A ningún español que siga la vida política le habrá extrañado la provocación del presidente argentino Milei al presidente brasileño Lula en su propio país, en São Paulo. Los españoles hemos visto actuar a Milei en Madrid ofendiendo igualmente al presidente del Gobierno con el aplauso de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que incluso le ha condecorado. En los anales históricos de la diplomacia no hay ejemplos de un jefe de Estado que se presenta en un país extranjero a apoyar a un partido de oposición al Gobierno de ese país y además injuria a los jefes de Estado o de Gobierno de ese mismo país. En realidad, esos incidentes ocurren porque los Gobiernos de los países de acogida han practicado con Milei una cortesía diplomática inadecuada para un personaje provocador, pues lo adecuado habría sido prohibir la entrada del presidente argentino. ¿Que esa prohibición provoca un conflicto diplomático? ¿Qué importa si se sabe que la actuación del argentino en el país receptor lo va a provocar también?

Pero lo que motiva esta reflexión no es la crítica moral y política de un tipo como Milei. Lo que provoca esta reflexión es la degradación de las reglas del Derecho internacional que estamos sufriendo en todo el mundo a causa de la política agresiva del presidente Trump (véase Javier García Fernández: “El desprecio al Derecho internacional y la nueva geopolítica de Trump”, Temas para el debate, núm. 378, junio 2026, págs. 36-39). El problema no es que un jefe de Estado enajenado recorra el mundo provocando a otros jefes de Estado o de Gobierno, pues ha habido siempre gobernantes locos. El problema es que Milei no es un loco y que está comportándose como su mentor Trump. Hay un tercer problema detrás de la conducta provocadora de Milei del que hablaremos después.

El primer problema que subyace bajo la conducta de Milei es que no se trata de un loco, como tampoco eran locos Hitler o Mussolini. Estos dictadores no agredieron e invadieron Austria, Checoslovaquia y Polonia (Hitler) y Etiopía y Albania (Mussolini) porque estuvieran locos, sino porque hicieron un cálculo estratégico y creyeron que la agresión contra todos esos países sería exitosa y beneficiosa para sus intereses como gobernantes. Milei ha comprendido que una política exterior hiperagresiva, de provocación a otros Estados (Brasil, España), le reporta beneficios internos y, sobre todo, refuerza su imagen ante Trump y ante otros gobernantes iberoamericanos de extrema derecha. Por eso viaja a otros países e insulta a sus gobernantes, porque sabe que va a ser bien valorado en la Casa Blanca y en las Presidencias de Chile, de Ecuador o de Perú (y dentro de pocos días de Colombia). Es decir, como tantas otras veces en la historia de las relaciones internacionales, un gobernante se lanza a una política provocadora o agresiva contra otros Estados porque considera que le va a resultar beneficiosa. El problema no es que un gobernante de cuño más o menos autoritario decida actuar agresivamente en el exterior, sino que ese gobernante se siente apoyado por otras potencias.

Porque el segundo problema que late detrás de la irresponsable conducta de Milei es que está apoyado por Trump. ¿Nos podemos extrañar de que el presidente argentino injurie a los gobernantes español o brasileño si lo hace también Trump, como hemos visto en Ankara y antes de Ankara? La política exterior de Trump consiste en la ofensa, en la extorsión y en el desprecio de todo el mundo, y todo el mundo (menos Lula y Pedro Sánchez) se lo permite y, a veces, hasta se lo aplaude. Y como Milei ha visto que el maltrato de Trump no tiene consecuencias negativas, él también lo practica. Con Biden en la Casa Blanca no habría llegado tan lejos. Pero ¿qué obtiene Milei al injuriar a gobernantes de los países que cortésmente le acogen? Ese es el tercer problema que subyace bajo la conducta irresponsable del presidente argentino.

Bajo la carrera provocadora de Milei late un problema que es quizá el principal problema político que sufre la humanidad. A mi juicio, la democracia está en peligro no porque las clases dominantes (representadas por las diversas derechas) quieran suprimirla o debilitarla (que lo han intentado constantemente desde que cayó el Antiguo Régimen), sino porque las clases populares votan cada vez más a las derechas extremas. En Estados Unidos, en Colombia, en Ecuador, en Perú, en Chile, en Argentina y en Italia la extrema derecha ha llegado al poder por medios democráticos, porque las clases populares (eso que antes se llamaban obreros y campesinos) votan a partidos y candidatos que son simplemente fascistas. Y en Francia, Portugal, Alemania y hasta en el Reino Unido votar a la extrema derecha parece, en muchos ámbitos populares, un voto de protesta (¡¡!!).

Este fenómeno nos mueve a una doble reflexión. Por un lado, ¿qué está fallando en la política de la izquierda y, más concretamente, en la socialdemocracia, para que amplios sectores de las clases populares vean en partidos fascistas un impulso de cambio y de liberación? Y en segundo lugar, ¿qué puede hacer todavía la Internacional Socialista o, al menos, algunos de sus partidos europeos y americanos para frenar esta deriva? Parece que este tipo de reflexión es urgente y que esa reflexión debe ir acompañada de un nuevo tipo de hacer política, de dirigirse a la ciudadanía, pero el riesgo es que cuando esa reflexión y ese nuevo tipo de hacer política cuajen, a lo mejor la democracia es una fase superada de la historia de la humanidad.