La pandemia está siendo una inmensa lupa que pone de manifiesto nuestras enormes carencias. Pero, de ellas, la más lacerante, es la que atañe al discurso político, totalmente desconectado de la realidad y de nuestros problemas.

La pandemia nos iba a hacer reflexionar, nos iba a hacer replantearnos nuestro alocado modo de vida. Nos iba a hacer valorar más la limpieza del aire, la ausencia de ruido en la ciudad y a atender con más cuidado las cosas importantes y a eliminar las superfluas. Todo ha sido mentira, todo ha sido humo barrido por el viento apenas nos han desconfinado.

En cambio, sí ha servido para poner de manifiesto que somos muy desiguales. Que no es igual confinarse en un piso de 200 metros cuadrados con terraza que en uno de 60 sin ella. Que no se teletrabaja, o se teleeducan los niños, si no hay ordenadores ni tabletas con los que hacerlo. Que los ancianos en las residencias mueren antes si no tienen un seguro medico privado. También ha servido para descubrir que la mejor sanidad del mundo tenía insuficientes médicos y que los que tenía estaban mal pagados. Que 5000 médicos han preferido emigrar a la rica Europa antes que seguir encadenando 18 contratos temporales, o más, en tres años. Y ha revelado las enormes deficiencias organizativas y de coordinación de nuestro estado autonómico, donde no ha sido posible siquiera comparar las cifras de un territorio con las de otro, ni tener una visión unificada de los datos del avance del virus. Es inmenso el trabajo que requeriría resolver todos estos problemas. Aun poniendo el máximo empeño en ello, haría falta perseverancia, inteligencia y, desde luego, financiación.

Algunas voces de profesionales de la medicina, de epidemiólogos y de científicos aparecen ocasionalmente en las páginas de los periódicos y en los manifiestos públicos, proponiendo soluciones racionales a estos problemas y debatiendo sobre el uso que habría que dar a los fondos que vendrán de la UE. De cómo combatir la despoblación, de las oportunidades que se abren para cambiar nuestro sistema productivo, nuestro modo de trabajar y nuestra forma de producir energía. De cómo mejorar nuestros sistemas sanitario y educativo. De lo que habría que invertir en ciencia para salvar la eterna brecha con Europa. Es decir, hablan de los problemas que atañen a todos y de cómo resolverlos.

¿Y algunos de nuestros políticos? ¿De qué hablan? Cualquiera que haya presenciado las llamadas sesiones del control al Gobierno en el Congreso habrá comprobado que ese es otro mundo que no parece tener mucho que ver con el que he descrito más arriba. Estos políticos hablan de la unidad de España, de supuestas afrentas al Rey, de pactos oscuros con los que quieren romper la unidad de la patria, de banderas, de quién es más constitucional que quién y de otras menudencias. Y, sobre todo, embisten, embisten mucho. Las preguntas al Gobierno deberían llamarse más propiamente “insultos al Gobierno”, porque no son más que un pretexto para embestir, da igual el motivo. El objetivo es hacer daño al contrario y tratar de ganar un centímetro de espacio político a costa de lo que sea. De la pandemia tan solo se habla como un pretexto para echar a la cara del Gobierno todos los males derivados de la misma.

Hay que reconocer que el Gobierno no siempre puede poner en primer plano los debates que interesan. Estamos entrando en octubre y de los presupuestos tan solo sabemos con quién se quieren o no se quieren pactar, dependiendo de cómo sopla el viento en Cataluña, y unas pocas generalidades que son a todas luces insuficientes. A estas alturas, deberíamos estar debatiendo de cuánto vamos a dedicar al sistema sanitario, de cuánto a educación, de cuánto a ciencia, de cuánto a combatir la despoblación y de cuáles serán las líneas estratégicas para optar al dinero que ha puesto la UE a nuestra disposición. Recordemos que esos fondos han de ganarse con propuestas solventes de proyectos de inversión. ¿Dónde están esos proyectos o, al menos, sus líneas maestras?

Finalmente, los medios de comunicación también se han apuntado al cortoplacismo. Es más fácil airear todos los días las desavenencias de los políticos y dedicar páginas y páginas a banalidades coyunturales, que plantear los debates que interesan al ciudadano.

Estamos perdiendo un tiempo precioso. Y, sobre todo, una parte de la clase política ha perdido el decoro. Nos han dejado bien claro que lo nuestro, lo de los ciudadanos, importa muy poco. Da igual que haya una pandemia o un terremoto. Si nos invadieran los marcianos, dirían que es culpa de Sánchez por no haberlo previsto. Lo único que importa es su combate diario e indesmayable por hacer daño al adversario. Como bien dice Iñaki Gabilondo, no podemos seguir así.

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Fotografía: Carmen Barrios