Qué fácil resulta sumarse a los problemas desde el populismo, utilizando la exageración y el simplismo ante la complejidad de los problemas y sin dar ninguna respuesta o solución, más allá de destrozarlo todo.

Y qué difícil lo tenemos quienes estamos inmersos en dudas ante las contradicciones que vivimos, sobre todo, cuando necesitamos reflexión y razonamientos, observar todas las esquinas del prisma, y procurar equilibrar derechos y responsabilidades.

La realidad no consiste en “buenos y malos”, en divisiones gruesas y caricaturescas, en “estar conmigo o contra mí”, o en buscar culpables. Y, ahora mismo, próximas las elecciones europeas, el mejor culpable es la Unión Europea, sobre todo, para quienes llevan tiempo minando la confianza en las instituciones y en la política europea común, en un proyecto colectivo que, con sus errores y también muchos aciertos, consiguió el periodo de mayor prosperidad.

Es cierto que no podemos vivir del pasado, de la nostalgia, y de aquello que fue. Pero que digan los británicos si no se han arrepentido ya del populismo exacerbado y maniqueo que les condujo a salir de la Unión Europea. Ojo, no cometamos los mismos errores.

El problema de la agricultura y ganadería no es fácil de resolver. Y no tiene solo una única lectura.

  • Partimos de las numerosas razones que los agricultores tienen de ver cómo sus productos pierden poder adquisitivo frente a productos de otros países; tienen una excesiva burocratización para cobrar las ayudas europeas; y se les exige un cultivo más sano y mejor medioambientalmente que les encarece precios.
  • No podemos echar la única responsabilidad a los consumidores que, cuando vamos a comprar, miramos bien el precio de cada producto. Otra parte importante de responsabilidad la tiene todo el ciclo de distribución donde observamos que los precios entre la compra del producto y la venta en los supermercados se hinchan de forma descomunal. Solo basta comparar los beneficios que obtienen los agricultores y los que obtienen los supermercados. Según un estudio un estudio reciente de la Fundación para la Naturaleza y el Hombre, los márgenes de la industria agroalimentaria se han incrementado un 64% y los de la gran distribución, un 188%,
  • También es necesario contemplar cómo se conforma el campo y la agricultura, porque todo el mundo que trabaja no está en las mismas condiciones. Hay terratenientes con grandes campos o empresario con cantidad de ganado, y luego están los agricultores y ganaderos de sus pequeñas explotaciones o que trabajan para otros. No es lo mismo tener grandes extensiones que sobrevivir de un pequeño campo heredado de padres a hijos, cuyo esfuerzo en labrar la tierra es unipersonal o familiar.

Sin embargo, teniendo muchos puntos a favor, hay que considerar también qué ocurre globalmente:

  1. No queremos que vengan más migrantes de otros países a buscarse la vida en Europa. Así que lo normal es que se les ayude a que tengan su propio trabajo allí, por ejemplo, trabajando el campo, ya que no son países industrializados ni altamente tecnológicos. Esa es la competencia global que permite también que otros países desarrollen su economía de subsistencia.
  2. El cambio climático es más que una realidad: es una angustia amenazante. Y se multiplican las críticas a la Unión Europea por no hacer nunca suficiente. Pero no es cierto. Lo que ocurre es que todas las medidas para combatir el cambio climático conllevan sacrificios, como, por ejemplo, no utilizar pesticidas, aunque eso encarezca los precios y los haga menos competitivos.
  3. El campo y la ganadería tienen cada vez menos peso en las economías nacionales, porque nuestra mirada de futuro cercano está en la tecnología, la comunicación, la ciencia, la innovación, etc. Cada vez menos jóvenes optan por la dureza del trabajo del campo frente a la innovación, la creatividad y la investigación. Por ello, pedimos más y más dinero para investigación y ciencia.
  4. De la contaminación de la tierra, el aire y los mares también somos todos responsables: comer microplásticos junto con el pescado; alimentarnos con productos tóxicos para el medio ambiente y para nosotros, etc. De hecho, cada vez con más fuerza, sobre todo entre los jóvenes, surge la reivindicación de una alimentación saludable y sostenible; se buscan alimentos sustitutivos en proteínas e hidratos, pero que no atenten contra el planeta.

Planteados los pros y los contras de un problema más que complejo, qué ha hecho la Unión Europea. Se ha convertido en la figura perversa de esta historia, porque estamos ante un movimiento político interesado de destrucción de la UE.

En todo este debate, nadie se acuerda de la PAC: el conjunto de leyes adoptadas por la UE para una política unificada en materia de agricultura. Es la política más antigua de la Unión, creada en 1962. El presupuesto en 2021 es de casi 170.000 millones de euros. La PAC representa el 33% del presupuesto europeo: es la partida más voluminosa. Los tres países que reciben más ayuda son: Francia, Alemania y España. Son subvenciones directas a los agricultores y ganadores.

En un titular de “La Voz de Galicia” leemos: “Solo la PAC hace rentable la producción de leche en GaliciaSolo la PAC hace rentable la producción de leche en Galicia (lavozdegalicia.es)  Es una de tantas noticias que podemos leer.

Seguramente haga falta, después de tantos años, una revisión de la PAC, que se adecúe a nuevas situaciones, nuevos tiempos, nuevas exigencias. Pero, encima de la mesa deben quedar dos reflexiones: 1) ¿Qué sucedería si no existiesen las ayudas europeas o no llegasen por salirnos hipotéticamente de la Unión Europea, como pretende la ultraderecha? 2) El debate entre campo y medio ambiente es un debate perverso y envenenado. ¿De verdad tenemos opciones para elegir?

Claro que resulta imprescindible que exista burocracia y control cuando hablamos de tanto dinero, porque la picaresca y el abuso también pueden existir. Sobre todo, cuando el criterio de reparto de ayudas es por hectárea, lo que hace que sea quienes más tierra y ganado tienen, los que más ayudas reciben.

Un montante económico elevado que sale de los impuestos de cada uno de nosotros, de cada ciudadano europeo. Eso sí, qué fácil es luego pedir bajada de impuestos al tiempo que, con la otra mano, se solicitan ayudas ilimitadas.

¿Es suficiente? Nada es nunca suficiente en un cóctel de piezas difíciles de encajar, donde las crisis económicas se suceden, la desigualdad aumenta, y el populismo campa por sus anchas. Donde además se aprovecha la situación compleja del campo y la ganadería para intentar hundir a los sindicatos agrarios, y meter a todo el mundo en el mismo saco, como si no hubiera notables diferencias.

Como la situación no es fácil, los debates muy complejos, y el populismo simplista no conduce a nada nuevo porque solo incendia los sentimientos y genera provocación, me permitirán que les traiga una reflexión que ha pasado “casi” inadvertida, y que, en mi opinión, es la mejor defensa del Estado de Bienestar que últimamente he oído.

Joao Paulo Pacifico es el multimillonario brasileño que figura entre las 250 fortunas que reclaman que les graven más impuestos, que así lo ha defendido: “Reemplazar los impuestos con filantropía es privatizar el bienestar común”. Efectivamente, no es la filantropía ni la caridad la solución a la construcción de un bienestar común, debe ser la redistribución de la riqueza lo más equitativa posible.