual, si Occidente fue pionero “en el proyecto de reconstrucción medioambiental y en la asignación de recursos financieros para mitigar el cambio climático, China está cosechando ahora los beneficios materiales” (3).

Antes de estos incendios en la Gironda y en el oeste de Madrid, el fuego ya había destruido amplias masas de foresta en el sur de Europa, anticipando la dimensión desbocada de la catástrofe. En Francia se había quemado a primeros de julio una superficie cuatro veces superior a la media establecida desde que hay registros, duplicando las cifras de un país habitualmente asolado por los incendios como es España. Pero los daños no se han limitado al sur del continente, siempre más expuesto a estos peligros. Si tomamos las cifras disponibles para toda la Unión Europea, al final del primer semestre del año se había quemado un 56% de superficie más que la media de años precedentes (4).

En España se puede escuchar a tertulianos en radio y televisión despreciando el “fanatismo climático” y haciéndose eco de falsedades y atribuciones sectarias de responsabilidades. En Francia, colaboradores presentes y pasados de Macron apuntan a Europa por no haber favorecido la adopción de estrategias comunes para reforzar el “mecanismo europeo de protección civil” que permite a los 27 coordinar su ayuda en urgencias de gran amplitud (5).

El fuego real de este verano debería modificar la óptica de prioridades de los gobiernos europeos si no se quiere que otras catástrofes potenciales se ciernan sobre las poblaciones por las que dicen velar.


(1) “Extreme rainfall across Asia brings flash floods and typhoons”, NATASHA MAY & JONATHAN WATTS. THE GUARDIAN, 28 de julio.

(2) “Climat: alors que 2026 s’annonce extrême, des scientifiques s’alarment de voir le réchauffement «relégué au second plan». AUDREY GARRIC. LE MONDE, 12 de mayo. (De la misma autora y en el mismo lugar: “L’Europe, épicentre du réchauffement climatique, à l’épreuve de ses contradictions”).

(3) “The End of Climate Politics. As the West debated a green energy future, Beijing was building it”. LEAH ARONOWSKY. FOREING POLICY,  15 de junio.

(4) “Western Europe records hottest-ever June as heatwaves intensify”. ARIT NIRANJAN & DAMIAN HARRINGTON. THE GUARDIAN, 9 de julio.

(5) “A Bordeaux, Emmanuel Macron appelle à l’unité ‘pour gagner la bataille’ contre l’incendie”. NATHALIE SEGAUNES. LE MONDE, 28 de julio.