Tradicionalmente se ha juzgado a los gobiernos por su gestión en lo relativo a las principales preocupaciones de la mayoría de los ciudadanos.

Tales preocupaciones, como es lógico, se suelen centrar en la cantidad y calidad de los empleos, en la dignificación de las grandes prestaciones sociales, como las pensiones, y en el funcionamiento de las principales políticas públicas: la sanidad, la educación, la vivienda, los servicios sociales, el transporte y la seguridad, sobre todo.

La ciudadanía evalúa también los esfuerzos para la modernización de la economía, para la compatibilidad del crecimiento con el cuidado del medio ambiente, para promover la actividad cultural… Suelen entrar en juego otros factores estratégicos, como la convivencia territorial o las alineaciones en política exterior.

Es decir, se valora a los gobiernos en función de lo que hacen para que la gente viva mejor.

Y, como es lógico, se suele valorar la alternancia en el poder por las alternativas que proponen otras opciones políticas para lo mismo, esto es, para mejorar la vida de la gente.

Desde 2018, sin embargo, nada de esta normalidad tiene lugar en España.

Ni los éxitos del Gobierno progresista para mejorar la vida de la gente forman parte protagonista de la conversación pública, ni la pretendida alternativa ofrece alternativa alguna.

La economía crece. El empleo mejora en cantidad y calidad. Los salarios suben. Las pensiones se dignifican. La atención a la dependencia obtiene más financiación que nunca. Pagamos la electricidad más barata de Europa. Las becas baten récords. Nuestros deportistas triunfan en el mundo. En Cataluña ya quieren ser españoles. Y nuestro Presidente es referencia internacional de paz y derechos humanos.

Pero las derechas que controlan el dinero, los principales medios de comunicación y algunos actores institucionales clave han logrado, en buena medida, que la agenda política discurra por otros caminos, que poco tienen que ver con el propósito de mejorar la vida de la gente.

Se habla casi exclusivamente de la inconveniencia de las alianzas parlamentarias del Gobierno, de la actividad universitaria de la esposa del Presidente, del currículum artístico del hermano del Presidente, de la tasación de las joyas de un expresidente, de si conviene tener un presupuesto actualizado o sirve uno prorrogado…

Al mismo tiempo, la oposición derechista suscribe acuerdos en línea con el populismo extremista internacional, que pone en riesgo algunas de las principales conquistas de la civilización, desde el rechazo a la discriminación de los seres humanos por motivos de raza hasta el respeto a los procesos electorales democráticos, pasando por la confianza en la ciencia frente al negacionismo terraplanista.

Ante la falta de un proyecto alternativo para gobernar el país, las derechas practican el juego sucio de la deslegitimación del adversario, la desinformación y la desestabilización de las instituciones que no controlan. Es la tradicional estrategia de la tierra quemada.

¿Por qué actúan así?

Porque defienden intereses minoritarios opuestos al interés de las mayorías que guía la actuación del Gobierno progresista en sus políticas económicas y sociales.

Porque las recetas que planean aplicar enriquecieron y enriquecerán a unos pocos, empobreciendo a las mayorías.

Porque su objetivo no es mejorar la vida de la gente, sino asumir el gobierno para acumular poder y riqueza.

Porque entienden que el poder les corresponde, por clase social y derecho de nacimiento, y cualquier otra situación debe entenderse como antinatural, ilegítima, provisional, revisable y reversible.

Resulta muy difícil gobernar desde las ideas de progreso en estas condiciones. Pero es legítimo y merece la pena resistir, para seguir mejorando la vida de la gente.

Tienen muchos recursos para golpear al Gobierno, pero olvidan el recurso fundamental en democracia. La gente sabe lo que importa. La gente sabe lo que quiere. Y la gente sabe cómo conseguirlo.

En democracia no se cuentan los bulos, ni las portadas escandalosas, ni las descalificaciones.

En democracia se cuentan los votos.

Nos vemos en 2027.