SegĂşn el filĂłsofo Manuel Cruz, la sociedad espaĂąola estĂĄ enferma y, segĂşn el historiador Ălvarez Junco, estĂĄ bastante cabreada. En cualquier caso, no parece que nuestros Ăşltimos aĂąos puedan calificarse de buenos, especialmente para los mĂĄs jĂłvenes. Muchos pensadores lo llevan advirtiendo desde las pĂĄginas de los periĂłdicos y las tertulias, pero pocos responsables polĂticos parecen dispuestos a darse por aludidos.
Por un lado, hay causas objetivas que, ademĂĄs, compartimos con el resto de los paĂses de nuestro entorno. A la Gran RecesiĂłn de 2008-12, le ha seguido en poco tiempo la Gran ReclusiĂłn de 2020-21. Las perspectivas de la generaciĂłn que ahora tiene entre 20 y 30 aĂąos son de que probablemente vivirĂĄn peor que sus padres. El trabajo para ellos es escaso, precario y mal pagado y su acceso a la vivienda âen alquiler o en propiedadâ se muestra poco menos que imposible.
Es una ley histĂłrica que las crisis econĂłmicas se convierten al poco tiempo en crisis polĂticas y, efectivamente, estamos viviendo âno solo en EspaĂąaâ una enorme desafecciĂłn de los ciudadanos hacia la polĂtica, hacia sus representantes âlos partidosâ y hacia las instituciones democrĂĄticas.
En la crisis de 2008, muchos votantes decidieron que los âculpablesâ de su malestar eran los partidos tradicionales y optaron por jĂłvenes formaciones âcomo Unidas Podemos y Ciudadanosâ, que prometĂan nuevas formas de hacer polĂtica. Hoy, ni siquiera ese recurso es posible, porque tales promesas se han quedado en nada: Unidas Podemos, a pesar de su lenguaje filorrevolucionario, se ha convertido en un partido tradicional mĂĄs, en el lugar que antes ocupaba Izquierda Unida; Ciudadanos ha defraudado apoyando al PP en lugares como Madrid y Murcia, lastrados por la corrupciĂłn tras dĂŠcadas de sus gobiernos y no ha hecho ascos a apoyarse en la extrema derecha de Vox; los hiperliderazgos y la ausencia de democracia interna en ambos partidos han sido todo menos ejemplares. Su descomposiciĂłn actual es consecuencia de la frustraciĂłn de las expectativas que despertaron en su dĂa.
A la crisis econĂłmica, se une en nuestro caso la territorial y la de la MonarquĂa, provocada âen este Ăşltimo casoâ por quien mĂĄs estaba llamado a protegerla. Los independentistas catalanes aprovecharon la crisis para culpar de ella a EspaĂąa y hacer avanzar su agenda. Como subproducto de su âbuenâ hacer, nos dejaron a Vox. Este partido podemos considerarlo como un sĂntoma del proceso de descomposiciĂłn que sufrimos. SerĂa algo asĂ como el âcoche escobaâ del malestar ciudadano. Ellos recogen y explotan cualquier tipo de crisis en su beneficio âel paro, el desafĂo independentista, la inmigraciĂłnâ, seĂąalando como culpables al resto de los partidos. Y se aprovechan de que las generaciones mĂĄs jĂłvenes no conocieron el fascismo ni la dictadura franquista âsus referentesâ y pueden de este modo hacerse pasar por algo nuevo.
La conjunciĂłn de tantas crisis simultĂĄneas âeconĂłmica, social, polĂtica, territorial e institucionalâ estĂĄ tensionando las costuras de nuestra democracia hasta lĂmites muy peligrosos y corremos el riesgo de que, en la etapa postpandĂŠmica, las tensiones desemboquen en estallidos sociales, como ya ha advertido el FMI.
La polĂtica habrĂa de poner remedio a esta situaciĂłn pero, si uno escucha las sesiones de control al Gobierno o las declaraciones pĂşblicas de muchos polĂticos, verĂĄ que se habla de otras cosas y que predomina el insulto, la descalificaciĂłn y el lenguaje hiperbĂłlico alejado de la realidad de los problemas. Pero, como bien dice MuĂąoz Molina (El PaĂs, 28/03/21), tampoco podemos caer en la descalificaciĂłn global del âtodos son igualesâ. Si ignoramos momentĂĄneamente a Vox y a los independentistas âque esos sĂ van realmente âa lo suyoââ hay un partido, el Partido Popular, que destaca especialmente y que parece haber perdido el norte sobre lo que deberĂan ser la democracia y el papel de la oposiciĂłn.
