Las dos guerras que consumen el debate político y económico en Occidente están estancadas, si como tal se entiende la falta de resolución satisfactoria.

En Ucrania, a punto de cumplirse los dos años de guerra, aumenta el consenso sobre la imposibilidad de que las Fuerzas Armadas del país consigan recuperar siquiera una parte del territorio ocupado ahora por Rusia (1). Sólo una minoría de analistas y/o dirigentes políticos occidentales, generalmente ex altos miembros de la OTAN o del Pentágono, hacen coro al Presidente Zelensky y su retórica de victoria (2). El liderazgo occidental no está preparado para admitir que no se han conseguido los objetivos fijados al apostar decididamente por la causa ucraniana. Y mucho menos para decirlo públicamente. Estamos en la fase de la preparación del terreno, de la búsqueda de una narrativa alternativa que permita contemporizar el fracaso, por ejemplo mediante un cambio de estrategia que privilegie la defensa (3).

UCRANIA: EL TRABAJOSO CAMBIO DE DISCURSO

En la discusión pública se entremezclan factores diferentes que reflejan posiciones políticas pero no alteran la situación militar. Se dice ahora, para explicar la frustración, que la “ayuda” (en dinero y en armas) ha sido considerable, pero no suficiente, y tardía en cualquiera de sus fases. Las resistencias políticas han sido siempre fuertes o al menos capaces de dilatar las decisiones. El esperado cansancio de las opiniones públicas y los efectos de la guerra económica contra Rusia se ha instalado ya de forma irreversible en el ánimo de la clase política.

Tampoco ha ayudado las grietas en la conducción ucraniana de la guerra. La unanimidad de los meses favorables no ha resistido la prueba de los primeros fracasos, y en particular de la famosa contraofensiva del verano pasado. Se han exagerado las debilidades rusas (caos organizativo, incoherencia operativa, errores de bulto, falta de liderazgo militar sólido, confusión en los objetivos estratégicos, etc). Se ha enrevesado la propaganda con la realidad. Esta acumulación de problemas ha terminado por crear un cisma entre el mando militar y el liderazgo político, y de forma pública, además. La disputa entre Zelensky y el comandante militar Zaluzhny ha sido el último episodio de una divergencia creciente (4). Si a eso sumamos las sucesivas denuncias de corrupción y muy especialmente las referidas al mal uso de la ayuda exterior, el panorama no favorece el mantenimiento de la confianza occidental.

En este momento, no es de extrañar que la nueva infusión de recursos externos no concite el entusiasmo que podría haberse esperado en fases previas del conflicto. Europa ha aprobado un nuevo paquete de ayuda, económica y militar, por un momento de unos 50 mill millones de euros (desbloqueado al fin por Hungría, tras un largo pulso con las instituciones comunitarias). La Casa Blanca sigue sin convencer a los republicanos para que hagan lo propio, a pesar de que ha accedido a endurecer la lucha contra la inmigración irregular en la frontera sur.

Es difícil anticipar qué impacto real van a tener estos fondos suplementarios en la marcha de la guerra, pero son muy pocos lo que esperan un giro radical de los acontecimientos. La mayoría de los analistas recomienda el fortalecimiento de las defensas o de la capacidad de disuasión de las fuerzas ucranianas, para mejorar las opciones de negociación con Rusia. Pero cada vez se acepta más como inevitable que el presidente ruso aguarda un triunfo de su “amigo” Trump en las elecciones de noviembre antes de comprometerse en una vía negociada. Si el expresidente hotelero cumple su promesa de “acabar con la guerra” en una breve conversación con Putin, debe esperarse lo peor para los intereses ucranianos. A eso se añade una evolución favorable del desempeño militar ruso y su capacidad de adaptación a las circunstancias de la guerra (5).

PSICOSIS DE GUERRA

Y lo mismo debe decirse de Europa, que habrá visto esfumarse una buena cantidad de recursos en una guerra que se ha querido presentar como “una batalla por la democracia y la legalidad internacional”, cuando en realidad se ha tratado de una mala lectura de los temores rusos (justificados o no) y una pésima gestión de los planes de ampliación de la Alianza Atlántica.

En año de elecciones y de renovada amenaza de auge de la extrema derecha (fuerzas identitarias nacional-populistas, menos hostiles al Kremlin que los partidos del consenso liberal-centrista), en  Europa se detecta una “psicosis de guerra” (6), ante una más que probable reedición de la dupla Trump-Putin. Vuelve a evocarse la posibilidad de que una América de nuevo bajo la deriva trumpiana se salga de la Alianza u obligue a revisar algunos de sus postulados básicos: de hecho, si no de derecho. Un grupo de expertos, entre ellos una exministra española de Exteriores, ha hecho una serie de recomendaciones ante un “abandono americano de Europa” (7).

Académicos y estrategas recomiendan a los gobiernos que no sean tímidos en el incremento de los presupuestos de defensa y en una capacidad militar propia, autónoma de la OTAN. De forma paralela, se intensifican las alarmas sobre el riesgo de una nueva “agresión rusa”, sobre todo en el Báltico, donde se concentra ahora el frente más radicalmente anti-Moscú (8).

En esta elaboración del “gran miedo” se introducen otros factores de inestabilidad, como el alejamiento del Sur Global, que no ha comprado el discurso occidental sobre Ucrania. Después de la “guerra de Gaza”, esta tendencia se ha reforzado y ampliado, no sólo en el mundo árabe e islámico, sino también en África, América Latina y Asia, como ha puesto de manifiesto el caso presentado por Suráfrica ante la Corte Internacional de Justicia.

