En la Comunidad Valenciana está a punto de cumplirse dos años de la terrible Dana del 29 de octubre de 2024, en la que fallecieron 233 personas, reconocidas finalmente por la jueza. Todavía las cicatrices del desastre están patentes en carreteras, ascensores que aún no funcionan, coches apilados en descampados, ayudas que aún se están concediendo, negocios que están abriendo ahora sus puertas o viviendas que todavía están siendo rehabilitadas. Podemos preguntar en Chiva, uno de los municipios más afectados porque el barranco atraviesa el centro de la población, donde hubo que destruir las casas de primera línea que ya no se volverán a realizar en ese mismo sitio y cuyos dueños están todavía viviendo en los hoteles de la zona dos años después. O podemos ir a Paiporta y desde la misma puerta del Ayuntamiento vemos el amplísimo barranco del Poyo, sin una gota de agua, que está siendo todavía reparado y que se desbordó por todas las calles anegando el municipio completo.
La semana que viene se conmemorará con gran tristeza ese segundo aniversario con manifestaciones en todos los pueblos afectados.
Cuando todavía el color marrón del lodo impregna jardines, árboles, asfalto; cuando todavía vemos operarios reparando carreteras y conexiones; cuando todavía hay personas que no han podido volver a su normalidad, hemos vuelto a sufrir otra Dana. En octubre de 2024 fue en la comarca de L´Horta Sud. En octubre de 2026 ha sido en La Safor y la Marina Alta.
Como dice la gente del lugar, la que ha vivido siempre allí, la que está acostumbrada a gotas frías, “nunca se ha visto llover así”. Hasta 600, 700 y el récord de 817 litros en Oliva. Uno de los ríos que sale tanto en las imágenes, el Río Girona, que atraviesa la pequeña población de Els Poblets tiene su cauce seco durante todo el año; ni una gota corre por un río que tiene una anchura de cerca de 20 metros y que hoy se ha desbordado.
“Gota fría” y DANA son términos sinónimos, pero el primero fue sustituido por el segundo por su asociación con “los grandes temporales de los años ochenta (del siglo XX) que dejaron víctimas mortales y grandes daños materiales” y “generaba alarma cada vez que un meteorólogo hablaba de gota fría”. Así lo explicó hace unos años el portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) Rubén del Campo. Pero la ciudadanía de la Comunidad Valenciana cuando oye la palabra “Dana” se le encoge el estómago y se echa a temblar. Este verano se lo comenté a un cercano amigo de Madrid hablando del excesivo calor que estábamos viviendo: olas continuadas de más de 40 grados durante el día y noches tórridas que no descendían de los 32 grados. Mi preocupación era qué pasará cuando llegue octubre.
Tenemos miedo al agua. Tenemos miedo a la lluvia. Cada vez los fenómenos meteorológicos son más extremos y más próximos en el tiempo. El agua del mar cada vez está más caliente. El Mediterráneo es un punto caliente (hotspots) del cambio climático a nivel global. Según los científicos, se calienta entre un 20 % y hasta cuatro veces más rápido que la media de los océanos del planeta, superando récords de temperatura en sus aguas y transformando el clima de toda su cuenca. El Mediterráneo, un lugar idílico donde cualquier persona desearía vivir, se está convirtiendo en una trampa.
Dos años después, con el miedo en el cuerpo, volvemos a iniciar limpieza de barro, reparaciones de calles e infraestructuras, rehabilitación de casas, papeles de seguro, ayudas y créditos, y un volver a comenzar hasta la siguiente Dana.
Sin embargo, en estos dos años, algunas cosas han cambiado: la primera es la concienciación ciudadana acerca del cambio climático. Lo más paradójico es que en Valencia sufrimos a Vox que, como partido negacionista, elimina los términos y conceptos referidos al cambio climático para intentar obviarlo y negarlo. ¿Está dispuesta la ciudadanía valenciana a seguir apoyando a gente tan incompetente e ignorante como el negacionismo que demuestra Vox?
La segunda cuestión es que los mensajes de alerta funcionan si se emiten antes de que venga la barbarie. Los móviles suenan hasta varias veces creando una angustia y un silencio colectivo que muestra la preocupación. Pero gracias a esos mensajes prevenimos lo que pueda venir.
La tercera cuestión es la capacidad de la ciudadanía de tomar medidas preventivas. Los daños materiales son inevitables. No se puede combatir con la fuerza y la furia de la Naturaleza, pero sí podemos tomar medidas de precaución. Los equipos de salvamento, los bomberos, emergencias, … actúan desde el minuto cero allí donde pueden acceder sea con lanchas o con helicópteros. Pero las dimensiones de la catástrofe, los municipios y personas afectadas son tantas, que resulta imposible atender a todo el mundo de forma rápida. Las Administraciones han trabajado de forma conjunta, lo que no ocurrió en la Dana del 2024.
Y, lo más importante, las víctimas han sido mínimas. Lamentando mucho su pérdida, apenas ha habido fallecidos frente a los 233 que hubo en octubre de 2024.
Por eso, resulta incomprensible socialmente que todavía Carlos Mazón conserve su puesto de diputado, que siga cobrando sueldo público, que sea aforado, y que se niegue a asumir su responsabilidad política. A dos años de lo ocurrido, y con el agua al cuello nuevamente, el próximo 29 de octubre será de nuevo un clamor ciudadano pidiendo la dimisión de Carlos Mazón.