Es necesario recordar una vez mĂĄs que la democracia se basa en aceptar al adversario como un igual, con el mismo derecho a existir que los que son afines. Criminalizarlo y tratarlo como un enemigo a abatir ya lo hicimos los espaĂąoles a lo largo de dos siglos y nos fue bastante mal. Durante la fase mĂĄs aguda de la pandemia, y para que no se olvide, conviene recordar el deseo del PP de sabotear al Gobierno con su negativa a apoyar los estados de alarma. Igual que el del bĂblico SansĂłn cuando destruyĂł el templo con ĂŠl dentro, su grito parecĂa ser âcambiando EspaĂąa por SansĂłnâ âhĂşndase EspaĂąa con todos los filisteosâ. Si a este hooliganismo e irresponsabilidad le unimos sus abundantes casos de corrupciĂłn, tanto econĂłmica como polĂtica âvĂŠanse el caso Kitchen de la policĂa patriĂłtica y la compra de trĂĄnsfugas en Murciaâ, su comportamiento democrĂĄtico deja mucho que desear. Tras sus Ăşltimos movimientos en Murcia y Madrid, el PP corre un riesgo real de ser absorbido por la ultraderecha en las polĂticas que defiende.
La derecha sociolĂłgica espaĂąola, e incluyo en ella a los poderes econĂłmicos, deberĂa plantearse hacia dĂłnde quiere ir y si un partido como el actual PP representa realmente sus intereses. En mi opiniĂłn, para hacerlo, este partido necesitarĂa una completa refundaciĂłn. Los tiempos que se avecinan van a ser duros y, ademĂĄs, la llegada de los cuantiosos fondos europeos abre unas posibilidades, no solo de reconstrucciĂłn de la economĂa, sino de poner esta sobre unas bases mĂĄs modernas y competitivas. Ambas cosas âtiempos duros y reconstrucciĂłnâ exigirĂan un gran consenso y el actual PP no estĂĄ por la labor.
SerĂa muy necesario pararse un momento, ver el abismo al que nos dirigimos y pensar en suscribir entre todos un nuevo contrato polĂtico y social âsimilar al que el capital y la socialdemocracia suscribieron tras la II Guerra Mundialâ, donde primasen los siguientes factores:
- empleos mĂĄs estables y mejor pagados (pero tambiĂŠn mĂĄs productivos para las empresas)
- polĂticas para el acceso a la vivienda en alquiler de las generaciones jĂłvenes
- mejoras de la educaciĂłn pĂşblica, con especial ĂŠnfasis en la formaciĂłn profesional
- mejoras del Estado del bienestar, en particular, del sistema sanitario
- un gran acuerdo contra la despoblaciĂłn y la desigualdad territorial
- financiaciĂłn estable de la investigaciĂłn cientĂfica
En definitiva, si la derecha no quiere encontrarse con una gran crisis social y polĂtica, debe avenirse a un mejor reparto de la riqueza y a disminuir la desigualdad. En las sucesivas crisis pasadas, siempre han perdido los mismos y las consecuencias polĂticas estĂĄn a la vista.
El correlato polĂtico de este contrato social serĂa un nuevo pacto democrĂĄtico entre los partidos, donde se acabasen los insultos, el postureo, el tacticismo de corto plazo y el efectismo mediĂĄtico, que hoy son la tĂłnica, y primasen las estrategias de cooperaciĂłn o, cuando menos, de respeto al adversario.
Otra derivada serĂa acordar medidas que potencien la democracia interna de los partidos y que disminuyan el poder de las cĂşpulas en beneficio de los Ăłrganos intermedios y de los ciudadanos. Ejemplos de ello serĂan las listas electorales abiertas y las primarias internas para la confecciĂłn de las listas, no solo para decidir sus cabezas. TambiĂŠn serĂan deseables comitĂŠs de ĂŠtica y autocontrol de los medios de comunicaciĂłn para que dejasen de contribuir al SĂĄlvame mediĂĄtico que son en muchos casos sus crĂłnicas polĂticas.
Por Ăşltimo, los ciudadanos no pueden permanecer indiferentes ante la actual degradaciĂłn de la polĂtica. A diferencia de la rana en agua hirviendo de Manuel Cruz (El PaĂs, 30/03/21) no deberĂan esperar a cocerse para reaccionar. Abstenerse de votar no solucionarĂa nada y solo reforzarĂa los extremos. Con su voto, en cambio, podrĂan penalizar a los partidos mĂĄs agresivos y favorecer a los mĂĄs templados. Recordemos que lo peor de Trump no fue su indigno modo de hacer polĂtica, sino que 70 millones de estadounidenses le votaron despuĂŠs de gobernar cuatro aĂąos. Nadie podĂa llamarse a engaĂąo y, aĂşn asĂ, le volvieron a votar.
