Elevar la mirada para atisbar el paisaje da temor, sin infalible científico o el preclaro. Falta incluso el Rodrigo de Triana para gritar ¡Tierra! Todos anuncian un Nuevo Mundo, con monstruos de dos cabezas.  Tenebroso. El anuncio de la pompa fúnebre aterra más que la propia muerte.

España tiene alto riesgo por haber vivido demasiado tiempo regocijada en su éxito. El Turismo ha sido el motor de nuestro crecimiento durante décadas ocultando las miserias de nuestro sistema de producción y consumo.

En los años ochenta, tras nuestra integración en el Mercado Común, hubo quien planteó la necesidad de trazar nuestro desarrollo económico y social y no dejarlo en manos del famoso mercado. Se ofrecían dos modelos alternativos: Florida o California. Dependencia absoluta del sector servicios o mantener un equilibrio entre servicios (turismo principalmente) e industria (era el tiempo del despertar tecnológico). Evitar el monocultivo de un sector exigía un mayor esfuerzo pero tenía, sin duda, una mayor perspectiva de futuro.

España como comunidad (políticos, empresarios, trabajadores y cada ciudadano) debería preguntarse ahora si la estructura económica y social que tenemos es la que nos corresponde o hay alternativa posible. Ahora es el momento, luego no vale esa fea costumbre de culpabilizar al otro. Lanzar preguntas y consensuar mayoritariamente respuestas es una tarea tan ardua como imprescindible que nos podría llevar a estar más satisfechos de un destino compartido.

Debemos, para ello, partir de los datos que son incontestables, los que no son producto de hipótesis o estimaciones tan voluntaristas como derrotistas. Ponemos en cuestión diariamente los datos de fallecidos, infectados, sanados… que nos ofrecen las autoridades de medio mundo (en ese quehacer tan patriótico de pensar que las españolas son las peores) y damos por bueno las previsiones fatalistas a medio o largo plazo que ofrece el FMI, que le estalló la crisis del 2008 en las narices, o el de una asociación de contables australiana, ¡qué más da! La nueva realidad, no normalidad pues tampoco de donde venimos era muy normal, tiene que rebelarse ante la simplicidad y la manipulación. Dejar atrás el fatalismo anarco fascistoide del ser hispano, del conmigo o contra mí, de cavar para abajo para salir del hoyo.

El PIB de enero y marzo se ha hundido un 5,2% ; muestra una tendencia muy preocupante como consecuencia de la Gran Reclusión. Además, la gran dependencia española de la actividad económica turística con un 12’3 % del PIB (INE) y siendo este el tractor principal de nuestra forma de vida nos debe preocupar y ocupar. Las autopistas, aeropuertos, red de telecomunicaciones…y un largo etcétera de la modernidad española se han construido por y para el turismo. Nuestro modelo de bienestar depende del turismo y de este, 2,8 millones de empleos como poco… Los 83,7 millones de visitantes en 2019 y su gasto de 92.278 millones de euros (INE) es lo que ha permitido el desarrollo y bienestar español, en eso estamos de acuerdo. En estos datos de hasta ayer se sustenta nuestro modelo y eso quizás no vuelva.

Es cierto que, no hace falta tener ningún medidor ultra tecnológico, ni acudir a las grandes consultoras para saber que de momento, en el corto plazo, a pesar de que la oferta se mantenga, la demanda no va a estar ahí. Cuánto tiempo la demanda no existirá en la intensidad pasada y cómo se configurará la nueva, nadie lo sabe.

El éxito del turismo español está fundamentado en hechos ciertos: biodiversidad ambiental; clima; gastronomía; algo que se olvida, afabilidad de su gente; las infraestructuras de comunicación y sistemas de garantía para la estancia vacacional (Sanidad y Seguridad Pública). Toco constituye el gran reclamo de la oferta y la vis atractiva para todo tipo de inversiones extranjeras y desarrollos económicos de diferentes sectores en España.

