Siempre está y a veces llega cuando nadie la espera. De todas las certezas, la única verdadera es que todo ser nacido muere. Y vivir olvidándolo es la forma de sobrevivir. De reservar las vacaciones del año que viene, de fijar la fecha de la boda y, por qué no, de pagar impuestos. Quien entiende Carpe diem pensando que cada día se debe vivir como si fuese el último, no apreciaron la profundidad del poeta Horacio: el pasado ya no existe y el futuro es incierto, luego se debe vivir el presente, la única realidad disponible. Es un pensamiento sin muerte ni pérdida, anticipando en muchos siglos que “En el inconsciente, cada uno de nosotros está convencido de su propia inmortalidad” (Freud: De guerra y muerte, 1915). Se sabe entremedias del saber y querer olvidar para seguir viviendo. Más allá de la muerte, esta solo duele a quien continúa viviendo.
Morir “tras una larga enfermedad”, tras un “le han diagnosticado” es una muerte anunciada. Ley de vida. Morir de improviso parece escapar a la legislación vital. De repente, en lo cotidiano, cuando no procede (como si los caminos de la muerte tuviesen procedimientos). ¿Procede la muerte de la mujer que se suicida antes de ser desahuciada? ¿Procede el suicidio de un niño tras sufrir acoso escolar? ¿Procede la muerte del obrero que se precipita en una construcción, de un camionero que se duerme? ¿Qué muertes proceden y cuáles no? En el dolor, todas proceden y ninguna procede. Usted pensará que son improcedentes las que son evitables.
El mito del control. El “mito del control” (Langer, 1975) es la tendencia sesgada a creer que podemos influir o dominar resultados en los que, en realidad, siempre dependen del azar, de errores, de factores externos o de la incertidumbre. Lo cierto es que no existe la prevención ni el control absolutos. En ingeniería de sistemas y sociología del riesgo, se conoce como la paradoja de la redundancia (o paradoja de la complejidad añadida) y constituye una de las bases de la Teoría de los Accidentes Normales (Charles Perrow). La paradoja establece que añadir capas de seguridad de forma indefinida para hacer un sistema más seguro termina haciéndolo más complejo, opaco y propenso a fallos inesperados (inestable). Fue una lección aprendida en las centrales nucleares: un exceso de capas de seguridad da más oportunidad al accidente.
Y llega la ira. Y el aprovechamiento de la ira. Y leña a la hoguera de la sinrazón arrimando la ascua. Y el odio de quienes canturrean “soy el novio de la muerte” cuando realmente la canción dice “soy el chulo de la muerte” y la pongo a trabajar, pero claro en las procesiones queda como mal. Abascal continúa a la suya, que es lo apropiado para alguien que vive de apropiarse, primero, del voto del PP y, segundo, de todo lo que sea contante y sonante. Vale. El votante del PP viene cedido y no apropiado, por hablar apropiadamente. Pero su fundación suena poco para lo constante que maneja.
En el fondo del cuadro están los contratos de Feijóo. Un contrato se firma como compromiso y garantía cuando implica una obligación legal. Algo que no sucede en los contratos que firma Feijóo. En política, es la palabra dada, la confianza en el otro, la mayor garantía. Desplazar el foco del “confíe en mi palabra” hacia la engañifa del “contrato” muestra y demuestra que no es de fiar y hasta él mismo lo sabe. Papel mojado, tan deshecho como la confianza en él. En andaluz, un contrato de ea, nanai, nonina.