LAS PARADOJAS DE LA ANIQUILACIÓN DE GAZA

Esta línea de argumentación nos lleva al segundo conflicto “estancado”: el de Gaza. Que, en realidad, ya no es sólo el de Gaza, sino, de nuevo, el del conflicto palestino en su conjunto. Israel se ha enfangado en una operación militar indefendible, por mucho que sus poderosos protectores internacionales se estén empleando a fondo en apaciguar un estado de opinión cada vez más hostil. La destrucción de esa “cárcel a cielo abierto” y el sufrimiento de las personas es lo único asegurado. La eliminación total de Hamas, como se pretendía al menos oficialmente, no tanto. Y aunque, al final, así fuera, continúa abierta, y sangrando en abundancia, la herida del futuro de la Franja y, por extensión, de la “convivencia” israelo-palestina (9).

La administración Biden se encuentra tan atascada como su protegido israelí. Su papel como mediador neutral nunca ha sido aceptado más que por sus aliados más cercanos, como les ocurrió a sus antecesores en Washington. Ahora, ni siquiera por ellos. El mundo árabe, desgarrado y ninguneado, exige gestos convincentes, que pasan por concesiones israelíes, ahora menos probables que hace cuatro meses. Peor aún: la complicación tantas veces anunciada de la crisis de Gaza, ha metido a Estados Unidos en un nueva operación militar en la región, sin salida clara (10). A Biden le está pasando lo que a Obama: pese a sus intenciones, no se ve capaz de librarse de la trituradora que supone la gestión convencional de los problemas en la zona.

No obstante, sigue vigente la tentación, entre israelíes, norteamericanos y algunos estados europeos de la crisis actual tiene una salida militar. Que se podrá liberar a los rehenes, a casi todos, y que con el aplastamiento de Hamas, poco a poco todo volverá a la “tranquilidad”, a una suerte de “pax americana”, que, como es sabido, constituye un pudrimiento sin solución verdadera.

Hay un discurso paralelo, público, que insiste en la opción de los dos Estados, pese al rechazo continuado y explícito del actual gobierno israelí. Ni siquiera debería darse por hecho que, con otro ejecutivo (más moderado, más “centrado”), habría más posibilidades de un acuerdo. Se especula con la caída de Netanyahu, bastante improbable (11). Pero ni Benny Ganz, ni siquiera el liberal Yaïr Lapid, caso de que pudieran reeditar algo similar a la exgobernante coalición Blanco y Azul, podrían comprometerse con un pacto de contenido tan difuso. No sería suficiente con recuperar el mecano de Oslo, hacer algunos ajustes y ponerle más pisos.

Ni siquiera se sabe que nivel de aceptación podría encontrarse en el socio palestino. La Autoridad Nacional está desacreditada desde hace tiempo, en parte por sus prácticas corruptas, pero también por su servilismo hacia Israel. Y los sectores palestinos no islamistas más activos no están por la labor de “blanquear” la barbaridad de Gaza con un acuerdo de mínimos.

En todo caso, la crisis ha producido una importante paradoja.  Después de repetir por activa y por pasiva que el “terrorismo” palestino nunca podría llevar a una solución del “conflicto”, lo que estamos viendo es que lo que precisamente ha llevado a rescatar las viejas fórmulas diplomáticas ha sido precisamente la operación militar de Hamas del 7 de octubre, que para Israel, Estados Unidos y gran parte de Europa es simplemente una “operación terrorista”. Quienes sostienen que, con sus excesos y hechos condenables, se trató de una acción militar de una fuerza de resistencia frente a un poderosísimo ocupante, pueden sentir sus análisis validados.

NOTAS

(1)“Ukraine’s hopes for victory over Russia are slipping away, ISHAAN THAROOR. WASHINGTON POST, 29 enero; “How Russia stopped Ukraine’s Momentum”. STEPHEN BIDDLE. FOREIGN AFFAIRS, 29 enero.

(2)“Ukraine has a path to Victory”. ROSE GOTTEMOELLER y MICHAEL RYAN. FOREIGN POLICY, 8 enero.

(3)“How Ukraine can win through Defense”. EMMA ASHFORD y KELLY GRIECO. FOREIGN AFFAIRS, 10 de enero; “Ukraine can win a war of attrition”. DAVID WHITE. WILSON CENTER, 25 enero. “How Ukraine can regain its edge”. ANDRYI ZAGORODNYUK. FOREIGN AFFAIRS, 17 enero.

(4)“The feud between Ukraine’s President and army chief boils over”. THE ECONOMIST, 30 enero.

(5) “Russia’s Adaptation Advantage”. MICK RYAN (militar australiano retirado). FOREIGN AFFAIRS, 5 de febrero.

(6)”Inquietud por la amenaza rusa”. BEATRIZ NAVARRO (corresponsal en Bruselas). LA VANGUARDIA, 29 de enero.

(7)”Trump-proofing Europe. How the Continent can prepare for American abandonment”. ARANTXA GONZÁLEZ-LAYA et als. FOREIGN AFFAIRS, 2 de febrero.

(8) “Why are European defence leader talking about war”. DANIEL SABBAGH. THE GUARDIAN, 26 enero.

(9) “Why an end to the war in Gaza is still far off” AARON DAVID MILLER (Carnegie). FOREIGN POLICY, 24 de enero.

(10) “The ever-expanding Middle East war”. THE ECONOMIST, 24 de enero.

(11) “Is Netanyahu cornered?”. DAVID AARON MILLER. FOREIGN POLICY, 6 de febrero.