Hoy salvo que perdamos la oportunidad, estamos en el justo momento para conseguir que las debilidades se conviertan en fortalezas. ¿Cómo? Tomando conciencia de que el futuro solo se construye desde el presente y este desde un pasado conscientemente asumido. Vivir es proyectar y proyectamos desde lo que somo consecuencia de lo que hemos sido hasta la fecha.

El turismo (con todos sus sólidos fundamentos) seguirá siendo la principal actividad productiva española, ahora es el tiempo de pensar cómo queremos que sea (cómo lo reconstruimos empresarialmente) y cómo puede servir para acrecentar la posición en otros sectores de actividad. Ahora bien, sin perder la perspectiva, el desarrollo económico tiene a futuro una serie de condicionantes que no pueden ser solo meramente declarativos.  El desarrollo económico español tiene que ser turismo y mucho más, pero no de cualquier manera.

La seguridad sanitaria es en el turismo, desde hace tiempo, un tema recurrente tanto para la OMS como para la OMT, y ahora va a tener un alto valor competitivo, la seguridad sanitaria va a perdurar más en el tiempo que la no masificación. La demanda turística, tiene por este orden, primero un alto componente psicológico, sociológico y finalmente económico. Por otro lado, el sector turístico español ha pecado de una gran atomización que a veces iba acompañada de producto de baja calidad. Ahora se restructurará. Puede adquirir el valor que ha ido perdiendo en nuestra sociedad. Recordemos la gran polémica de hace un par de años sobre los alojamientos turístico, su competencia desleal al turismo profesional, y el desinterés y desenfoque para muchos. O cuando en destinos turísticos tradicionales (Barcelona, Illes Balears, …) la xenofobia turística afloró. Por otro lado, ha habido un posicionamiento cifrando el éxito turístico en el número de viajeros que nos visitaban, frente a ello los que apostaban con mayor racionalidad por crecer en gasto y frenar la capacidad de carga en diversos destinos. Finalmente, la demanda interna ha sido minusvalorada cuando ahora vuelve a ser algo estratégico y no de manera coyuntural.

Es el momento de decidir con serenidad y criterio el camino a seguir. Sin impulsos. No se resuelve creando grandes fondos públicos, europeos o nacionales, y meter dinero sin más para salvar empresas, sea en el turismo o en otros sectores, con proyectos insostenibles en un futuro próximo. Los gobiernos deben fijar criterios claros de la apuesta económica de futuro (turística e industrial), hacerlo consensuadamente para que las políticas públicas sean perdurables. Nada valdrá si no hay un gran acuerdo de todos los operadores, públicos y privados, del camino a seguir. La apuesta debe tener dos guías maestras infranqueables ante la escasez de recursos que deben de equilibrase con la ayuda social para subsistir y para activar el consumo, esto es un modelo de producción basado en la digitalización (productividad + eficiencia) y ambientalmente neutro. Esta apuesta hay que verla como una ventaja cuando el mercado se vuelva a abrir globalmente.

El sector público tiene que ser no solo el que haga el trazado, ha de ser el que inicie el recorrido y lo lidere. Tiene que ser capaz de ello y dotarse de los instrumentos necesarios sin ambages ni personalismos Repensar e innovar el papel del Estado y sus políticas en la economía turística e industrial. Lo viejo quedó atrás, estaba pensado para otras circunstancias. Es la única forma de cumplir el mandato constitutivo español y europeo de trabajar en una economía social de mercado.

Habrá que decir con Maqroll el Gaviero en su azarosa travesía por el río Xurandó en busca de madera:    “Lo malo de las crisis como la que acabas de sufrir es que minan esa confianza en el azar, esa fe en lo inesperado, que son condiciones esenciales para encontrar la salida”.[1]

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[1] “La Nieve del Almirante” ( 1986) de Alvaro Mutis